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Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Doña Carmen todavía no lograba disimular la alegría. Su rostro, surcado de arrugas más marcadas que nunca, resplandecía. Los ojos le brillaban como si por fin la esperanza que llevaba años aguardando empezara a volverse real.

—Entonces, Lorena sí es fértil, ¿verdad? —insistió doña Carmen, con la voz ligeramente trémula por el entusiasmo.

Adrián asintió de inmediato, demasiado rápido incluso.

—Fértil, mamá. Lorena... ¡es una mujer fértil! —Su tono rebosaba seguridad, como si esas palabras fueran una garantía de futuro.

—¡Muy bien! —Doña Carmen dio una palmada suave. La sonrisa se le ensanchó; después de tanto tiempo, al fin recibía una buena noticia—. ¡Por fin voy a tener un nieto!

La frase salió sin el menor asomo de culpa. Como si Valentina jamás hubiera existido en sus vidas.

—Pero, mamá... —Adrián titubeó.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó doña Carmen, comprensiva.

Adrián pareció sopesar las palabras y al fin habló:

—Los padres de Lorena piden seis mil dólares de dote. Y quieren que la boda se celebre a lo grande.

La voz le salió queda; sabía que a su madre no le gustaba tirar el dinero, salvo cuando era para ella misma.

—¿¡Qué!? —Los ojos de doña Carmen se abrieron de golpe. No esperaba que la familia de Lorena pidiera tanto—. ¡Ni se te ocurra aceptar!

—Mamá... es por usted también —la persuadió Adrián, poniendo cara de súplica—. Lorena le va a dar muchos nietos. Es joven y fértil.

Doña Carmen se quedó callada unos instantes; el silencio volvió la habitación más pesada. Luego, a regañadientes, cedió:

—Está bien... pero más les vale darme un nieto.

El tono de advertencia hizo que Adrián tragara saliva.

* * *

Al día siguiente, después de terminar las tareas del hogar, Valentina fue al banco. Iba a congelar la cuenta mancomunada que tiempo atrás había abierto junto con Adrián. Era un paso urgente para proteger su patrimonio antes de que su marido lo vaciara para complacer a la amante.

Santiago ya la esperaba en el banco. Como su abogado, haría todo lo posible por su clienta.

—Traje los documentos que me pidió ayer —dijo Valentina, dando unos golpecitos sobre su bolso.

—Perfecto —respondió Santiago con una leve sonrisa—. Primero resolvamos lo de los ahorros. Después pasamos a los siguientes pasos.

Por suerte, Santiago supo explicar la situación al personal del banco con tal claridad que el congelamiento de la cuenta se tramitó sin tropiezos y en poco tiempo.

—¡Por Dios...! Solo quedan treinta mil dólares. —Valentina sintió que la rabia y la impotencia se le enredaban por dentro al ver el último saldo.

—¿Su esposo retiró dinero sin que usted lo supiera? —preguntó Santiago, igual de indignado.

—Sí, Santiago. Y yo nunca toqué esa cuenta porque quería usarla para un tratamiento de fertilización in vitro —contestó Valentina en voz baja—. Resulta que Adrián se atrevió a sacar el dinero a escondidas.

—Esto puede convertirse en una denuncia adicional si se demuestra que el dinero sustraído fue a parar a manos de la amante —apuntó Santiago—. Al marido y a la amante podrían aplicárseles cargos acumulados.

—¿De verdad? —preguntó Valentina; en el fondo del pecho le nació una chispa de satisfacción ante la idea de que ambos pasaran más tiempo tras las rejas.

—Eso sí, necesitamos pruebas sólidas de que el dinero fue usado por la amante.

Valentina asintió. Su determinación de hacer pagar a quienes le habían hecho daño ya era inquebrantable.

—Gracias, Santiago —dijo Valentina—. Ahora me siento un poco más tranquila.

Santiago esbozó una sonrisa discreta.

—Valentina merece justicia.

Después del banco, Santiago la llevó a la oficina de su bufete. Quedaba en la ciudad, a unos veinte kilómetros del pueblo donde vivía Valentina.

Ahí discutieron los pasos que ella debía seguir para obtener justicia. Valentina era demasiado noble e ingenua, y no sabía nada de leyes.

—Valentina, ¿está segura de que quiere denunciar la infidelidad de su esposo ante la policía? —preguntó Santiago con seriedad.

—Por supuesto —respondió ella sin vacilar—. Si pudiera hacerlo ahora mismo, denunciaría lo que hicieron Adrián y Lorena. ¿Usted también podría ayudarme con eso?

—Mejor no precipitarse. Reunamos primero todas las pruebas de la infidelidad y los testimonios que ellos no puedan refutar —aconsejó Santiago en voz queda. No quería que Valentina se llevara una decepción con el resultado final.

—¡Pero si las pruebas ya están ahí! —Valentina señaló el portafolio de Santiago. Sus pertenencias y documentos se encontraban dentro.

—Necesitamos testigos que hayan presenciado los hechos —replicó Santiago.

En medio de aquella tensión, la puerta se abrió de pronto. Matías entró todavía con el uniforme escolar.

—¡Ah, Valentina está aquí! —El muchacho les dedicó una sonrisa amplia.

—¿Te escapaste de la escuela? ¿O te volaste las clases? —Santiago lo atravesó con la mirada y la voz firme.

—Nos soltaron a las diez de la mañana, hermano. La esposa del director falleció y el director está grave por un accidente —explicó Matías.

—¿Y dónde andabas antes de venir? —Santiago lo observó con desconfianza.

—Fui al centro comercial a buscar esto... —Matías dejó una caja de pizza sobre el escritorio—. Para que comamos juntos.

Valentina sonrió apenas al ver la complicidad entre los dos hermanos. Sintió un pellizco de envidia; ella nunca tuvo hermanos.

—Oye, creo que hace rato vi al esposo de Valentina en el centro comercial —soltó Matías mientras le acercaba la caja de pizza.

—¿Con una mujer? —preguntó Valentina, y tomó una rebanada—. Gracias.

Matías se sobresaltó. Miró de reojo a Santiago, que asintió.

—S-sí —admitió.

—Ay, si les hubieras tomado una foto, habría servido como prueba —dijo Valentina, y Matías se quedó boquiabierto.

—Oye, ¿no querrías ser testigo en el juicio por la infidelidad de Adrián con Lorena? —continuó ella.

—Foto no tengo, pero les grabé un video —respondió Matías, y el rostro de Valentina se iluminó.

—¡A ver, a ver...! ¡Rápido, pásaselo a tu hermano!

A toda prisa, Matías sacó el celular del bolsillo del pantalón y mostró el video que había grabado.

En la grabación, Adrián y Lorena caminaban abrazados, con aire de pareja. Los dos cargaban bolsas de compras.

—Resulta que Adrián también usa el dinero de la granja para andar de fiesta... —masculló Valentina, conteniendo la rabia.

—¡Hay que hacerlos virales, Valentina! —exclamó Matías, y ella giró la cabeza hacia él.

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