Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 3
...Nina....
El dron aterrizó limpio en mi palma. Última toma del Cerro Sur: la neblina tragándose las antenas, las luces de la ciudad temblando abajo como velas a punto de apagarse. Revisé el monitor portátil. Cada frame, perfecto.
Guardé las baterías, enrollé los cables. El equipo de producción ya estaba bajando por el sendero de tierra con las lámparas al hombro. Me quedé sola en la explanada, con el viento metiéndose por las costuras de la chamarra.
Sola no. Julián seguía ahí.
Estaba sentado en una roca con su guitarra cruzada sobre las piernas, sin tocarla. Me observaba como si llevara toda la noche armándose de valor para algo.
—Nina.
—Dime.
Se levantó. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta una tarjeta bancaria y me la extendió.
—Tiene todo lo que junté en la última gira. Doscientos ochenta mil. Alcanza para cubrir lo que debes y te sobra para el primer mes de renta en otro lado.
Me quedé mirando la tarjeta. Azul oscuro, con su nombre completo grabado en plata. Julián Ríos Montero.
—No puedo aceptar eso.
—Claro que puedes. —Se acercó un paso—. Con esto liquidas la deuda y te vas. Mañana mismo, si quieres. Te ayudo a buscar departamento, lo que necesites.
—Julián...
—No tienes que seguir con él. —Su voz se endureció—. No tienes que seguir en esa casa, fingiendo que ese matrimonio es algo más que un contrato.
Cerré los ojos. El viento traía olor a tierra mojada, a tormenta acercándose.
—Santiago ya pagó la deuda.
Silencio.
Cuando abrí los ojos, Julián tenía la mandíbula apretada. La tarjeta todavía entre sus dedos, temblando.
—Repite eso.
—La liquidó completa. Ya no debo nada.
—Entonces qué, Nina. —Soltó una risa corta, amarga—. Te casaste con él por eso. Te compró.
—Nadie me compró.
—¿Te estás escuchando? —Dio un paso hacia mí, la guitarra resbalándose de su hombro—. Santiago Reverte. El mismo Santiago Reverte que te hizo la vida imposible en la prepa. ¿Eso ya se te olvidó?
No se me olvidó nada.
Recordaba perfectamente la primera vez que lo vi fuera del salón de clases. Yo tenía diecisiete años y dos trabajos: de día ayudaba en el archivo de una notaría, de noche era mesera en La Ribera, un restaurante de mariscos cerca del malecón.
Una noche entré a la cocina a recoger una orden y lo encontré ahí, con mandil blanco, cortando verdura con una precisión que no parecía de estudiante. Levantó la vista. Me reconoció. Yo lo reconocí. Pero ninguno dijo nada.
Santiago Reverte, el chico que caminaba por los pasillos de la escuela como si el mundo le debiera algo, estaba lavando ollas a las once de la noche en el mismo restaurante de cuarta donde yo servía mesas.
Tardé tres turnos en hablarle. Fue por accidente: nos cruzamos en el callejón de atrás, los dos sacando basura al contenedor. Él llevaba los nudillos rojos del agua caliente.
—No sabía que trabajabas aquí —le dije.
—Nadie sabe.
Y eso fue todo. Pero a partir de esa noche, cada vez que yo entraba a la cocina, él me miraba un segundo más de lo necesario. A veces me pasaba las órdenes ya montadas antes de que el chef las cantara. Un día me encontró luchando con la tapa de un frasco de aceitunas y me lo quitó de las manos sin decir palabra. Lo abrió. Me lo devolvió.
Descubrí que no era frío. Que su silencio no era desprecio sino algo más parecido a una muralla construida ladrillo por ladrillo, con mucho cuidado, para que nadie viera lo que había detrás.
Pero en la escuela seguía siendo otro. Caminaba siempre con Regina —Regina Montiel, media hermana suya, aunque eso yo no lo sabía entonces—, la chica más bonita del turno vespertino, con su pelo lacio y sus zapatos importados. Y cuando Regina estaba cerca, Santiago se convertía en piedra.
Fue un jueves. Yo llevaba la charola con las sopas del día, crucé detrás de la barra, y Regina apareció de la nada. No la vi. Mi codo golpeó su hombro y el caldo le salpicó la blusa, el cuello, el mentón.
Se quedó paralizada. Después soltó un grito como si la hubiera quemado con ácido.
Santiago estaba a tres metros. Se volteó. Y me miró.
No voy a exagerar. No me gritó. No me insultó. Solo me miró con esos ojos oscuros, como si yo fuera un insecto que se había atrevido a posarse en algo suyo.
Eso fue suficiente.
Al día siguiente mi mochila amaneció tirada junto al bote de basura del estacionamiento. La cremallera abierta, los cuadernos desparramados sobre una mancha de aceite. Dos días después, mi lonchera desapareció del casillero. Luego mi tarjeta del autobús.
