Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 20 La lucha que no termina
Esa voz que me habló en el sueño se fue desvaneciendo poco a poco, como si se alejara por un camino muy largo.
Sentí entonces el peso inmenso de mi cuerpo, y con un esfuerzo que me costó hasta el último aliento, logré levantar los párpados y abrir los ojos.
La habitación era blanca, demasiado blanca, y tenía un olor frío que me dio escalofríos.
Al lado de mi cama estaban Antonella y Damián. Ya tenía el suero puesto en una mano, puesto mientras yo seguía inconsciente.
Antonella se llevó las manos a la boca al verme despierta, ahogando un sollozo que llevaba guardado mucho tiempo.
Se acercó despacio, temiendo asustarme.
—¡Despertaste! —susurró con voz quebrada— Por favor, dime algo... sabemos que estás ahí...
Pero yo no dije nada.
No pude.
Solo me quedé mirando al vacío, sin enfocar la vista en nada, y de pronto, las lágrimas empezaron a brotar solas, corriendo por mis mejillas una tras otra sin poder detenerse.
Damián dio un paso adelante, con el rostro pálido y los ojos llenos de una angustia que intentaba ocultar.
Extendió la mano muy despacio, con infinito cuidado, para acariciar suavemente el brazo.
—Eluney... estoy aquí —susurró él, casi sin voz— No me he ido...
En cuanto su piel rozó la mía, reaccioné con toda la fuerza que me quedaba, como si me hubiera quemado con fuego.
Le aparté la mano bruscamente, giré la cara hacia el otro lado y empecé a llorar con gemidos ahogados, desgarradores.
No quería que me tocara.
No quería saber nada de él.
Antonella intentó acercarme agua o comida, pero yo cerré la boca con fuerza y negué con desesperación.
No quería nada.
Y entonces, sintiendo que todo lo que tenía puesto era parte de esa prisión, con un movimiento rápido y violento me arranqué el suero yo misma de un tirón, antes de que pudieran hacer nada o llamar a nadie.
La sangre brotó de inmediato, manchando la sábana y mi ropa.
Antonella gritó del susto, Damián dio un paso al frente alarmado, y recién ahí decidieron que era necesario llamar al médico con urgencia.
Cuando llegó el médico, se encontró con la situación:
yo llorando, la mano sangrando, rechazando cualquier acercamiento.
—No entiendo —dijo con total desconcierto—.
Está en un shock emocional tan profundo que se resiste a todo.
Se arrancó el suero por su cuenta, no deja que nadie se le acerque.
No sé qué le ha causado este rechazo tan absoluto.
—Lo único que nos queda es sedarla —continuó el médico con pesar—.
Tenemos que pedir ayuda, porque no podremos hacerlo solos.
Llamaron a refuerzos.
Vinieron cinco médicos más, sumando a Antonella y a Damián.
Siete personas tuvieron que sujetarme con suavidad pero firmeza.
Yo luchaba contra todos, moviendo los brazos, sacudiendo la cabeza, llorando sin consuelo.
Con mucho esfuerzo lograron limpiar la herida, volver a colocar el suero con seguridad y luego inyectar el sedante.
Sentí cómo la fuerza se me escapaba lentamente hasta que mis ojos se cerraron.
Damián se quedó mirando la pequeña mancha de sangre que quedaba, con el corazón destrozado, sabiendo que esa lucha era contra él.
y que tendría que soportarlo todo sin poder decir la verdad.