Segunda temporada de VEINTICUATRO (BL)
Han pasado Dos años.
Dylan Lara ya no es el novato impulsivo que corría en pistas ilegales. Ahora es uno de los corredores más temidos del circuito internacional. Fama, contratos millonarios y un lugar asegurado entre los mejores. A su lado sigue Nathaniel Liu, el hombre que lo secuestro, lo protege… y lo ama con una intensidad que roza lo posesivo.
Pero el éxito siempre atrae algo más que admiradores.
Un nuevo corredor irrumpe en sus vidas. Nadie sabe de dónde salió. Nadie conoce su pasado. Solo hay un detalle inquietante: parece saber demasiado.
Mientras la competencia se vuelve más violenta, los sabotajes más precisos y viejos secretos familiares comienzan a salir a la luz, Dylan descubre que el peligro no está solo en la pista. Alguien lo observa. Lo estudia. Lo desea.
Quiere poseerlo.
Cuando el amor se mezcla con obsesión, celos y poder… ¿quién cruzará primero la línea roja?
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capitulo 16: No confío en nadie
El auto negro se deslizaba por las calles de Madrid, iluminado por el resplandor intermitente de los faroles. El motor ronroneaba con un suave zumbido, el único sonido que acompañaba a los dos hombres en el interior. Nathan iba en el asiento trasero, con la mirada perdida en el paisaje nocturno, mientras Alex, en el asiento del copiloto, revisaba distraídamente su teléfono.
El silencio se alargó durante varios minutos, roto solo por el ocasional pitido de un claxon lejano. Alex conocía bien a Nathan. Sabía que cuando se quedaba callado así, era porque algo le daba vueltas en la cabeza. Y cuando algo le daba vueltas, solía ser por una de dos razones: negocios o Dylan.
—Bueno —dijo Alex, rompiendo el silencio con un tono neutro, sin apartar la vista del teléfono—. Dylan ganó. Ya veo por qué tanta urgencia por irte al departamento.
Nathan desvió la mirada del exterior hacia su amigo, una sonrisa apenas esbozada en sus labios.
—¿Y eso te sorprende?
—Para nada —respondió Alex, con un dejo de ironía seca—. Sigue siendo el mismo de hace dos años. Obsesivo, posesivo y completamente perdido por ese chico.
—No es un chico, Alex. Tiene veinticuatro años.
—Sí, claro. —Alex levantó brevemente la vista de su teléfono, con una expresión que no delataba emoción alguna—. Pero para mí sigue siendo el mismo que te tenía loco desde el primer día que lo viste en esa pista. A veces pienso que no has cambiado nada. Quizás te has vuelto peor.
Nathan soltó una risa baja, la primera de la noche. —¿Eso es un cumplido?
—Es una observación —respondió Alex, volviendo a su teléfono—. Y una que no necesitas confirmar.
—Siempre tan directo.
—Es la única forma de hacerte entrar en razón. —Alex hizo una pausa, y luego añadió con la misma seriedad—. Pero bueno, mientras sigas pagándome bien, puedo soportar tus locuras.
Nathan negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír. La dinámica entre ellos no había cambiado en todos los años que llevaban trabajando juntos. Alex seguía siendo el mismo amigo racional y leal, la voz de la razón que Nathan a veces necesitaba, aunque rara vez escuchara.
El silencio volvió a instalarse por un momento, pero esta vez era más ligero, más cómodo. Fue entonces cuando Nathan habló de nuevo, su tono más serio.
—Necesito que me hagas un favor.
Alex levantó la vista del teléfono, su expresión impasible. —¿Qué clase de favor?
—Quiero que investigues a un corredor. Un italiano. Alessandro Rossi.
Alex frunció el ceño, sin entender. No había estado en la carrera, no había visto la presentación, no sabía quién era ese nombre. Su expresión era de pura confusión, pero sin dramatismo.
—¿Un corredor? —repitió, con un tono que mezclaba curiosidad y escepticismo—. ¿Y por qué quieres que investigue a un corredor?
Nathan lo miró, y por un instante, su mirada se volvió más intensa.
—Porque hay algo en él que no me gusta —respondió Nathan, con calma—. Me parece muy curioso.
Alex no respondió de inmediato. Procesó la información, evaluando las palabras de Nathan con su habitual racionalidad.
—¿Curioso? —repitió, con un tono que no ocultaba su escepticismo—. ¿Y eso te preocupa?
—Sabía exactamente cómo moverse en la pista. Anticipaba cada maniobra de Dylan, como si ya lo conociera. —Nathan hizo una pausa, sus dedos tamborileando sobre su rodilla—. No me gusta. Y quiero saber quién es realmente.
Alex lo observó un momento, sin mostrar sorpresa ni emoción. Era un pedido extraño, sí, pero no era la primera vez que Nathan le pedía que investigara a alguien por una corazonada. Normalmente, sus corazonadas resultaban acertadas.