No podía probarlo. No tenía pruebas de nada. Pero cada vez que algo mío desaparecía, Regina estaba cerca, sonriendo con esa boca perfecta.
Lo peor fue la bufanda.
La había tejido mi abuela. Azul cobalto, con un patrón de espiguillas que le tomó todo un invierno terminar. Me la dejó cuando se fue, junto con una carta que todavía guardo en una caja de zapatos. Esa bufanda era lo único que me quedaba de sus manos.
La encontré en el balde de desperdicios de la cocina. Empapada en grasa, en restos de comida, en agua sucia. La saqué con las dos manos y la apreté contra el pecho, temblando, sin importarme que el delantal se me manchara entero.
Fui a buscarlo. Lo encontré en el pasillo de atrás, acomodando cajas de insumos.
—Fuiste tú —le dije. Me salió la voz rota—. O fue ella. Pero tú lo permitiste.
Me miró. Esa misma mirada impenetrable de siempre.
—Yo no hice nada.
—Exacto —le contesté—. No hiciste nada.
Me di la vuelta y me fui llorando por el callejón, apretando la bufanda sucia contra la cara.
A la mañana siguiente la bufanda estaba colgada en mi casillero. Limpia. Olía a suavizante de lavanda, planchada con cuidado, cada espiguilla en su lugar. Y al lado, doblada en papel de seda, había otra bufanda: de seda francesa, bordada a mano con un patrón de camelias diminutas. Sin nota. Sin nombre.
Asumí que había sido Julián. Porque Julián siempre estaba ahí. Cuando yo lloraba en el patio, él se sentaba a mi lado con su guitarra y tocaba bajito hasta que se me pasaba. Cuando me faltaba dinero para el pasaje, él me prestaba sin que se lo pidiera.
Siempre Julián. Era lógico pensar que había sido él.
—Nina. —La voz de Julián me trajo de vuelta al Cerro Sur, al viento, a la noche—. Contéstame.
—No se me olvidó nada —dije—. Pero la gente cambia.
—La gente no cambia. Santiago menos.
Apretó la tarjeta bancaria en el puño y la guardó. Después levantó su termo de café, lo miró un segundo, y lo estrelló contra una roca. El metal rebotó, el líquido oscuro salpicó la tierra.
—Julián, por Dios...
—Me voy a quedar aquí arriba un rato. Vete tú.
Me quedé mirándolo. Tenía los hombros tensos, la respiración agitada. Quise decirle algo más, pero la primera gota me cayó en la frente.
Después la segunda. La tercera.
En menos de un minuto el cielo se abrió entero.
Llovía como si alguien hubiera volteado el mar sobre el cerro. Corrí a cubrir el equipo con la lona, pero el viento me la arrancaba de las manos. La caja del dron, los lentes, el monitor —todo expuesto—. Julián reaccionó y vino a ayudarme, los dos empapados, peleando con las correas y los cierres.
Entonces escuché el motor.
Una camioneta negra subió por el camino de tierra, los faros cortando la cortina de lluvia. Se detuvo a veinte metros. Las puertas se abrieron y bajaron tres hombres de traje con paraguas.
Detrás de ellos, con tacones que se hundían en el lodo, bajó Lorena.
La reconocí de las revistas. Lorena del Valle, heredera de los laboratorios Del Valle, ex novia de Julián durante dos años muy públicos y muy escandalosos. Alta, delgada, con el pelo oscuro pegado a la cara por la lluvia y una furia en los ojos que se veía a la distancia.
Caminó directo hacia mí. Los guardaespaldas la seguían.
—Así que tú eres —dijo.
No pregunté "ser qué." Su tono no dejaba espacio para preguntas.
Julián se puso delante de mí.
—Lorena, vete de aquí.
—Quítate, Julián. Esto no es contigo. —Lo empujó con una mano y siguió avanzando—. Esto es con ella.
Lo siguiente pasó muy rápido. Lorena me agarró del pelo con las dos manos y jaló. El dolor fue instantáneo, eléctrico. Sentí que me arrancaba el cuero cabelludo.
—Igual que tu madre —siseó contra mi oído, la lluvia cayéndonos encima—. La misma cara de mosca muerta. Roba maridos. Eso es lo que son en tu familia. ¡Roba maridos!
Le metí un codazo en las costillas. Se dobló. Me solté.
Los tres guardaespaldas se movieron a la vez. El primero me agarró del brazo. Le torcí la muñeca hacia afuera —palanca básica, primer mes de kickboxing— y lo mandé de rodillas al lodo. El segundo vino por la derecha. Le conecté una patada lateral al muslo que le cortó el paso. El tercero fue más listo: me rodeó por detrás. Le pisé el empeine con el talón, le di un cabezazo en el mentón y cuando me soltó, lo empujé de espaldas contra el cofre de la camioneta.
