Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 17
Capítulo 17
"Tu papá vino"
—Que no pueda escapar.
Valentina no escuchó esa frase.
Lo que escuchó al día siguiente fue a Sofía Reyes diciendo:
—Necesitas tres días de infusión. No hagas esa cara, no es castigo medieval.
Valentina estaba sentada otra vez en la Clínica San Mateo, con la rodilla elevada sobre un banco y una bolsa de hielo envuelta en toalla.
—¿Infusión de qué?
—Antiinflamatorio y suero. Estás deshidratada, inflamada y, por la cara, peleada con el concepto de descanso.
—El descanso y yo tenemos diferencias irreconciliables.
Sofía preparó la vía con manos rápidas.
—Pues hoy se reconcilian por una hora.
—No tengo una hora.
—Tu rodilla sí.
Valentina quiso discutir, pero el pinchazo fue limpio y el cansancio la traicionó antes que el orgullo. La silla reclinable estaba vieja, el vinil agrietado, pero después de dos noches durmiendo mal y una semana calculando dinero, le pareció casi cómoda.
—No me dejes dormir mucho —murmuró.
—Claro.
Sofía le cubrió el brazo con una gasa.
Valentina se durmió en menos de cinco minutos.
Santiago llegó doce minutos después.
Sofía lo vio entrar y casi tiró la charola de material.
—¿Qué haces aquí? —susurró, arrastrándolo hacia el pasillo.
Santiago miró por encima de su hombro. Valentina dormía con la cabeza ladeada, el cabello cubriéndole media cara y la mano cerca de la aguja.
—Vine a verla.
—No puedes aparecerte así.
—No me vio.
—Ese no es el punto.
—Entonces dime cuál es.
Sofía apretó los labios. Podía regañarlo por controlador, por imprudente, por usarla como fuente de información aunque ella hubiera jurado no tomar partido. Pero luego miró hacia Valentina. Sola en una clínica de barrio, dormida de puro agotamiento, con una bolsa gastada bajo la silla.
—Cinco minutos —dijo al fin—. Si despierta, yo no sé nada.
Santiago no contestó.
Entró al área de infusión como si cada silla fuera un campo minado. Se sentó al lado de Valentina, en silencio.
Al principio no la tocó.
Solo la miró.
La aguja estaba en el dorso de la mano izquierda. Valentina, dormida, movió los dedos. El tubo tembló.
Santiago extendió la mano y sujetó la suya con cuidado, apenas lo suficiente para mantenerla quieta.
Valentina frunció el ceño, pero no despertó.
Él se quedó así toda la hora.
El teléfono le vibró tres veces. La primera, lo silenció sin mirar. La segunda, leyó "Marco" y rechazó la llamada. La tercera, simplemente puso el aparato boca abajo sobre la silla vacía. Durante cuarenta minutos observó la gota caer por el tubo, lenta, regular, como si la paciencia pudiera medirse en suero.
Cuando Valentina suspiró dormida, él aflojó apenas la mano para no despertarla.
Cuando un mechón de cabello le cayó sobre la boca, Santiago lo apartó con dos dedos. No le acarició la cara. No se permitió tanto. Solo retiró el cabello y volvió a sostenerle la mano.
Al terminar la infusión, Sofía apareció con una mirada que decía ya.
Santiago soltó a Valentina como si dejara algo frágil sobre una mesa.
—Mañana vuelve —dijo Sofía en voz baja.
—Lo sé.
—No porque tú lo ordenes. Porque ella necesita tratamiento.
Santiago la miró.
—Por eso vuelve.
Sofía rodó los ojos.
—Eres imposible.
Él salió antes de que Valentina abriera los ojos.
El segundo día, Valentina llegó con un pan dulce en la bolsa y cara de no haber dormido.
—No empieces —le advirtió a Sofía.
—Ni dije nada.
—Tu cara habla.
—Mi cara dice que traes ojeras con ojeras.
Valentina se acomodó en la silla.
—Pon la cosa esa antes de que me arrepienta.
Esta vez resistió despierta quince minutos. Luego el sueño la venció otra vez.
Santiago llegó con un café que no bebió. Se sentó más lejos al principio. Después Valentina murmuró algo y dobló la muñeca hacia la vía.
Él se levantó.
Le sostuvo la mano.
Una niña de unos cinco años, sentada en la silla de enfrente con una paleta y una venda en el codo, lo observó con descaro.
—¿Es tu hija? —le preguntó.
Santiago se quedó inmóvil.
Sofía, desde el escritorio, abrió los ojos como platos.
—No —dijo él.
La niña miró a Valentina dormida.
—Entonces, ¿por qué le agarras la mano?
Santiago bajó la vista a los dedos de Valentina.
—Para que no se lastime.
La niña aceptó esa respuesta con la seriedad de una jueza pequeña.
—Mi papá también hace eso cuando me vacunan.
Santiago no supo qué decir.
Sofía se mordió la sonrisa.
El tercer día, Valentina llegó tarde.
—Tráfico —mintió.
Sofía miró sus zapatos empapados.
—Lluvia.
—También.
—¿Comiste?
—Sí.
—¿Qué?
—Aire con sabor a prisa.
Sofía le dio una galleta salada de su cajón.
—No tomes medicamentos con aire.
Valentina aceptó la galleta sin pelear. Eso preocupó más a Sofía que cualquier queja.
La infusión corrió lenta. Afuera llovía contra los barrotes de la ventana. Valentina se durmió con la galleta a medio terminar.
Santiago llegó mojado de los hombros.
Sofía no lo regañó esta vez.
Solo señaló la silla.
Él se sentó.
Valentina tenía la mano más fría que los otros días. Santiago la cubrió con la suya y, cuando ella tembló, le acomodó la chamarra sobre las piernas.
La niña de la paleta volvió a aparecer, esta vez con una mochila rosa.
—Ya vino tu papá otra vez —le dijo a Sofía, señalando a Santiago.
—No es mi papá —susurró Sofía, horrorizada.
—El de ella.
Santiago levantó la vista.
—No soy...
La niña ya estaba distraída con una estampita.
Cuando Valentina empezó a moverse, Santiago se fue.
Siempre antes.
Siempre a tiempo.
Valentina despertó con la sensación de haber tenido la mano caliente durante un sueño. Miró sus dedos, confundida. La infusión ya había terminado. Sofía hablaba con otro paciente al fondo.
La niña de la mochila rosa se acercó a la silla de Valentina.
—Ya te despertaste.
Valentina parpadeó.
—Eso parece.
—Tu papá vino.
La sangre se le congeló de golpe.
—¿Mi qué?
La niña señaló la silla vacía a su lado.
—Tu papá. Te acompañó toda la infusión.
Valentina miró la silla.
Vacía.
Luego miró su mano, donde todavía sentía un calor que no podía estar ahí.
—¿Mi papá...?