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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 24 LA CASA QUE GUARDABA EL SECRETO

Lucía había vivido toda su vida en aquella casa.

Había aprendido a caminar en el pequeño pasillo que comunicaba la sala con la cocina.

Había aprendido a leer junto a la ventana de su habitación.

Había celebrado sus cumpleaños en el patio.

Había llorado sus primeras decepciones detrás de la misma puerta que ahora le parecía demasiado estrecha para todo lo que había ocurrido dentro de ella.

Había visto morir a su abuelo.

Había visto crecer a Diego.

Había visto a su madre envejecer.

Había discutido con su padre.

Había reído con Mateo.

Y, hasta pocas semanas atrás, había pensado que conocía cada rincón.

Cada grieta.

Cada cajón.

Cada pared.

Ahora sabía que estaba equivocada.

La casa guardaba un secreto.

Un secreto que podía explicar por qué su abuelo había dejado aquella pequeña fotografía dentro del reloj.

Y también podía explicar por qué, incluso después de tantos años, algunas personas estaban dispuestas a perseguirla.

La pregunta era sencilla.

¿Por qué su abuelo había escondido la verdad justamente allí?

Eran las cinco de la mañana cuando Lucía terminó de explicar el mensaje a su padre.

—La dirección es nuestra casa —dijo.

Roberto permaneció inmóvil.

—¿Estás segura?

Lucía le mostró la fotografía.

—Es la misma dirección.

—Podría ser una coincidencia.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

Lucía tocó la pequeña fotografía.

—Porque este reloj me lo dio el abuelo.

Roberto la observó.

—¿Y nunca te dijo nada?

—Nunca.

—¿Estás segura?

Lucía levantó la mirada.

—Papá, tenía diez años cuando me lo regaló. ¿Qué iba a decirme?

Roberto dejó escapar una respiración cansada.

—Quizá estaba esperando.

—¿Esperando qué?

—Que fueras mayor.

Lucía permaneció callada.

Irene, que había escuchado desde el otro lado de la habitación, intervino.

—O que fueras la última persona de la familia en la que pudiera confiar.

Lucía se volvió hacia ella.

—¿Por qué dices eso?

—Porque dejó la pista para ti.

—No necesariamente.

—La fotografía estaba dentro de un reloj que te regaló a ti.

Lucía bajó la mirada.

Era cierto.

Pero había algo que todavía no comprendía.

Si su abuelo había dejado una prueba en aquella casa, ¿por qué nadie la había encontrado durante todos aquellos años?

¿Por qué Mateo había descubierto parte del secreto?

¿Por qué Arturo seguía buscando?

Y, sobre todo, ¿por qué la amenaza de regresar precisamente allí había llegado ahora?

Roberto se puso de pie.

—No podemos entrar directamente.

—Lo sé.

—La casa puede estar vigilada.

—También lo sé.

—Entonces necesitamos observar primero.

Lucía sonrió ligeramente.

—Eso ya lo aprendí.

Irene la miró.

—¿Cuánto tiempo crees que puedes aguantar viviendo así?

Lucía no respondió.

La pregunta era difícil.

No sabía cuánto tiempo.

Tal vez meses.

Tal vez años.

Pero todavía tenía una razón para continuar.

Diego.

Mientras él siguiera secuestrado, no podía darse el lujo de rendirse.

A las siete, salieron del refugio.

No utilizaron el vehículo habitual.

Roberto se quedó en otro punto con Irene.

Lucía iría con un hombre que conocía la zona para acercarse a la antigua casa sin llamar demasiado la atención.

No iba disfrazada.

No necesitaba hacerlo.

Había comprendido que desaparecer completamente era imposible.

Lo importante era no ser predecible.

Se bajó a varias calles de distancia.

Caminó lentamente.

Miró escaparates.

Se detuvo frente a una panadería.

Compró un pan.

Continuó.

No quería parecer alguien que iba hacia un objetivo específico.

Pero cuando dobló la esquina, sintió que el corazón le daba un golpe.

La casa estaba allí.

Su casa.

La fachada parecía igual.

Pero había algo distinto.

Las ventanas estaban cerradas.

Las cortinas permanecían corridas.

Y el automóvil gris estaba estacionado enfrente.

Lucía se detuvo.

Sergio.

O alguien relacionado con él.

No tenía que verlo para saberlo.

La casa estaba vigilada.

