“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 9
CONTENIDO EXCLUSIVO PARA MAYORES DE 18 AÑOS
— Isabella
Mis padres, Matías y Adriella se habían marchado fuera de la ciudad por unos días.
La casa, que siempre estaba llena de voces y risas, de repente se sintió inmensa, fría y sumida en un silencio pesado y aterrador.
Solo nos quedamos él y yo.
Al llegar la noche, sentía una inquietud que no me dejaba estar tranquila, así que me metí al baño y me metí bajo la ducha, esperando que el agua me calmara.
No tenía ni la menor idea de lo que estaba a punto de ocurrir, de que la pesadilla que siempre temí estaba a punto de cruzar la puerta.
-Adrián
Esa noche el alcohol y las drogas me recorrían todo el cuerpo, cegándome por completo, apagando cualquier rastro de razón, de humanidad o de piedad.
Ya no era yo:
era una bestia salvaje, desatada, movida únicamente por años de odio, de rabia contenida y de dolor que no había podido sacar.
Caminé guiado solo por el ruido del agua, empujé la puerta del baño de golpe y entré dentro, parándome frente a ella bajo la ducha.
Me miró con los ojos desorbitados por el miedo, temblando de pies a cabeza, y gritó con voz rota y desesperada:
—¡Esto está mal!
¡¿Qué estás haciendo?!
¡Tú eres un hombre y yo una mujer!
¡Y ni siquiera somos nada entre nosotros!
—¡CÁLLATE! —le rugí con una voz que no parecía mía, llena de furia y oscuridad.
La agarré con una fuerza bruta que no pude controlar, la saqué del agua sin que pudiera oponerse ni defenderse, y la arrojé contra la cama con violencia.
Me subí encima de ella de un solo movimiento, y entré de golpe, sin prepararla, sin cuidado, con toda la crueldad que llevaba acumulada dentro.
Le puse la mano con fuerza sobre la boca para intentar ahogar sus gritos, pero aun así ella seguía gritando y gritando, empapada en lágrimas, retorciéndose bajo mi peso intentando escapar.
Me suplicaba una y otra vez, entre sollozos que le cortaban la respiración, que parara, que por favor ya no más, que le dolía demasiado.
Pero yo no escuchaba nada.
Yo no veía nada más que la cara de mi hermana, sus ruegos, su dolor.
La mordí por todo el cuerpo, dejé marcas profundas con mis dedos y mis dientes, la tomé una y otra vez, sin descanso, sin piedad, pasando las horas con esa misma furia ciega, hasta que mi propio cuerpo se rindió y el agotamiento me ganó.
Solo entonces me aparté un poco, me acosté a su lado, la atraje con fuerza contra mi pecho y la abracé atrapándola entre mis brazos para que no pudiera moverse ni un centímetro.
Y le susurré con una voz helada y definitiva:
—Quédate quieta y duerme.
No te muevas ni intentes nada.
Ahora eres mía.
Y si te atreves a decir una sola palabra, si le cuentas a alguien, te juro que Adriella pasará por lo mismo o peor.
Nadie te va a creer.
Nadie te va a salvar.
— Isabella
Me quedé allí, inmóvil, destrozada por dentro y por fuera, llena de moretones y marcas por todo el cuerpo, con el dolor atravesándome cada rincón.
Había llorado hasta que no me quedaron más lágrimas, hasta que mi garganta estaba ronca y seca.
Ahora estaba atrapada entre sus brazos, escuchando el latido de su corazón, sabiendo que no había nadie en kilómetros a la redonda que pudiera oírme.
Esa noche entendí que la persona que creí estar conociendo no existía:
lo que tenía al lado era una bestia, y yo acababa de convertirme en su prisionera, en su venganza.
— Adrián
La sentí temblar sin parar contra mi pecho, pequeña y vencida.
El efecto del alcohol y las drogas empezaba a irse poco a poco, pero mi odio y mi propósito seguían más firmes que nunca, intactos e inquebrantables.
A partir de esta noche no hay vuelta atrás.
Eres mía, Isabella Ferrer Valmont.
Y te haré pagar cada segundo de dolor que le hicieron vivir a mi hermana, día tras día, sin descanso.