Mientras el Imperio celebra el fin de la tiranía, los gemelos Ethan y Caleb enfrentan los hilos del destino de la Diosa Luna. Ethan, el estratega frío y calculador de la estirpe real, ve su mundo caer cuando el lazo de pareja destinada estalla ante una hermosa loba que huye sin dejar rastro. Al investigarla, descubre que es la rebelde e indómita hija del Beta de otra manada. Ella rechaza el lazo de sangre, obligando al príncipe a cazar a su propia hembra en un salvaje choque de voluntades.Por otro lado, Caleb, el Beta definitivo entregado a la disciplina militar, encuentra a su mate: una guerrera implacable y Beta de otra manada. El lazo abrasador los arrastra a un dilema desgarrador. ¿En qué territorio vivirán? Deberán elegir entre la lealtad a sus manadas de origen o sacrificar sus deberes por amor.Entre huidas, pasiones calientes y dilemas que queman las venas, los gemelos lucharán por sellar sus relaciones. El destino final se debate entre el deber y la sangre.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 18. LA DECISION DE VANYA
NARRADO POR VANYA
La mañana avanzaba con un frío gris y plomizo sobre la manada Wild Crest, pero en el interior de mi habitación la decisión ya estaba tomada de forma irreversible. Me encontraba de pie frente a mi armario, vistiendo unos vaqueros y una camiseta informal, arrojando mis prendas dentro de una bolsa de viaje con movimientos rápidos que delataban la agitación de mi loba, Freya. Había pasado las últimas semanas atrapada en una farsa agobiante, fingiendo una aceptación vacía ante las constantes atenciones de Ethan, pero mi paciencia se había agotado por completo. Había alcanzado mi límite absoluto y no estaba dispuesta a regalarle ni un solo día más a esa mentira.
«Es lo mejor que podemos hacer, Vanya», intervino Freya en mis canales energéticos, y su voz profunda reflejó la misma determinación que me endurecía el semblante. «No podemos seguir alimentando la ilusión de ese Alfa. Su constancia y los detalles botánicos que nos trae solo aumentan este muro de desespero. Es hora de acabar con el engaño».
—No voy a dar marcha atrás, Freya —le respondí en un susurro ronco directo a mi cabeza, cerrando la cremallera de la mochila con un golpe seco.
En lo más profundo de mi ser, una corriente de alivio empezó a desplazar la pesadez que me había oprimido el pecho durante meses. Estaba totalmente convencida de que la libertad era mi único norte legítimo, el único estado en el que mi espíritu indómito podría respirar sin cadenas. No me importaban las advertencias de mi padre sobre el peligro de la locura o el vacío de acabar en el exilio de una vida solitaria. Aquellas palabras me parecían simples cuentos antiguos diseñados para asustar a los clanes y obligarlos a acatar un orden que yo aborrecía. Deseaba con cada fibra de mi ser pasar el resto de mis días sin un compañero antes que sacrificar mi independencia en las comodidades de su palacio central. Prefería no tener nunca un lazo de sangre que adaptarme a la rigidez de sus estructuras, a sus horarios perfectos y a esa forma suya de medir el mundo a través de leyes y análisis lógicos.
Analicé mis propios sentimientos mientras observaba el cofre de madera sobre mi escritorio, el último regalo que Ethan me había llevado. Sentía una repulsión visceral hacia la idea de ser la Luna de nadie. Para mí, el lazo de pareja destinada no era una bendición de la Diosa Luna, sino una trampa que te obligaba a amar a un extraño por el simple dictado de la sangre. ¿Cómo podía la deidad obligarme a entregar mi libre albedrío a un hombre con el que no compartía nada? Ethan era atento, paciente y su trato era de una suavidad infinita, pero cada uno de sus gestos perfectos me hacía sentir más acorralada, como un animal salvaje al que intentan domesticar con caricias tiernas. No nacían en mí los sentimientos que tendrían que nacer, y forzar mi corazón a sentir una devoción que no existía me estaba volviendo loca.
Cargué la bolsa en mi hombro y bajé las escaleras a paso rápido, cruzando el porche de madera hacia mi coche. Mi padre, me observó desde los establos con una fijeza severa, intuyendo la gravedad del viaje que estaba a punto de emprender hacia el sur, pero no hizo ningún ademán para detenerme. Sabía que mi carácter rebelde no aceptaría más discursos sobre el castigo eterno y que mi determinación era un muro infranqueable.
Encendí el motor y abandoné las empalizadas de Wild Crest a máxima velocidad, incorporándome a la carretera de la frontera secundaria. El trayecto de varias horas hacia los dominios de Blood Moon sirvió para blindar mi resolución con cada kilómetro recorrido. Mientras avanzaba entre los desfiladeros nevados, contemplando cómo las nubes invernales cubrían el horizonte, experimenté una extraña sensación de ligereza. Me imaginaba el momento exacto en que pronunciaría las palabras de rechazo y, lejos de sentir miedo por las consecuencias místicas, mi mente se llenaba de imágenes de un futuro completamente mío.
Nunca volvería a tener un mate, y esa idea, que para cualquier otro lobo sería una tragedia agónica, para mí era la promesa de una emancipación definitiva. Nadie volvería a rastrear mis fronteras, nadie volvería a mirarme esperando una sumisión que no poseo. Sería la dueña absoluta de mis pasos, libre de las expectativas de un imperio y del peso de una corona que jamás pedí. Estaba dispuesta a encarar a Ethan en su propio terreno, decidida a romper el vínculo de forma definitiva, abriendo las compuertas hacia un mañana donde la mentira de nuestro lazo se disolvería para siempre en la penumbra del olvido, permitiéndome ser, por fin, la única dueña de mi propia vida.