Se escondió detrás de una pequeña tienda.

Sacó el teléfono.

Llamó a Roberto.

—Ya estoy aquí.

—¿La casa?

—Sí.

—¿Qué ves?

—El automóvil gris.

Silencio.

—Entonces no entres.

Lucía miró la casa.

—No voy a entrar por la puerta.

—Lucía.

—Papá.

—No.

—Necesitamos saber qué hay allí.

—Y necesitamos que sigas viva.

Ella respiró.

—Voy a observar.

—¿Cuánto?

—Hasta que encuentre una oportunidad.

Roberto guardó silencio.

—Ten cuidado.

—Sí.

Durante casi una hora, Lucía observó.

El automóvil gris no se movió.

Dos hombres entraron a la casa.

Uno llevaba cajas.

El otro tenía una mochila.

No parecían estar buscando objetos.

Parecía que estaban trasladando algo.

Lucía tomó fotografías a distancia.

No suficientes para llamar la atención.

Solo las necesarias.

Después observó la parte lateral.

La pequeña ventana del sótano.

Había pasado por allí cientos de veces durante su infancia.

Pero nunca había entrado.

Su abuelo la había mantenido cerrada.

Siempre decía que era un lugar donde se acumulaban cosas viejas.

Ahora Lucía recordó algo.

Cuando era niña, una vez preguntó por qué la puerta del sótano tenía dos cerraduras.

Su abuelo respondió:

—Porque algunas cosas no necesitan ser encontradas.

Lucía sintió un escalofrío.

Llamó a Irene.

—La casa tiene un sótano.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Tiene entrada exterior?

—Una pequeña ventana y una puerta lateral.

Irene guardó silencio.

—¿Qué pasa?

—Tu abuelo no tenía un sótano común.

—¿Qué quieres decir?

—En los planos antiguos aparece una habitación adicional.

Lucía frunció el ceño.

—¿Una habitación?

—Una habitación que no figura en los planos modernos.

El corazón de Lucía comenzó a latir más rápido.

—¿Cómo puede existir una habitación que no aparece?

—Porque pudo haber sido construida después.

—¿Y quién la construyó?

—No lo sé.

Lucía miró la casa.

—Quizá mi abuelo.

—Quizá.

A las diez, el automóvil gris se fue.

Uno de los hombres salió y cerró la puerta con llave.

Lucía esperó diez minutos.

Luego veinte.

No apareció nadie.

Llamó a Roberto.

—Ahora.

—¿Estás segura?

—No completamente.

—Eso no me tranquiliza.

—Nunca estaremos completamente seguros.

Roberto suspiró.

—Voy contigo.

—No.

—Lucía.

—Quédate en el automóvil. Si algo ocurre, llamas.

—Está bien.

Lucía cruzó la calle.

La casa parecía vacía.

Abrió la puerta con una llave antigua que su padre había conservado.

Entró.

El olor la golpeó inmediatamente.

La misma casa.

Madera.

Polvo.

Humedad.

Pero algo había cambiado.

Los muebles estaban cubiertos.

Algunas cosas habían sido movidas.

No por abandono.

Por búsqueda.

Alguien había registrado el lugar.

Lucía caminó hasta su antigua habitación.

La puerta estaba abierta.

El armario había sido vaciado parcialmente.

Sus cajones estaban abiertos.

La cama había sido movida.

Revisó debajo.

Nada.

Miró el escritorio.

El cajón donde antes guardaba sus cosas estaba abierto.

No quedaba casi nada.

Aquello le produjo una tristeza inesperada.

Habían tocado sus recuerdos.

Habían entrado donde ella había dormido durante años.

Pero no había tiempo para quedarse allí.

Recordó la fotografía dentro del reloj.

La dirección.

La casa.

Buscó el reloj.

No lo había llevado.

Estaba en el pequeño bolso donde guardaba cosas personales.

Lo sacó.

Observó nuevamente la fotografía.

En la parte posterior aparecía un número.

17-06-87.

Lucía recorrió la habitación con la mirada.

Junio.

¿Qué significaba?

Entonces recordó algo.

La pared.

Su abuelo había colgado allí un calendario.

Siempre había marcado una fecha.

Nunca había comprendido por qué.

Lucía tocó la pared.

Nada.

Golpeó suavemente.

Sonido hueco.

Se quedó inmóvil.

Volvió a golpear.

