Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9 El Video Que Lo Cambia Todo
Elena cerró la puerta de la oficina con llave y se sentó frente al ordenador. Tenía los nervios de punta después del encuentro con Camila, pero no podía perder tiempo. Abrió la carpeta encriptada donde guardaba las grabaciones de la cámara oculta y reprodujo el último archivo.
Lo que vio le revolvió el estómago.
Rodrigo y Camila estaban en la cama matrimonial, desnudos y sudorosos. Ella encima de él, moviéndose lentamente mientras hablaban entre jadeos.
—…ya tengo los documentos falsos listos —decía Camila entre respiraciones entrecortadas—. Cuando llegue el divorcio, vamos a hacer que parezca que Elena desvió dinero durante años. Los números cuadran. Nadie va a creerle.
Rodrigo soltó una risa ronca y le agarró las caderas con fuerza.
—Eres brillante, carajo. Llevamos años preparando esto. Mientras ella se mataba trabajando, nosotros construíamos la trampa al revés. Va a quedar como la villana. Malversación, evasión… todo.
Camila se inclinó y lo besó con saña.
—Pobre idiota. Va a perder la empresa, la casa y hasta la reputación. Y mientras tanto, Kevin va a recibir lo que le corresponde. Tú y yo por fin vamos a estar tranquilos.
Rodrigo giró con ella y quedó arriba, embistiéndola con más fuerza.
—Te amo, mierda. Cuando todo esto termine, nos vamos del país una temporada. Tú, yo y Kevin. Elena que se joda con las migajas.
Elena pausó el video. Tenía la mandíbula tan apretada que le dolía. Sintió náuseas. No solo se acostaban en su cama. No solo la robaban. Llevaban años planeando destruirla por completo, fabricando pruebas para dejarla como la culpable.
Respiró hondo varias veces, se levantó y caminó por la oficina. Tenía ganas de tirar todo. En cambio, copió los archivos, los encriptó y se los envió a Samuel por un canal seguro.
Diez minutos después, el abogado la llamó.
—Elena, acabo de verlos —dijo Samuel con voz grave—. Esto es oro. Pruebas claras de adulterio, fraude y conspiración. Pero necesitamos tiempo para blindar todo. Una semana. Máximo.
Ella se pasó la mano por la cara.
—Tengo seis días, Samuel. No más. Rodrigo no es idiota. Si se entera de que estoy moviendo cosas, va a reaccionar.
—Seis días entonces —aceptó el abogado—. Voy a preparar todo: denuncia penal, medida cautelar ampliada y separación de bienes agresiva. Pero tienes que mantener la fachada. Que no sospeche nada.
—Entendido.
Colgó y se quedó mirando la pantalla negra del ordenador. Tenía el pecho apretado y las manos frías. Seis días. En seis días podía empezar a desarmar todo el castillo de mierda que habían construido.
El resto del día pasó entre reuniones y números. Fingió normalidad cuando Rodrigo la llamó para preguntarle qué quería de cena. Contestó con voz dulce y colgó rápido. Cada mentira le costaba más.
Llegó a la mansión pasadas las siete. Rodrigo no estaba. Mejor. Se duchó, se puso ropa cómoda y se encerró en la habitación de huéspedes. Cerró con llave, como ya era costumbre.
A las nueve y media de la noche, su teléfono sonó. Número desconocido. Contestó con cautela.
—¿Sí?
—Elena —dijo la voz grave de Luciano al otro lado—. ¿Cómo estás?
Ella se quedó callada un segundo. No esperaba esa llamada. No a esta hora. No sin pretexto profesional.
—…Bien —respondió finalmente.
Luciano soltó una risa baja.
—Suenas cansada. ¿Mal día?
—Podría haber sido peor.
Silencio. Elena se recostó contra el respaldo de la cama y miró el techo. La habitación de huéspedes era fría, impersonal. Exactamente como se sentía ella.
—Mejor de lo que esperaba —añadió después de un momento.
Otra pausa. Luciano parecía estar midiendo sus palabras.
—¿Mientes bien o es verdad?
Elena cerró los ojos. Sintió un nudo en la garganta que no quería sentir. Este hombre no era parte del plan original. No tenía por qué llamarla a esta hora. Y aun así…
—Las dos cosas —contestó con honestidad.
Luciano se quedó callado. Ella casi podía imaginarlo sentado en algún lugar elegante, con esa mirada intensa que tenía.
—No tienes que cargar todo sola —dijo él por fin—. Sé que no confías en mí todavía. Pero estoy aquí. Para lo que sea.
Elena apretó el teléfono con más fuerza. Parte de ella quería colgar. Otra parte, una más peligrosa, quería seguir escuchando esa voz.
—Gracias —murmuró—. Pero por ahora puedo sola.
—Está bien. —Luciano no insistió—. Solo quería saber cómo estabas. Descansa, Elena. Mañana seguimos.
—Buenas noches.
Colgó antes de que la conversación se volviera algo más. Se quedó mirando el teléfono un buen rato, con el corazón latiéndole más rápido de lo que le gustaba admitir.
Seis días.
Tenía seis días para mover las piezas sin que Rodrigo ni Camila se dieran cuenta. Seis días para que Samuel blindara todo. Seis días antes de que empezara la verdadera guerra.
Y ahora, además, tenía a Luciano metiéndose en su cabeza en el peor momento posible.
Apagó la luz y se quedó mirando la oscuridad del techo. La casa estaba en silencio. Demasiado silencio.
De pronto, escuchó pasos en el pasillo. Alguien se detuvo frente a su puerta.
Elena contuvo la respiración.
La manija de la puerta se movió suavemente. Alguien intentaba abrir.
Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.
Me imagino que Luciano tiene amigos mafiosos y no quiere deberles nada así que los utilizará por el amor que siente por Elena.
Luciano está babeando por Elena y ella ya le está gustando Luciano que hasta lo besó.