Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 18: La despedida
Las horas siguientes fueron un borrón.
Recuerdo haber salido de la habitación de Nicolás con las piernas temblorosas y los ojos secos. No quedaban lágrimas. Solo un vacío enorme en el pecho, como si alguien me hubiera arrancado el corazón y hubiera dejado un agujero negro en su lugar.
Elena y Javier estaban en la sala de espera, abrazados, con los rostros desencajados por el dolor. Cuando me vieron, Elena se levantó y vino hacia mí.
—¿Cómo está? —preguntó, con la voz rota.
—Se está apagando —dije, sin rodeos. —Me ha pedido que lo deje ir.
Elena soltó un sollozo y se cubrió la boca con las manos.
—Lo sabía —susurró Javier, con la voz ronca. —Lo sabía desde que llegamos. Pero no quería aceptarlo.
—Yo tampoco —dije. —Pero él está cansado. Y no podemos pedirle que siga luchando cuando ya no tiene fuerzas.
—¿Puedo verlo? —preguntó Elena.
—Sí. Pero solo un rato. Está muy débil.
Elena entró en la habitación, y yo me quedé en el pasillo, apoyada contra la pared, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Javier estaba a mi lado, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida.
—Valeria —dijo al cabo de un rato. —Gracias por estar con él.
—No tiene que agradecerme.
—Sí. —Me miró con los ojos enrojecidos. —Mi hijo ha sido feliz estas últimas semanas. Más feliz de lo que lo había sido en toda su vida. Y eso es gracias a ti.
—Yo solo lo he querido.
—Eso es todo lo que necesitaba. —Sonrió, con una sonrisa triste. —Solo que alguien lo quisiera.
—Y lo he querido. —Mi voz se quebró. —Lo he querido más que a nada en el mundo.
—Lo sé. —Me puso una mano en el hombro. —Y él lo sabía también.
Elena salió de la habitación media hora después. Tenía los ojos rojos y las mejillas manchadas de lágrimas, pero su expresión era tranquila, como si hubiera encontrado la paz que tanto necesitaba.
—Quiere verte —dijo, con la voz temblorosa. —Solo a ti.
Asentí y entré en la habitación.
Nicolás estaba en la cama, con los ojos abiertos y una pequeña sonrisa en los labios. Su rostro estaba pálido, casi transparente, y su respiración era tan débil que apenas se notaba.
—Valeria... —susurró cuando me vio.
—Estoy aquí. —Me senté en el borde de la cama y tomé su mano. —Siempre estaré aquí.
—Lo sé. —Su sonrisa se ensanchó un poco. —¿Has hablado con mi madre?
—Sí.
—¿Y mi padre?
—También.
—¿Y tú? —Su voz se volvió más suave. —¿Tú estás bien?
—No. —No quise mentirle. —No voy a estarlo nunca.
—Lo sé. —Su mano temblorosa acarició mi mejilla. —Pero vas a aprender a estarlo. ¿Verdad?
—Voy a intentarlo.
—Eso es todo lo que pido. —Cerró los ojos un momento. —Valeria, ¿puedes hacerme un favor?
—Lo que sea.
—Cántame. —Sonrió. —Como aquella noche en el hospital. Cántame la canción de cuna.
—No sé si podré.
—Inténtalo.
Y entonces, con la voz rota y el corazón hecho pedazos, empecé a cantar.
"Duérmete mi niño,
duérmete mi sol,
duérmete pedazo
de mi corazón..."
Mi voz temblaba, y las lágrimas caían sobre nuestras manos entrelazadas. Pero seguí cantando, con todas mis fuerzas, como si la canción pudiera detener el tiempo.
Nicolás cerró los ojos y sonrió.
—Eres... la mejor... —susurró.
—Tú eres el mejor.
—Valeria... —su voz era apenas un soplo. —Te quiero.
—Yo también te quiero.
—Siempre... siempre te querré.
—Y yo a ti.
Su mano apretó la mía con la poca fuerza que le quedaba. Su pecho subió y bajó una vez, dos veces, y luego...
Se detuvo.
—Nicolás —susurré—. Nicolás, no te vayas.
Pero ya se había ido.
Su mano seguía en la mía, pero su cuerpo estaba vacío. Su sonrisa seguía en sus labios, pero sus ojos ya no veían.
—Nicolás —repetí, con la voz rota—. Nicolás, por favor...
No respondió.
Me incliné sobre su pecho, buscando su corazón, pero solo encontré silencio.
—Nicolás... —mi voz se convirtió en un grito—. ¡Nicolás, no te vayas!
Elena y Javier entraron corriendo. Elena se arrodilló junto a la cama y tomó la mano de su hijo, sollozando sin control. Javier se quedó de pie, con las manos apoyadas en la pared y las lágrimas cayendo por sus mejillas.
Pero yo solo podía mirarlo a él.
A él, que ya no estaba.
—Te quiero —susurré, inclinándome para besar su frente—. Te quiero, Nicolás. Y siempre te querré.
Las máquinas empezaron a pitar. Los médicos entraron en la habitación, nos apartaron con suavidad y empezaron a hacer maniobras de reanimación.
Pero yo sabía que no servía de nada.
Nicolás ya se había ido.
Y yo me había quedado sola.
Me quedé en el pasillo durante horas. No podía moverme. No podía hablar. Solo podía quedarme allí, con las manos vacías y el corazón roto.
Elena y Javier salieron de la habitación un rato después. Elena vino hacia mí y me abrazó con fuerza.
—Gracias —susurró. —Gracias por estar con él hasta el final.
—No he hecho nada.
—Has hecho todo. —Me separó y me miró a los ojos. —Has hecho que mi hijo fuera feliz. Y eso es más de lo que cualquier madre podría pedir.
—No sé qué hacer ahora —dije, con la voz vacía.
—Vivir. —Me tomó la cara entre sus manos. —Eso es lo que él quería. Que vivieras. Que fueras feliz.
—Pero no sé cómo.
—Lo aprenderás. —Sonrió, con lágrimas en los ojos. —Porque él te enseñó.
Y entonces, con el peso de sus palabras en el corazón, entendí lo que tenía que hacer.
No podía dejar de amarlo. No podía olvidarlo. Pero podía seguir adelante. Podía vivir. Podía amar.
Por él.
Por nosotros.
Por todo lo que habíamos compartido.
Y aunque el camino fuera doloroso, sabía que al final del túnel habría luz.
Porque él me había enseñado a verla.