En desarrollo
Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
NovelToon tiene autorización de Luna Azul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 17
El claro del bosque quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de la nieve bajo el peso colosal del lobo rojo gigante y los jadeos aterrorizados del único cazador que aún permanecía con vida. El hombre, con el rostro pálido y cubierto de sudor frío, se arrastraba hacia atrás de espaldas, intentando alejarse de las fauces de Caleb, pero sus piernas golpeaban inútilmente contra las raíces congeladas. Frente a él, el Alfa se erigía como una montaña de pelaje oscuro y ojos de fuego líquido, emitiendo un gruñido ultrasónico tan bajo y potente que hacía vibrar el suelo y congelaba la sangre de cualquiera que lo escuchara.
Caleb no apartaba la vista del invasor, pero su cuerpo masivo se acomodó con una delicadeza extrema para rodear la figura de Alondra, que aún permanecía en el suelo. Con un movimiento felino de su enorme cabeza, el Alfa empujó suavemente el hombro de la joven con su hocico, respirando su aroma a pino y miel con una necesidad desesperada, asegurándose a través del vínculo de que ella seguía respirando, de que el enemigo no había logrado arrebatarle a su compañera.
Alondra, con las manos apoyadas en la nieve y el vestido de terciopelo manchado de escarcha, alzó los ojos azules hacia el coloso. El terror que había sentido ante los mercenarios se disipó por completo, reemplazado por una oleada de calor febril que inundó su pecho desde la marca de su cuello.
—Estoy bien, Caleb... estoy a salvo gracias a ti —susurró ella, extendiendo una mano temblorosa para enterrar sus dedos en el espeso y denso pelaje del lobo, sintiendo la vibración furiosa que recorría sus músculos.
Al escuchar su voz, las pupilas rojas del Alfa parecieron recuperar un destello de su habitual color dorado, pero la furia contenida hacia los traidores seguía intacta. Caleb se giró por completo hacia el cazador herido, enseñando unos colmillos blancos y afilados de los que goteaba saliva. El lobo gigante dio un paso al frente, levantando una de sus garras colosales para aplastar el pecho del hombre, listo para terminar con su miserable existencia.
—¡Espera, Caleb! ¡No lo mates todavía! —gritó Alondra, poniéndose de pie de un salto, deteniendo la acción del Alfa en el último segundo. El inmenso lobo se detuvo en el aire, girando sus ojos encendidos hacia ella con un gruñido confuso—. Necesitamos que hable. Necesitamos saber qué planea el alcalde en el valle. Este ataque fue una distracción, y si ejecutamos a todos, no sabremos cuántos cazadores más están ocultos en los senderos inferiores.
Caleb resopló, expulsando una nube de vapor caliente por sus fosas nasales que barrió la escarcha de la nieve. El lobo interno rugía exigiendo la muerte del transgresor, pero la palabra de su Luna era ley. Con un movimiento brusco, el Alfa golpeó al cazador con el costado de su pata, no para matarlo, sino para dejarlo inconsciente contra el suelo frío, asegurando que no pudiera escapar.
De inmediato, el cuerpo del lobo gigante comenzó a encogerse en un destello de luz roja y dorada, regresando a su imponente forma humana. Caleb se plantó en mitad del claro con el torso desnudo y la respiración agitada. Los intrincados tatuajes tribales de sus hombros y espalda se tensaban con fuerza debido a la adrenalina que aún corría por sus venas. Sin importarle el frío invernal que congelaba el bosque, el guerrero acortó la distancia que lo separaba de Alondra a grandes zancadas y la tomó por los hombros con una fuerza posesiva que la dejó sin aliento, apegándola firmemente contra su pecho monumental.
—¿Por qué bajaste aquí, Alondra? —su voz era un gruñido espeso, una caricia ronca rota por el pánico y la desesperación de haber estado a punto de perderla—. Te ordené que te quedaras en la fortaleza. Cuando sentí el frío de la plata en tu piel a través del lazo, sentí que mi alma se partía en dos. Si te hubiera pasado algo... si esos bastardos te hubieran tocado... juro por los dioses que habría quemado el valle entero contigo dentro.
