Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 3: La sombra de la resistencia
^^^ Narra Camila^^^
El mes de septiembre avanzaba con una lentitud desesperante en el Saint Mary’s Academy, y la presencia de Maximiliano se había convertido en una espina clavada en la base de mi cráneo.
Al principio pensé que se rompería rápido. En mi mundo, los becados tenían fecha de caducidad: aguantaban un par de meses de presión psicológica, soportaban las miradas despectivas, y terminaban pidiendo el traslado o hundiéndose en una depresión silenciosa que los hacía invisibles. Pero Máx. era de otra madera, una mucho más dura y molesta de lo que me atrevía a admitir.
Cada vez que lo veía cruzar el patio con los hombros rectos, enfundado en ese uniforme que le quedaba ligeramente holgado, un fuego sordo me quemaba por dentro. No soportaba su resistencia. No soportaba que, a pesar de haberle tirado la basura en el casillero o de haber hecho correr rumores sobre el origen de sus cuadernos gastados, él levantara la barbilla con esa mezcla de orgullo y desdén silencioso.
—Estás obsesionada con él, Camila —me había soltado Vanessa una tarde, mientras nos retocábamos los labios frente al gran espejo del baño de chicas—. Lo miras demasiado. Ya déjalo en paz, ni siquiera habla con nadie. Es un cero a la izquierda.
—No estoy obsesionada, Vane —le contesté con los dientes apretados, guardando mi labial en el bolso con un movimiento brusco—. Simplemente, no tolero a la gente maleducada que cree que puede venir a nuestra escuela a pasearse como si fuera invisible, ignorando las reglas del juego.
Pero mentía. Sabía muy bien que mentía. La verdad, la insoportable verdad que no me atrevía a confesarle ni a mi propia sombra, era que su indiferencia me desquiciaba. En mi universo, las personas se dividían en dos categorías: los que me adulaban y los que me temían. Él no encajaba en ninguna. Él me miraba como si yo fuera una simple molestia en su camino hacia algo más importante, una distorsión barata en su rutina de supervivencia. Y eso hería mi ego de una manera que bordeaba la humillación.
Esa misma semana decidí subir la apuesta. Si las indirectas y las pequeñas bromas de pasillo no lograban quebrarlo, tendría que hacer algo que lo obligara a mirarme de frente, a perder los papeles y a gritarme de rabia. Quería ver su armadura derrumbarse. Quería oírlo suplicar o, al menos, perder esa compostura irritante.
La oportunidad perfecta se presentó un jueves durante la clase de literatura avanzada. El profesor había organizado un debate en parejas sobre los clásicos de la poesía romántica. Por azares del destino —o más bien por una sutil y bien colocada presión mía hacia el delegado de la clase, que me temía tanto como me respetaba—, los equipos fueron asignados de manera obligatoria. Cuando el profesor leyó en voz alta las listas, sentí un escalofrío recorrer mi columna vertebral.
Camila Valdés con Maximiliano.
Un murmullo generalizado recorrió el aula. Las chicas me miraron con los ojos abiertos como platos, horrorizadas ante la idea de que la reina del Saint Mary’s tuviera que compartir mesa de trabajo con el becado de los zapatos gastados. Mateo, sentado dos filas más atrás, frunció el ceño con una mezcla de celos mal disimulados y desprecio absoluto, apretando el bolígrafo entre sus dedos hasta poner los nudillos blancos.
—Profesor, debe haber un error —protesté de inmediato, poniéndome de pie con una elegancia fingida, intentando salvar la dignidad—. Mis temas de investigación siempre requieren un nivel de recursos y enfoques que... bueno, creo que no es compatible con las dinámicas de todos los compañeros.
—No hay ningún error, señorita Valdés —respondió el profesor con voz cansada, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—. Los equipos son aleatorios y estrictos. Tienen hasta el próximo martes para entregar el ensayo conjunto. Sepárense y comiencen a trabajar.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo el peso de treinta pares de ojos clavados en mi espalda. Caminé con pasos rígidos, controlando cada centímetro de mi postura para no parecer derrotada, hasta llegar al fondo del salón. Maximiliano ya estaba sentado en su pupitre de la esquina, con el libro abierto y la libreta dispuesta. Ni siquiera levantó la vista cuando me detuve junto a su mesa.
—Parece que la suerte nos acompaña, reina de la colina —murmuró él con voz baja, áspera, sin apartar los ojos de las páginas impresas. No había burla abierta en su tono, sino un cansancio denso, una especie de hastío que me hirió más que si me hubiera insultado a gritos.
—No te hagas ilusiones, becado —le espeté con veneno en la voz, sentándome con brusquedad en la silla de madera, cruzando los brazos sobre el pecho—. Esto es un castigo para los dos. Así que te sugiero que te calles, hagas tu parte del trabajo y me la entregues el lunes sin errores. No pienso arruinar mi promedio por culpa de tus limitaciones.
Maximiliano finalmente levantó la vista. En ese segundo, al tener sus ojos azul verdoso tan cerca de los míos, experimenté una sacudida extraña en el pecho, un vuelco involuntario que me dejó sin aire por una fracción de segundo. Sus ojos brillaban con una intensidad fría, pero había algo más en el fondo, una chispa de inteligencia afilada y dolorida que no encajaba con la imagen del chico pobre y sumiso que intentábamos proyectar sobre él.
—No te preocupes, Camila —respondió despacio, marcando cada sílaba de mi nombre como si fuera un veneno sabroso—. Yo tampoco pienso arruinar mi futuro académico teniendo que corregir tus berrinches de niña rica. Haz tu parte y déjame en paz.
Se giró de inmediato, ignorándome por completo, sacando un bolígrafo negro y comenzando a escribir notas en su cuaderno con una caligrafía firme y ordenada. Me dejó allí, con la palabra en la boca, con el orgullo pisoteado y con una rabia tan inmensa burbujeándome en el estómago que estuve a punto de volcarle el tintero encima.
Durante los siguientes cuarenta minutos de clase, intenté concentrarme en el libro, pero mis manos temblaban de impotencia. Cada vez que intentaba formular un argumento para el ensayo, una parte de mi mente se distraía observando la línea de su mandíbula, la forma en que su cabello rubio se movía ligeramente cuando respiraba, la concentración absoluta con la que ignoraba mi existencia. Era exasperante. Nadie me ignoraba así. Nadie me trataba como a un mueble viejo.
Cuando sonó el timbre que anunciaba el final de la clase, Max guardó sus cosas con parsimonia, se colgó la mochila al hombro y se levantó sin dirigirme una sola mirada de despedida.
—Nos vemos el lunes en la biblioteca municipal, Camila —dijo por encima del hombro, con un tono neutro, antes de perderse entre el gentío del pasillo—. Trata de llegar a tiempo. Los demás no esperamos a la realeza.
Me quedé petrificada junto al pupitre, sintiendo cómo el calor de la ira me subía por el cuello hasta las mejillas. Aquel encuentro no había sido una victoria para mí; había sido un recordatorio brutal de que, por primera vez en mi vida, las reglas del juego ya no dependían de mis caprichos.
Máximiliano había abierto una brecha en mi armadura, y aunque yo juraba que lo odiaba con toda el alma, en lo más profundo de mi conciencia, una vocecita silenciosa y aterrorizada empezó a susurrarme que aquel chico rubio de mirada inquebrantable iba a convertirse en la ruina de todo lo que creía controlar.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto