Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena.
Capítulo 9: Elena
El arrepentimiento no llega después del error. Llega en el momento en que sabes que harías lo mismo otra vez. Porque el deseo no entiende de lógica, y el corazón es un animal que siempre elige el camino más peligroso.
Desperté con el sol en la cara y el sabor de Mateo en los labios.
No era un sueño. No era una invención de mi mente desesperada. Había ocurrido. El beso, el abrazo, la forma en que nuestros cuerpos se habían fundido contra la pared del pasillo como si el tiempo no hubiera pasado. Todo había ocurrido, y ahora tenía que enfrentar las consecuencias.
Me incorporé en la cama y miré a mi alrededor. La habitación era luminosa, con las cortinas blancas moviéndose suavemente con la brisa del mar. Todo era demasiado perfecto. Demasiado limpio. Demasiado en orden. Como si aquella casa quisiera engañarme, hacerme creer que el caos de mi vida podía encontrar paz entre sus paredes.
Pero no podía. Porque en mi pecho, el odio y el deseo seguían librando su guerra eterna.
Elena, despierta.
La voz de Lucía me sobresaltó. Mi hija estaba de pie junto a la cama, con su pijama de unicornio y el pelo alborotado. Pero sus ojos, sus ojos verdes, tenían una intensidad que no les había visto antes.
Lucía, cariño...
comencé, pero ella me interrumpió.
He oído llorar a papá.
Mi corazón dio un vuelco. Mateo. Había llorado. El hombre que siempre mostraba una máscara de control, el hombre que había cargado con el secreto de Sofía durante diez años, había llorado.
¿Cuándo?,pregunté... intentando que mi voz sonara tranquila.
Anoche. Cuando tú estabas dormida. Fui al baño y lo oí. Estaba en su habitación, y lloraba. Lloraba mucho.
Me levanté de la cama de un salto y me puse la bata. No podía permitir que mi hija viera a su padre así, no después de todo lo que había pasado. Pero también, en el fondo de mi ser, necesitaba saber. Necesitaba entender qué más se escondía detrás de la máscara de Mateo.
Voy a verlo dije, tomando a Lucía de la mano. Tú espera aquí, ¿de acuerdo?
No, mami. Quiero ir con él.
Lucía...
Por favor.
Su voz era un susurro, pero había una determinación en ella que no había visto nunca. Y entonces, en ese momento, entendí que mi hija no era la misma niña silenciosa que había conocido en los últimos años. El viaje a Punta Brava, la cercanía con su padre, la revelación de la verdad... todo la estaba transformando. Y yo, su madre, tenía que aceptarlo.
Está bien, hable apretándole la mano. Vamos juntas.
Cruzamos el pasillo y llamé a la puerta de Mateo con los nudillos temblorosos. No hubo respuesta. Abrí lentamente, y lo encontré sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos y los hombros hundidos. No llevaba camisa. Solo un pantalón de pijama gris que le marcaba las caderas. Su espalda, ancha y musculosa, tenía una cicatriz que no recordaba.
Mateo, dije y mi voz era un susurro.
Levantó la cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos, hinchados por el llanto, y su rostro tenía una expresión de derrota que nunca le había visto. No era el Mateo controlador, el empresario exitoso, el hombre que siempre tenía una respuesta para todo. Era solo un hombre roto.
No deberías verme así, dijo y su voz era áspera. No deberías ver esto.
Papá, susurró Lucía, soltando mi mano y corriendo hacia él.
La vio abrazarlo, y mi corazón se partió en dos. Porque en ese abrazo vi todo lo que habíamos perdido. Todo lo que podríamos haber tenido si la vida no hubiera sido tan cruel. Todo lo que aún podríamos salvar.
Estoy bien princesa, dijo Mateo, acariciando el cabello de Lucía. Estoy bien.
No es verdad...
respondió ella, y su voz era clara, firme. Has llorado. Te he oído.
Mateo me miró por encima de la cabeza de Lucía. Y en sus ojos vi una pregunta silenciosa: ¿Cuánto sabe? ¿Cuánto le has contado?
Negué con la cabeza. No le había contado nada. Pero Lucía, con esa intuición infantil que a veces es más poderosa que cualquier verdad, lo sabía.
Sofía no vendrá más, ¿verdad?preguntó de repente, sin levantar la vista del pecho de su padre.
El silencio se hizo espeso.
¿Por qué dices eso, cariño? pregunté, acercándome.
Porque ya no la quiero, respondió, y su voz era extrañamente adulta. Porque me hizo daño. Porque hizo daño a los abuelos.
Mi sangre se heló. ¿Cómo sabía? ¿Cómo podía saberlo?
Lucía, ¿qué...?
No hables, mami dijo y me miró con sus ojos verdes, los mismos que Mateo. Yo lo vi. La noche del fuego. Vi a Sofía salir de la casa de los abuelos. Vi que llevaba una cerilla en la mano. No lo entendí entonces. Pero ahora sí.
El mundo se detuvo. Mi hija lo había visto. Todo este tiempo, el silencio de Lucía no había sido trauma. Había sido miedo. Miedo a contar lo que había visto. Miedo a que nadie le creyera.
¿Por qué no lo dijiste antes?,pregunté, arrodillándome frente a ella.
Porque Sofía me dijo que si hablaba, papá iría a la cárcel. Me dijo que papá era el malo. Y yo no quería que papá fuera malo. Así que no hablé.
Mateo cerró los ojos y apretó a Lucía contra su pecho. Una lágrima rodó por su mejilla.
Nunca fui el malo, princesa, dijo... y su voz se quebró. Nunca. Solo quería protegerte a ti y a tu mamá.
Lo sé, papá respondió Lucía, abrazándolo más fuerte. Ahora lo sé.
Y en ese momento, mientras veía a mi hija abrazar a su padre, entendí que el odio que había alimentado durante diez años no era solo hacia Mateo. Era hacia mí misma. Por no haber visto. Por no haber preguntado. Por haber dejado que el dolor me cegara.
Me arrodillé junto a ellos y los abracé a ambos. Era un abrazo torpe, incómodo, pero era el único que podía ofrecer.
Lo siento, Mateo susurré contra su hombro. Lo siento por todo.
Él apoyó su mejilla contra mi cabeza y cerró los ojos.
No hace falta que lo sientas, espondió, y su voz era un susurro. Solo necesito que estés aquí. Ahora. Conmigo.
Y por primera vez en diez años, no sentí la necesidad de huir.
Me quedé.