Lorena estaba grabando. Tenía el celular en la mano, la pantalla brillando bajo la lluvia.
—Graba, graba —le dije, jadeando, el pelo chorreándome en la cara—. Para que vean quién vino a agredirme en medio de la noche con tres gorilas.
—¡Esto lo va a ver todo el mundo! —gritó—. ¡Van a saber qué clase de...!
Una mano apareció por encima del hombro de Lorena y le quitó el teléfono.
Santiago.
No lo vi llegar. No escuché su auto, ni sus pasos, ni nada. Simplemente estaba ahí, empapado de pies a cabeza, con el pelo negro pegado a la frente y esa calma terrible que era peor que cualquier grito.
Borró el video. Revisó la galería. Borró las fotos. Le devolvió el teléfono a Lorena con dos dedos, como si le diera asco tocarlo.
—Si vuelves a acercarte a ella —dijo, sin levantar la voz—, me aseguro de que los laboratorios Del Valle pierdan la licitación del hospital central. Y la del seguro público. Y todas las que tengan en cola.
Lorena se quedó blanca.
Santiago se quitó la chamarra impermeable y me la puso sobre los hombros. Después recogió la caja del dron del suelo, apiló los lentes en su estuche, cerró el trípode. Todo metódico, sin prisa, como si no estuviera diluviando.
Lorena seguía parada en el lodo, temblando. No de frío.
—Ella es mi esposa —dijo Santiago, sin voltear a verla—. Y esta conversación ya terminó.
Julián dio un paso al frente.
—Yo puedo llevarla.
Santiago ni lo miró.
—Nina, ven.
Me tomó del codo. Caminamos hacia su camioneta, estacionada más abajo, con las luces intermitentes encendidas. La lluvia nos golpeaba de frente. Yo no sentía nada —ni el frío, ni el dolor del cuero cabelludo, ni el ardor en los nudillos por los golpes—. Solo sentía su mano en mi brazo, firme, guiándome.
Cuando llegamos a la camioneta me abrió la puerta. Subí. Él dio la vuelta, subió del otro lado. Cerró. El silencio fue brutal después del ruido de la lluvia.
Me miró.
—¿Te lastimó?
—Estoy bien.
—Tienes arena en los ojos.
Era cierto. El viento había levantado tierra del cerro y la tormenta me la estrelló en la cara. Me ardían, los sentía hinchados.
Santiago abrió la guantera. Sacó un frasquito pequeño, de vidrio ámbar, con tapa de rosca plateada.
—Levanta la cara.
—Puedo hacerlo yo...
—Levanta la cara, Nina.
Le hice caso. Me recliné contra el asiento, los ojos hacia el techo de la camioneta. Él desenroscó la tapa. Un olor subió hasta mí, dulce, delicado, inconfundible.
Camelias.
Las gotas cayeron frías en mi ojo izquierdo. Parpadeé. Después en el derecho. El alivio fue inmediato, como agua limpia sobre una quemadura.
Y entonces lo recordé.
Tenía diecisiete años. Era de noche en la escuela, después de un ensayo del festival. Me quedé limpiando el auditorio y el polvo del escenario me irritó los ojos hasta que no podía abrirlos. Me senté en el pasillo, recargada contra la pared, llorando de ardor.
Alguien saltó por la ventana del segundo piso. Lo oí caer, las suelas contra el piso de concreto. Pasos rápidos. Después unas manos que me inclinaron la cara hacia arriba, frías, cuidadosas.
Un frasco de vidrio. Gotas frías. Y ese mismo olor. Camelias.
—Abre los ojos —dijo una voz.
Solo eso. Nada más. Abrí los ojos y vi una silueta borrosa que se alejaba por el pasillo. Para cuando mi visión se aclaró, ya no había nadie.
Siempre pensé que había sido Julián.
Pero este olor. Estas gotas. Este mismo frasco de vidrio ámbar con tapa de rosca.
Miré a Santiago. Él estaba guardando el frasco, con la misma precisión con la que hacía todo. Su perfil recortado contra la ventana empañada, la lluvia golpeando el cristal detrás de él.
—Julián, tú... —empecé a decir, sin saber por qué ese nombre me salió primero, por costumbre, por años de asumir lo que nunca confirmé.
Santiago se quedó inmóvil.
Sus manos dejaron de moverse sobre la tapa del frasco. Su mandíbula se tensó. Y en el silencio de la camioneta, con la lluvia cayendo afuera como si quisiera borrar el mundo entero, algo cambió en sus ojos.
Algo que se parecía mucho a una grieta.
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