Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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Nadie lo nota
Siempre pensé que observar era una ventaja.
Quien observa más...
Entiende más.
Eso era lo que me repetía una y otra vez.
Hasta que descubrí que observar demasiado también tiene un precio.
Porque empiezas a darte cuenta de cosas que los demás parecen incapaces de ver. Y llega un momento en el que ya no sabes si realmente existen...
O si solo viven dentro de tu cabeza.
Desde que Laura apareció frente a la oficina del profesor Ferrer, comencé a fijarme mucho más en él.
No era algo consciente.
Simplemente ocurría.
Mientras los demás escribían apuntes, yo lo observaba. Cuando respondía preguntas, yo lo observaba. Cuando caminaba entre las filas del salón, también lo observaba.
Y fue entonces cuando empecé a notar pequeños detalles.
Siempre llevaba café, pero casi nunca lo terminaba. A veces se quedaba mirando por la ventana durante unos segundos antes de continuar una explicación. Leía incluso durante los descansos.
Y, por primera vez...
Vi algo que nunca había notado.
Se frotó discretamente el puente de la nariz.
Como si le doliera la cabeza.
Fue apenas un segundo.
Nadie pareció darse cuenta.
La clase continuó con absoluta normalidad.
Pero mi atención ya no estaba en el tablero.
Estaba en él.
—Profesor...
Un estudiante levantó la mano desde la última fila.
—¿Podría repetir la última parte?
Gael sonrió con la paciencia de siempre.
—Por supuesto.
Volvió a explicar exactamente lo mismo, con la misma calma y la misma claridad, sin mostrar el menor gesto de molestia.
Sin embargo...
Cuando volvió a girarse hacia el tablero, lo vi cerrar los ojos durante un instante.
Fue apenas un segundo.
Tan breve que cualquiera habría pensado que simplemente estaba parpadeando.
Yo no.
Yo estaba segura de que estaba cansado.
Cuando terminó la clase, Emma comenzó a guardar sus cuadernos.
—¿Vamos?
Asentí mientras metía mis cosas en la mochila.
Al levantarme, mi mirada volvió a detenerse sobre el escritorio.
La taza seguía allí.
Casi llena.
El café estaba completamente frío.
—Otra vez...
Murmuré sin darme cuenta.
Emma levantó la cabeza.
—¿Qué dijiste?
Aparté la vista de la taza.
—Nada.
Ella me observó un momento, como si quisiera insistir, pero terminó encogiéndose de hombros y salimos juntas del salón.
Aquella tarde decidí pasar por la cafetería antes de regresar a casa.
No esperaba encontrarlo.
Solo quería un café.
Eso fue lo que me repetí durante todo el camino.
Cuando entré, el lugar estaba casi vacío.
Y ahí estaba él. Solo.
Sentado junto a la ventana.
No estaba leyendo.
No escribía.
Solo sostenía la taza entre las manos mientras permanecía completamente inmóvil.
Parecía agotado.
Durante unos segundos pensé en acercarme.
Preguntarle si se encontraba bien.
Pero... ¿Con qué derecho?
Era solo una estudiante.
Así que me quedé donde estaba, observándolo desde lejos.
Poco después el mesero dejó la cuenta sobre la mesa.
Gael pagó con tranquilidad, se puso de pie y salió de la cafetería.
El café quedó casi intacto.
Esperé unos segundos.
Cuando estuve segura de que ya se había marchado, me acerqué despacio.
La taza seguía caliente.
La observé durante un largo instante.
Después sonreí con una tristeza que ni yo misma entendía.
—Ni siquiera tuviste tiempo de terminarlo...
—Señorita...
La voz del mesero me hizo sobresaltarme.
—¿Va a ocupar esta mesa?
Miré la taza una última vez antes de levantar la vista.
—Sí... perdón.
Me senté en el mismo lugar.
Cuando el mesero se acercó para tomar el pedido, escuché mi propia voz antes de tener tiempo de pensarlo.
—Un café negro.
Sin azúcar.
Él anotó la orden y se marchó.
Cuando la taza llegó a la mesa, di el primer sorbo.
Hice una mueca al instante.
Seguía pareciéndome horrible.
Amargo.
Demasiado amargo.
Y, aun así, volví a beber.
No porque me gustara.
Sino porque, durante un instante completamente absurdo...
Sentí que así estaba un poco más cerca de entenderlo.
Aquella noche abrí el cuaderno.
Busqué una página en blanco y escribí lentamente:
"Hoy descubrí que el profesor Ferrer casi nunca termina su café."
Debajo añadí otra línea.
"Creo que trabaja demasiado."
Leí ambas frases varias veces.
Después apoyé nuevamente la punta del bolígrafo sobre el papel.
Dudé.
Pero terminé escribiendo una tercera.
La más peligrosa de todas.
"Alguien debería cuidar de él."
El bolígrafo quedó suspendido entre mis dedos.
Una parte de mí quiso tachar aquella frase.
La otra...
Sonrió.
Y, esa fue la primera vez que una idea cruzó mi mente con absoluta claridad.
Quizá el profesor Ferrer llevaba demasiado tiempo cuidando de todo el mundo.
Y quizá... Nadie se había detenido a cuidar de él.