Otra vez.

Hueco.

Lucía sintió un escalofrío.

Había algo detrás.

Buscó una herramienta.

Encontró un pequeño destornillador.

Retiró con cuidado una parte de la moldura.

Detrás había una pequeña caja metálica.

No estaba cerrada.

Lucía la sacó.

Dentro había papeles.

Fotografías.

Una llave.

Y una carta.

Lucía reconoció inmediatamente la letra de su abuelo.

La abrió.

“Si estás leyendo esto, ya no pude proteger a la familia.”

Lucía sintió que los ojos se le humedecían.

Continuó.

“La caja grande nunca fue el secreto.”

Lucía se quedó inmóvil.

“Era la manera de llegar al archivo.”

Otra línea:

“El verdadero registro está en manos de una persona que nadie buscaría.”

Lucía siguió.

“No confíes en Arturo.”

“No confíes en los Ferrer.”

“Y, sobre todo, no confíes en quien diga que lo hizo por amor.”

Lucía quedó completamente inmóvil.

Aquella última frase le dolió.

Pensó en Mateo.

No podía saber si se refería a él.

Pero sentía que sí.

Dentro de la caja había otra fotografía.

Esta vez aparecía Mateo.

Lucía sintió que el corazón se detenía.

La imagen era reciente.

Mateo estaba frente a la casa de su abuelo.

No solo una vez.

Había varias fotografías.

Él había estado allí.

Antes de morir.

Lucía sintió una mezcla de rabia y tristeza.

—¿Qué estabas buscando aquí?

Entonces vio algo más.

En una de las fotografías, Mateo aparecía hablando con una mujer.

Lucía amplió.

Era Amelia.

La mujer que la había llamado.

Lucía sintió un escalofrío.

Ellos se conocían.

Quizá desde mucho antes.

Y, detrás de ellos, aparecía una puerta.

Una puerta que Lucía conocía.

La del sótano.

Lucía salió de la habitación.

Fue directamente hacia la escalera.

La puerta del sótano estaba cerrada.

Tenía una cerradura antigua.

Probó la llave que había encontrado en la caja.

Funcionó.

La puerta se abrió.

El olor a humedad era fuerte.

Encendió una pequeña linterna.

Bajó.

Había cajas viejas.

Muebles.

Herramientas.

Nada extraordinario.

Hasta que vio una pared cubierta por una estantería.

La movió.

Detrás había otra puerta.

Lucía sintió el corazón acelerado.

Usó la misma llave.

La puerta se abrió.

Dentro había una habitación pequeña.

Y allí estaba.

Un archivo.

No tan grande como M-17.

Pero suficiente.

Carpetas.

Documentos.

Cajas.

Y una mesa.

Sobre la mesa había una fotografía.

Lucía se acercó.

Era su abuelo.

Junto a él estaba Arturo.

Y también un tercer hombre.

Esta vez reconoció el rostro.

Era el hombre que había visto en las fotografías de la memoria.

Julián Ferrer.

Pero había algo que no había visto antes.

Junto a ellos estaba una mujer.

Su madre.

Teresa.

Lucía quedó paralizada.

—No.

Se acercó.

La fotografía no podía estar equivocada.

Era Teresa.

Mucho más joven.

Tenía el cabello largo.

Estaba sonriendo.

Y estaba junto a su padre.

Lucía sintió que todo dentro de ella se detenía.

Su madre había dicho que no sabía mucho.

Había mentido.

La fotografía demostraba que había estado allí.

Que conocía a Arturo.

Que conocía a Julián.

Que conocía a su propio padre dentro de aquella situación.

Lucía tomó la fotografía.

Volvió a mirar.

En el reverso había una frase:

“Teresa conoce la ubicación del archivo principal.”

Lucía sintió un vacío.

Su madre había sabido.

Durante todos esos años.

De repente, escuchó un ruido.

Arriba.

Una puerta cerrándose.

Lucía guardó la fotografía.

Apagó la linterna.

Se quedó quieta.

Pasos.

Uno.

Dos.

Tres.

Alguien bajaba las escaleras.

Lucía retrocedió.

Buscó una salida.

No había.

Entonces vio una pequeña puerta lateral.

La abrió.

Era un pasillo estrecho.

Se deslizó dentro.

Cerró.

Los pasos continuaron.

El hombre entró al archivo.

Lucía contuvo la respiración.

Era Sergio.

