Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 9
En medio de la niebla cada vez más espesa, Álvar detuvo sus pasos. Aguzó el oído; el corazón le latía con fuerza.
—¿Clara? —llamó de nuevo, esta vez en voz más baja.
El llanto se oyó otra vez, más nítido, proveniente de la orilla del río.
Álvar echó a correr sin importarle el lodo que casi lo hacía resbalar. Hasta que por fin vio la silueta de Clara, acurrucada al pie de un árbol, el cuerpo empapado, el rostro pálido, la rodilla sangrando.
Sin pensarlo dos veces, Álvar la abrazó. Como si quisiera expulsar de golpe todo el miedo que le había oprimido el pecho desde hacía rato.
Clara se sobresaltó un instante y luego, sin darse cuenta, le devolvió el abrazo. Sus dedos se aferraron a la espalda de Álvar como si, al soltarlo, el mundo fuera a derrumbarse.
—Estoy aquí… —susurró Álvar con la voz ronca—. Ya pasó, ya estás bien.
El llanto de Clara estalló con más fuerza. Al poco rato llegaron Doña Susana y varios vecinos. En cuanto vio a Clara, Susana se llevó las manos a la boca, con los ojos arrasados en lágrimas.
—Gracias a Dios… —murmuró una y otra vez.
El reloj de pulsera de uno de los vecinos marcaba la una y media de la tarde, pero la niebla aún no se disipaba. Don Rubén dio un paso al frente y habló con firmeza:
—Tenemos que bajar ya. Aquí es peligroso; la lluvia puede volver en cualquier momento.
Todos asintieron y se apresuraron a regresar. Álvar ayudó a Clara a ponerse de pie, pero la muchacha soltó un quejido de inmediato y casi se desplomó.
—¿Qué te pasa en el pie? —preguntó Álvar.
—Me duele… —respondió Clara en un hilo de voz.
Sin hacer más preguntas, Álvar la levantó en brazos. Clara se sorprendió; el rostro se le encendió a pesar de que el cuerpo le temblaba de frío.
—Álvar…
—Cállate y agárrate fuerte.
Sin otra opción, Clara le rodeó el cuello con los brazos, aferrándose con fuerza. Vergüenza y alivio se mezclaban en su pecho.
Detrás de ellos, Doña Susana sonrió con suavidad, contemplando la escena con los ojos húmedos, esperanzada en que su hijo y su nuera pudieran vivir en armonía después de aquello.
La noche cayó junto con el frío de la montaña.
Clara yacía débil en la cama, temblando a pesar de estar bien arropada. Tenía la frente ardiendo y la respiración entrecortada. Álvar se sentó al borde del colchón con un pequeño recipiente de agua tibia y un paño limpio.
—No te muevas —dijo, escueto, cuando Clara hizo amago de incorporarse—. Quédate quieta.
Álvar le aplicó compresas tibias en la frente con movimientos pausados. Luego retiró el vendaje improvisado de la rodilla de Clara. La herida se veía enrojecida. Sus manos se movían con una destreza impropia de un simple hombre de campo. Pero, al fin y al cabo, era médico y sabía de primeros auxilios.
Con cuidado limpió la herida, le aplicó pomada y volvió a vendarla. Después le masajeó el tobillo torcido con aceite caliente; la presión era justa, sin causar dolor.
Clara soltó un pequeño quejido.
—Despacio…
—Ya voy despacio —respondió Álvar, aunque su tono no era tan cortante como de costumbre—. Eres muy quejumbrosa —soltó Álvar. Clara lo miró molesta, pero no se atrevió a negarlo.
Ya le he causado demasiadas molestias…, pensó Clara. Tragó saliva. En su cabeza resonó la voz de Delia, la noticia de que Yago y Laura se casarían. La herida seguía ahí, pero ahora se sentía diferente: más silenciosa que dolorosa.
Quizá no puedo seguir rechazando todo lo que tengo enfrente, reflexionó.
Quizá… tengo que aprender a aceptar a Álvar también.
Álvar se puso de pie tras terminar de acomodar el vendaje.
—Descansa —le dijo—. Voy a ayudar a mamá en la cocina.
Clara solo asintió despacio. Sus ojos siguieron los pasos de Álvar mientras salía de la habitación.
La puerta se cerró con suavidad.
Fuera del cuarto, Álvar caminó despacio con el recipiente en las manos; el agua aún estaba tibia. Lo dejó en un rincón de la cocina y se detuvo cuando Doña Susana se volvió hacia él, llena de preocupación.
—¿Cómo está Clara? —preguntó la madre en voz baja.
—Ya está mejor, mamá. La fiebre empezó a bajar —respondió Álvar, lacónico.
Susana exhaló aliviada.
En el otro extremo, Don Higinio estaba sentado en una silla de madera, el bastón recargado en la mesa, el semblante serio.
—Álvar —lo llamó—. Hoy escuché los chismes del pueblo.
Álvar se volvió.
—La gente ya empezó a comparar a Clara con la doctora Ester. Eso no está bien. Debes mantener la distancia. Clara es diferente y Ester también. No hay por qué compararlas.
Álvar asintió apenas.
—Tienes que concentrarte en la que está en esta casa —continuó Don Higinio—. En tu esposa.
—Así es —añadió Doña Susana con suavidad—. Hazle caso a tu padre. No vaya a ser que después te arrepientas.
Álvar no replicó. Se limitó a ayudar a su madre a recoger la cocina: limpió la mesa, apiló los platos. Su silencio no era señal de indiferencia, sino de que estaba sopesando muchas cosas.
Don Higinio volvió a hablar, esta vez con un tono más suave.
—Si tú quieres, papá puede ayudarte a conseguir trabajo en la ciudad. El padre de Clara también lo dijo: puedes trabajar en un hospital privado. Te mudarías allá con Clara. A papá le da lástima verla aquí… tal vez no se acostumbre.
Álvar dejó de limpiar la mesa.
—Papá —dijo con calma pero con firmeza—, deja que Clara se quede aquí por ahora.
Don Higinio y Doña Susana lo miraron.
—Todavía no sé si se siente a gusto o si sigue enojada por el matrimonio arreglado. Si la relación marcha bien, consideraré la propuesta del padre de Clara de mudarnos a la ciudad. Pero este es mi matrimonio —dijo, pausado—. Déjenme decidir cuando llegue el momento.
Miró a su padre con determinación.
—Ella es mi esposa. Prometo que voy a cuidarla bien. Pero… déjennos quedarnos en la aldea por ahora. Que Clara aprenda muchas cosas aquí.
Doña Susana sonrió levemente, aunque no del todo convencida.
—A partir de mañana —continuó Álvar—, si Clara ya se siente mejor, enséñale a cocinar, mamá. Estoy seguro de que nunca ha tocado un utensilio de cocina.
Susana soltó una risita. —¿Seguro que no le molestará?
Álvar suspiró.
—No pasa nada… si de verdad quiere ser una esposa, mamá. Y si no —dijo en voz baja—, déjalo así. Quizá simplemente no estamos destinados el uno para el otro.
Esa última frase hizo que la cocina quedara en un silencio repentino. Hasta el viento nocturno que soplaba afuera se escuchó con claridad.
Álvar tomó el recipiente con agua limpia y volvió a la habitación sin decir una palabra más.