Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo XXI El despertar de un sentimiento
Durante los dos días siguientes, un silencio electrizante y cargado de tensión sustituyó a las palabras en el penthouse. Ninguno de los dos se atrevió a mencionar el beso; preferían esquivarse antes de admitir el impacto de lo que habían sentido.
Valeria se despertaba con las primeras luces del amanecer, con el corazón acelerado al recordar la firmeza del agarre de Dante sobre su cintura. Preparaba el desayuno a toda prisa y abandonaba el apartamento antes de que él saliera de su habitación. Pasaba las mañanas en la clínica junto a Alejandro, hablando durante horas sobre el futuro, planeando la vida que construirían una vez que él recibiera el alta definitiva. Estar con su hermano era su único ancla a la realidad en medio del torbellino emocional que la consumía.
Por su parte, Dante se sumergió por completo en el trabajo. Utilizó la gestión del Grupo Salazar y la necesidad de mantener a raya las ambiciones de su sobrino Mateo, quien presionaba con imprudencia para tomar más protagonismo en los negocios familiare, como la excusa perfecta para mantenerse lejos del penthouse. En el fondo, Dante sabía la verdad: desde aquel beso, sus instintos más primitivos y de posesión habían despertado. La frialdad con la que siempre había dominado su vida se desmoronaba ante la presencia de Valeria, y temía perder el control si se quedaba a solas con ella.
El día del anunciado compromiso, Dante regresó al penthouse al mediodía. Necesitaba prepararse física y mentalmente para la velada; esa noche enfrentaría a los buitres de su familia que pretendían disputarle el control del imperio que había levantado junto a Don Franco.
Al cruzar el umbral del vestíbulo, un aroma delicioso y casero llenó sus fosas nasales. El ambiente frío del apartamento se sentía extrañamente cálido. Al acercarse a la cocina, vio a Valeria de espaldas, vistiendo un sencillo vestido veraniego y llevando puestos unos auriculares. La música a todo volumen le impedía escuchar sus pasos sobre el mármol.
Ella se movía con una gracia natural al ritmo de la melodía, tarareando suavemente mientras ajustaba los sazonadores. El suave bamboleo de sus caderas amenazó con destruir la frágil barrera de autocontrol que Dante había construido durante cuarenta y ocho horas.
Se quedó inmóvil en el umbral, observándola con la mirada fija, sintiendo cómo la garganta se le secaba y obligándose a tragar con dificultad ante la intensa punzada de deseo que le recorrió la espalda.
Justo cuando Dante intentó dar un paso al frente para hacerse notar, Valeria se giró de golpe. Al encontrarse de frente con la imponente figura de su esposo parado a unos metros, ahogó un grito de susto. Se llevó instintivamente una mano al pecho mientras se quitaba los auriculares a toda prisa.
—Me… me asustaste —logró articular, tratando de recobrar el aliento mientras sus ojos claros lo recorrían con sorpresa.
—Lo siento, no fue mi intención —murmuró Dante en un tono distante, endureciendo las facciones para ocultar la turbación que lo dominaba.
—Pensé que llegarías más tarde, casi a la hora de irnos… pero ya que estás aquí, ven, acompáñame a almorzar —dijo la joven con una sonrisa sincera y una inocencia que desarmaba cualquier defensa.
—Ahora no tengo ganas. Voy a descansar un rato antes de arreglarme —respondió él con sequedad.
Sin esperar réplica, Dante dio media vuelta y caminó con pasos firmes hacia su suite principal, dejando a Valeria sola en medio de la cocina.
Ella se quedó inmóvil, mirando el pasillo vacío con una punzada de amargura en el pecho. Suspiró profundamente mientras retiraba las ollas del fuego. La frialdad de Dante la lastimaba; empezó a convencerse de que para él ella no era más que una responsabilidad derivada del contrato que habían firmado, y que aquel beso apasionado en el salón no había sido más que un arrebato del momento o un lamentable error.
Sin embargo, a medida que pasaban los minutos, la soledad del enorme apartamento volvió a pesarle. Cansada de la distancia y deseando genuinamente que aquel lugar comenzara a sentirse como un hogar real, Valeria decidió insistir. Sirvió una porción y caminó hacia el pasillo de las habitaciones. Llegó a la puerta de la suite de Dante y, llevada por un impulso de determinación, giró la manilla y abrió sin llamar previamente.
La palabra "Dante..." se le congeló en la garganta.
Dante acababa de salir del baño principal. Llevaba únicamente una toalla blanca anudada a la cintura. El agua de la ducha aún goteaba de su cabello oscuro, deslizándose en finos hilos por los marcados relieves de sus hombros, descendiendo por el amplio tórax y marcando cada uno de sus abdominales antes de perderse en la tela de la toalla.
Valeria se quedó petrificada en el umbral. Su mirada recorrió involuntariamente la anatomía masculina de su esposo, sintiendo una ola de calor instantánea subiéndole por el cuello hasta las mejillas. La imagen de Dante, tan imponente y vulnerable al mismo tiempo, le aceleró el pulso de forma descontrolada. Sin darse cuenta, se mordió levemente el labio inferior.
—Perdón… perdón, debí tocar antes de entrar —balbuceó dando media vuelta a toda prisa para darle la espalda, con el corazón martilleándole en las costillas.
Dante se congeló por un segundo al verla allí, pero al notar el rubor encendido en la nuca de su joven esposa y el temblor de sus hombros, el autocontrol que tanto trabajo le había costado mantener se esfumó por completo. La distancia que había intentado guardar se disolvió en un segundo.
Avanzó en silencio sobre la alfombra hasta quedar a pocos centímetros de ella. El calor emanaba de su piel húmeda, envolviéndola. Sin pedir permiso, Dante extendió los brazos y la rodeó por la cintura desde atrás, pegando la espalda de Valeria contra su pecho desnudo. Valeria ahogó un suspiro al sentir el contacto directo de la piel tibia de Dante y el aroma a jabón y agua fresca que se mezclaba con su fragancia natural.
Él inclinó la cabeza, aspirando el aroma dulce de su cabello en la curva de su cuello.
—¿Qué me estás haciendo, niña? —preguntó con una voz ronca, áspera y cargada de una necesidad contenida.
Con extrema lentitud, la giró entre sus brazos para hacerla quedar frente a frente. Valeria mantuvo las manos apoyadas contra el firme pecho de él, sintiendo bajo sus palmas el latido sordo y acelerado del corazón de Dante.
—No… no sé de qué hablas —susurró ella, alzando la mirada con los ojos abiertos por la intensidad del momento.
Dante colocó dos dedos bajo su barbilla, obligándola a sostenerle la mirada. El intenso carmesí que adornaba las mejillas de Valeria y la forma en que sus labios permanecían apenas entreabiertos encendieron en él un impulso irrevocable. Ya no había contratos, ni barreras, ni familias que valieran.
Sin poder ni querer contenerse por más tiempo, Dante se inclinó y se adueñó de la boca de su esposa en un beso hambriento, profundo y definitivo, arrastrándolos a ambos a un punto de no retorno.
se me hizo tan corta y muy buena 👍😍