Alondra rodeó la ancha cintura del Alfa con sus brazos, hundiendo el rostro en el calor de su piel hirviendo, maravillada por la intensidad devoradora de su amor protector.
—El alcalde envió a sus hombres a la frontera sur para distraerte, Caleb. Sabía que bajarías con todos tus guerreros y dejarías los senderos laterales desprotegidos —explicó ella, alzando la mirada para sostenerle los ojos dorados, que aún brillaban con la fijeza del depredador—. Si no hubiera bajado, habrían emboscado la fortaleza por la retaguardia. Además... tenían a uno de tus centinelas atrapado en una trampa de plata. No podía dejarlo morir.
Caleb desvió la mirada hacia el fondo del claro, donde el lobo gris continuaba gimiendo sobre la nieve ensangrentada. La mandíbula del Alfa se apretó con tanta fuerza que sus músculos se marcaron dolorosamente. Se soltó suavemente del agarre de Alondra y caminó hacia el centinela herido. Con un movimiento firme y cargado de una fuerza sobrenatural, Caleb tomó los pesados brazos de la trampa de hierro y plata, tirando de ellos hacia atrás hasta doblar el metal reforzado con sus propias manos, rompiendo el artefacto corrosivo.
El lobo gris dejó escapar un aullido de alivio y, en un destello de luz, regresó a su forma humana. Era el joven guerrero de la manada, quien miró al Alfa con los ojos empañados por la gratitud y la vergüenza.
—Lo siento, Alfa... me tomaron por sorpresa... el olor de la resina ocultó las trampas de plata —articuló el joven, intentando ponerse de pie a pesar de que su pata estaba severamente quemada por el metal.
—No hables —le ordenó Caleb con firmeza, colocándole una mano en el hombro—. Anthony y la segunda línea de guerreros ya vienen hacia acá. Te llevarán a la fortaleza para que Martha cure tus heridas con las hierbas de la montaña. Hiciste lo correcto al resistir.
Segundos después, el crujido de la nieve anunció la llegada de Anthony y una docena de guerreros de la Manada Roja, quienes emergieron de la niebla con las espadas desenvainadas. Al ver los cuerpos de los cazadores en el suelo y la presencia del Alfa custodiando a su reina, los hombres se detuvieron de inmediato, inclinando la cabeza en una profunda reverencia.
—Alfa, la frontera sur está asegurada —informó Anthony, mirando con horror la trampa de plata destrozada—. Los humanos huyeron en cuanto sintieron tu aullido. ¿Qué son estos hombres?
—Cazadores del valle, mercenarios contratados por el alcalde —sentenció Caleb, y su voz recuperó esa frialdad majestuosa que imponía respeto en toda la montaña—. Limpien este claro. Lleven al centinela herido con Martha y encadenen al cazador que queda vivo en las mazmorras de piedra negra de la fortaleza. Necesito que hable antes del anochecer. El alcalde ha declarado una guerra silenciosa, y no descansaré hasta ver su cabeza rodar por la nieve.
Anthony asintió y comenzó a coordinar a los hombres para retirar los cuerpos, mientras Caleb regresaba al lado de Alondra. El Alfa se quitó su pesada túnica oscura y la colocó sobre los hombros de la joven, envolviéndola en su calor febril y en su aroma denso a ozono y tormenta, protegiéndola del viento helado que empezaba a soplar con más fuerza entre los árboles.
Tomó su mano pequeña entre la suya, entrelazando sus dedos con una fuerza que era una promesa silenciosa de que jamás volvería a apartarse de su lado. Alondra lo miró, sintiendo cómo el lazo en su pecho se estabilizaba, llenándola de una paz profunda a pesar del peligro inminente que acechaba desde el valle. Sabía que la calma del invierno se había terminado, pero mientras el pecho monumental de Caleb fuera su escudo, no había fuerza en este mundo que pudiera hacerla temblar.
Caleb la guio con pasos lentos y firmes de regreso hacia el sendero alto, dejando atrás la sangre en la nieve, listos para enfrentar juntos la traición que amenazaba el reino de la Manada Roja.