Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 15. LA MALDICION DEL APELLIDO Y UN PACTO EN LA SOMBRA
POV MARIO
La carta de Elena seguía sobre la mesa de cristal, pero ahora quemaba como si estuviera hecha de lava. Me levanté del sofá de un salto, sintiendo que las paredes del salón se me echaban encima. La respiración me faltaba. Pasé las manos por mi cabello, destrozado por una culpa que no me correspondía, pero que se me había pegado a la piel como una maldición.
—Mi padre... —murmure con la voz rota, mirando a Rocío—. El mismo hombre que me trató como a un perro por ser el hijo de la criada, el que me hizo crecer con complejos y desprecio... es el responsable de que tú te quedaras huérfana a los cinco años. El responsable de que tu familia se arruinara.
Rocío se puso de pie, asustada por mi reacción. Intentó acercarse, pero di un paso atrás, levantando las manos.
—No, Rocío, aléjate de mí —le pedí, con los ojos llenos de lágrimas—. Llevas seis años separada de tu hermana por culpa de los secretos, y ahora resulta que mi sangre es la que destruyó tu vida. Cada vez que me mires, vas a ver al hijo del hombre que mató a tus padres. No puedo hacerte esto. No puedo quedarme en esta casa sabiendo que mi apellido es una condena para ti. Es mejor que me vaya. Hablaré con el abogado, te cederé la custodia total y buscaré la forma de que el juez lo apruebe sin quitarte a los niños.
—¡Mario, detente! —el grito de Rocío resonó en el salón, firme y cargado de una autoridad que me obligó a congelarme en el sitio.
Caminó hacia mí sin dudarlo, rompiendo la distancia, y me tomó del rostro con ambas manos, obligándome a mirarla directamente a los ojos. Su tacto estaba cálido, tembloroso pero lleno de una determinación feroz.
—Escúchame bien, Mario Alva —dijo, clavando sus ojos en los míos—. Tú no eres tu padre. Tu padre te marginó, te dejó de lado y te hizo sufrir tanto como a nosotros. Tú eres el hombre que pasó la noche en vela en un hospital abrazando a mi sobrina de tres años para que no muriera de fiebre. Eres el hombre que defendió mi pasado el sábado y el que me ha devuelto las ganas de vivir. No te voy a dejar ir. No voy a permitir que los pecados de un muerto destruyan lo que estamos construyendo. Te necesito aquí. Conmigo. Con los niños.
Las palabras de Rocío me cayeron como un bálsamo sobre una herida abierta. Dejé caer mi frente contra su hombro, soltando un suspiro tembloroso, permitiendo que su abrazo me sostuviera. Tenía razón. No podíamos dejar que el pasado ganara la batalla.
POV ROCÍO
Lograr que Mario se calmara me costó un esfuerzo enorme, pero ver su vulnerabilidad me hizo amarlo todavía más. Guardamos la carta azul de Elena en una caja de seguridad con llave en el despacho del piso inferior, bajo el juramento absoluto de no tocar el tema delante de los niños.
A las ocho de la mañana, la realidad doméstica reclamó nuestra atención. El llanto bajito de Mía, de apenas tres años, nos avisó de que ya estaba despierta. Subí a buscarla y la bajé en brazos; la pequeña todavía estaba un poco débil por la otitis de la noche anterior, pero ya no tenía fiebre. Lucas, con sus cinco añitos recién cumplidos y sus ojos enormes calcados a los de mi hermano, bajó las escaleras arrastrando su manta favorita, con cara de sueño.
Preparar el desayuno para niños tan pequeños requería una logística totalmente diferente a la que habíamos planeado al principio. Mario se encargó de triturar la fruta para Mía y de prepararle el biberón de leche con el antibiótico que el pediatra nos había recetado, mientras yo le ponía los dibujos animados a Lucas en la tablet para mantenerlo entretenido mientras desayunaba sus galletas.
—Tía Rocío... ¿Mía ya no está malita? —preguntó Lucas con su vocecita inocente, mirándome mientras masticaba.
—No, mi amor. El médico de anoche le dio una medicina mágica y ya está mucho mejor —le respondí, sentándome a su lado y limpiándole una mancha de leche de la mejilla con una servilleta. El niño me sonrió, y sentí que esos seis años de distancia se borraban un poco con cada pequeña interacción.
Mario y yo intercambiamos una mirada cómplice por encima de la mesa. La trabajadora social había emitido el informe favorable, pero la advertencia de la carta de Elena seguía grabada a fuego en nuestras mentes: "El pasado tiene garras largas y temo que las viejas deudas de la naviera vuelvan a cobrarse facturas".
—Tengo que ir a la oficina central de la naviera esta tarde —me susurró Mario, aprovechando que los niños estaban concentrados en la televisión—. Mi padre dejó un archivo privado en la caja fuerte de la presidencia al que solo los directores ejecutivos tenemos acceso. Si Víctor descubrió algo antes de morir, tiene que haber un registro, un contrato o una auditoría de hace veinte años que explique qué relación tenía mi padre con los negocios de importación de tu familia.
—Ten cuidado, Mario —le pedí, tomándolo de la mano por debajo de la mesa, apretando sus dedos con fuerza—. Si alguien más en la empresa sabe de esa deuda, tu investigación podría levantar sospechas.
—No te preocupes. Seré un fantasma —prometió él, depositando un beso rápido en mi frente antes de levantarse para recoger el biberón de Mía.
El pacto estaba sellado. Mientras reconstruíamos nuestro hogar y nos adaptábamos a las exigencias de criar a dos niños tan pequeños, Mario comenzaría una investigación en secreto en las entrañas de su propio imperio comercial. El misterio familiar había comenzado, y estábamos listos para desenterrar la verdad, sin saber que la naviera escondía secretos mucho más peligrosos de lo que el testamento nos había advertido.