Lo escuchó hablar por teléfono.

—Ya revisé la habitación.

Pausa.

—No está.

Otra pausa.

—No creo que haya encontrado la entrada.

Lucía sintió el corazón latirle violentamente.

Sergio estaba hablando de ella.

—Tenemos que revisar el sótano.

Lucía cerró los ojos.

No podía quedarse allí.

Miró el pasillo.

Había una pequeña abertura al final.

Tal vez daba al patio.

Avanzó lentamente.

Llegó.

Empujó.

La puerta cedió.

Salió.

Corrió hasta el callejón.

No demasiado rápido.

No quería llamar la atención.

Pero sabía que Sergio podía encontrarla.

Sacó el teléfono.

—Papá.

Roberto contestó inmediatamente.

—¿Dónde estás?

—Salí de la casa.

—¿Qué encontraste?

Lucía respiró.

—Una habitación oculta.

Silencio.

—¿Qué había?

—Documentos.

—¿De qué?

Lucía dudó.

—De mamá.

Roberto quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Encontré fotografías de ella con el abuelo y Arturo.

Silencio.

—Papá.

—No puede ser.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí.

Roberto tardó unos segundos en responder.

—Sal de ahí.

—Ya salí.

—Ven al automóvil.

Lucía comenzó a caminar.

—Hay más.

—¿Qué?

—Una nota.

—¿Qué dice?

—Que mamá conoce la ubicación del archivo principal.

Roberto no respondió.

Lucía sintió miedo.

—Papá.

—Estoy aquí.

—¿Qué sabes?

—Nada.

Ella cerró los ojos.

—No me mientas.

Cuando llegaron al refugio, Teresa estaba allí.

Lucía entró.

Su madre levantó la mirada.

—¿Dónde estabas?

Lucía dejó la fotografía sobre la mesa.

Teresa la vio.

Su rostro cambió inmediatamente.

—¿Dónde encontraste eso?

Lucía sintió un frío intenso.

—En la casa.

Teresa bajó la mirada.

—Yo no quería que supieras.

Lucía sintió rabia.

—¿Por qué?

—Porque eras una niña.

—Ya no soy una niña.

—Lo sé.

—Entonces dime la verdad.

Teresa comenzó a llorar.

—Tu padre quería protegerte.

Lucía negó.

—No.

—¿Qué?

—Ambos me han protegido con mentiras.

Teresa cerró los ojos.

—No sabes lo que ocurrió.

—Entonces cuéntamelo.

Su madre guardó silencio.

Lucía insistió.

—¿Conocías a Arturo?

Teresa asintió.

—Sí.

—¿Conocías a Julián?

—Sí.

—¿Sabías lo que hacía mi padre?

Teresa tardó.

—Sí.

—¿Y sabías lo del archivo?

Silencio.

—Sí.

Lucía sintió que el corazón se le partía.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Teresa lloró.

—Porque tu abuelo murió por eso.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—No murió naturalmente.

Silencio.

Roberto cerró los ojos.

Lucía lo miró.

—¿Papá?

No respondió.

Teresa continuó:

—Lo mataron.

Lucía sintió que el aire desaparecía.

—¿Quién?

—Nunca supimos exactamente.

—¿Arturo?

—Probablemente.

—¿Y ustedes callaron?

—Porque teníamos miedo.

Lucía comenzó a llorar.

—Entonces toda mi vida fue una mentira.

Teresa negó.

—No.

—¡Sí!

—No.

—¡Me ocultaron todo!

—Intentábamos darte una vida normal.

—¡Y ahora estoy huyendo!

La voz de Lucía se quebró.

—¡Estoy huyendo por algo que ni siquiera hice!

Teresa la abrazó.

—Lo sé.

Lucía se apartó.

—No me digas que lo sabes.

—Te amo.

—Yo también te amo.

Lloró.

—Pero necesitaba la verdad.

Después de un largo silencio, Teresa se sentó.

—Tu abuelo descubrió el archivo.

—¿Qué archivo?

—El archivo de las identidades.

Lucía escuchaba.

—Arturo utilizaba personas desaparecidas. Cambiaba nombres. Creaba documentos.

—Sí.

—Tu abuelo descubrió quién controlaba el sistema.

—¿Quién?

Teresa negó.

—Nunca lo supimos.

Lucía frunció el ceño.

—Pero el archivo principal...

—No está en M-17.

—Entonces ¿dónde?

Teresa bajó la mirada.

—Yo lo sé.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Dónde?

—No puedo decírtelo todavía.

—Mamá.

—Porque Diego sigue en manos de ellos.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Teresa respiró.

—El archivo principal no solo contiene nombres.

—¿Qué contiene?

—Pruebas.

—¿De qué?

Teresa levantó la mirada.

—De quiénes ayudaron a Arturo.

Lucía comprendió.

Si entregaban la ubicación, muchas personas podrían caer.

Y quizá por eso Diego había sido secuestrado.

No querían solamente la memoria.

Querían la ubicación del archivo.

Lucía se sentó.

—Entonces ¿qué hacemos?

Teresa tomó su mano.

—Esperamos.

Lucía negó.

—No.

—Lucía...

—No voy a quedarme esperando que maten a mi hermano.

—Tampoco yo.

—Entonces dime dónde está.

Teresa comenzó a llorar.

—Si te lo digo, te van a matar.

Lucía respondió:

—Si no me lo dices, también pueden matarlo.

Silencio.

La familia quedó atrapada en un nuevo dilema.

A las ocho de la noche, llegó un mensaje.

“Ya entendiste lo que tu madre sabe.”

Lucía sintió un escalofrío.

Después:

“Ahora sabes por qué necesitamos la casa.”

Y finalmente:

“Mañana tendrás que elegir.”

Lucía miró a Teresa.

La expresión de su madre confirmó que el mensaje había acertado.

—¿Qué elección?

Teresa bajó la mirada.

—La ubicación del archivo.

Esa noche, Lucía no durmió.

Pero por primera vez, el miedo no estaba solo.

Había algo más.

Una certeza.

Su familia había vivido durante años ocultando una verdad.

Mateo había intentado encontrarla.

Su abuelo había intentado protegerla.

Arturo había construido su poder alrededor de ella.

Y ahora Lucía estaba en medio.

Pero había una diferencia.

Ellos habían elegido esconderse.

Ella podía elegir qué hacer con la verdad.

A las cuatro de la mañana, Lucía abrió nuevamente el cuaderno.

Escribió:

“Mi madre conoce el archivo.”

Debajo:

“Mi abuelo murió por protegerlo.”

Después:

“Arturo lo buscó durante décadas.”

Y finalmente:

“Ahora lo buscan a través de mí.”

Cerró el cuaderno.

Miró a Teresa.

Su madre dormía.

Roberto también.

Lucía tomó la fotografía de su madre y su abuelo.

La guardó cuidadosamente.

Después guardó la caja de madera.

Y tomó una decisión.

No entregaría el archivo.

No todavía.

Primero recuperaría a Diego.

Después descubriría quién estaba detrás de Arturo.

Y finalmente decidiría qué hacer con toda aquella información.

Porque cada día comprendía algo más:

La verdad podía ser una forma de libertad.

Pero también podía convertirse en una condena.

Y Lucía necesitaría aprender a sostenerla sin dejar que destruyera lo que todavía le quedaba.

Al amanecer, recibió un nuevo mensaje.

Solo decía:

“Sabemos dónde está el archivo.”

Lucía sintió un escalofrío.

Pero el mensaje siguiente fue peor:

“Y sabemos dónde está Diego.”

Después apareció una dirección.

Lucía la reconoció.

Era un antiguo almacén.

Uno de los lugares que aparecía en la documentación de 1987.

El mismo lugar donde su abuelo había hecho sus primeras operaciones.

El lugar donde todo comenzó.

Lucía miró a su padre.

—Tenemos que ir.

Roberto negó.

—Es una trampa.

—Sí.

—Entonces no.

Lucía sostuvo la mirada.

—Papá, toda esta historia ha sido una trampa desde el principio.

Miró la dirección.

—La diferencia es que ahora sabemos dónde están ellos.

Roberto guardó silencio.

Lucía tomó la caja de madera.

—Y ellos todavía no saben que nosotros sabemos algo que puede cambiarlo todo.

La casa estaba atrás.

La infancia también.

Ahora solo quedaba avanzar.

Y mientras el sol comenzaba a iluminar lentamente la ciudad, Lucía comprendió que había llegado el momento de dejar de ser únicamente una mujer que huía.

Porque el siguiente paso no sería buscar la verdad.

Sería enfrentarse a ella.

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