—Entonces quieres un historial —dijo Alex, asumiendo su tono profesional—. Nacimiento, carrera, equipos, resultados, contactos. Todo lo que pueda encontrar.
—Todo —confirmó Nathan—. Y quiero que sea rápido.
Alex asintió lentamente. —Puedo hacerlo. Pero no sé cuánto tardaré en conseguir algo. Si es un piloto europeo, puede tener conexiones que no sean fáciles de rastrear.
—Haz lo que puedas. Pero hazlo.
—Como tú digas. —Alex guardó el teléfono y se recostó en el asiento, con una expresión que no revelaba nada—. Por cierto, ¿esto tiene que ver con la carrera o con que casi te da un infarto al verlo competir contra alguien nuevo?
Nathan lo miró, y una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios. —Tal vez ambas cosas.
—Eres un caso perdido, Nathan —dijo Alex, con la misma seriedad de siempre, sin asomo de burla—. Un caso perdido.
El auto continuó su camino mientras la noche se cerraba sobre la ciudad. Nathan se recostó en el asiento, su mente ya en otro lugar, en ese corredor italiano que había aparecido de la nada y que parecía saber demasiado. No era casualidad. Y él no creía en las casualidades.
Cuando finalmente llegaron al apartamento, ya casi era medianoche. Nathan bajó del auto con un movimiento rápido, asintiendo a Alex en señal de despedida antes de que el vehículo se perdiera en la noche. Subió las escaleras con prisa, sintiendo el cansancio acumulado en sus hombros, pero también la urgencia de llegar a casa. A Dylan.
Al abrir la puerta del apartamento, el silencio lo recibió. Pero no era un silencio vacío. Era el silencio de alguien que ya está dormido, de una respiración profunda y tranquila que se filtraba desde la habitación.
Nathan caminó en silencio hasta la entrada del dormitorio y se detuvo. Dylan estaba allí, acurrucado bajo las sábanas, con el cabello desordenado sobre la almohada y una expresión de paz que solo el sueño podía dar. Había dejado la luz de la mesilla encendida, como si hubiera esperado a que llegara antes de dormirse.
Nathan sintió cómo la tensión del día se disipaba lentamente. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla, luego se desabrochó la camisa mientras caminaba hacia la cama. Se deslizó bajo las sábanas con cuidado, rodeando a Dylan por la cintura y atrayéndolo hacia su pecho.
—Mmm... —murmuró Dylan, entre sueños, sin despertar del todo—. ¿Llegaste?
—Si —susurró Nathan, besando su nuca—. Duerme.
Dylan se giró ligeramente, buscando el calor de su cuerpo, y murmuró algo ininteligible antes de hundirse de nuevo en el sueño. Nathan lo sostuvo entre sus brazos, sintiendo su respiración acompasada, y cerró los ojos.
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La mañana amaneció gris en Madrid. Un cielo cubierto de nubes bajas amenazaba con lluvia, pero aún no había caído una sola gota. El aire era fresco y húmedo, cargado de ese silencio que solo existe en las horas tempranas, cuando la ciudad aún no ha despertado del todo.
Dylan se movió en silencio por el apartamento. Nathan estaba en el salón, concentrado en una videollamada con un socio extranjero. Hablaba en inglés con esa voz grave y serena que usaba en los negocios, gesticulando ocasionalmente mientras revisaba documentos en la pantalla de su portátil. No notó cuando Dylan pasó a su espalda, ni cuando tomó las llaves del auto, ni cuando cerró la puerta con un clic suave.
El rugido del motor se escuchó a la distancia, mezclándose con el tráfico matutino. Dylan condujo sin prisa, con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla. El ramo de flores descansaba en el asiento del copiloto: girasoles, los favoritos de Joshua. Siempre había dicho que los girasoles eran como pequeños soles, que incluso en los días nublados podían recordarte que la luz seguía ahí.
Recogió a Valeria en la esquina acordada. Ella subió sin decir nada, sin preguntar a dónde iban. Lo sabía. Solo le dedicó una mirada breve, cómplice, y luego se recostó en el asiento mientras el auto se dirigía hacia las afueras de la ciudad.
El cementerio era pequeño y tranquilo, alejado del bullicio urbano. Árboles viejos bordeaban los caminos de tierra, y el sonido de los pájaros se mezclaba con el viento que movía las hojas. Dylan estacionó el auto y tomó las flores.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Valeria, sin moverse del asiento.
Dylan negó con la cabeza, una sonrisa suave en sus labios. —No. Prefiero ir solo.
—Te espero aquí.
—Gracias.
Cerró la puerta y caminó entre las tumbas con pasos lentos, como si el tiempo mismo se hubiera ralentizado. Conocía el camino de memoria. Lo había recorrido demasiadas veces como para necesitar indicaciones.
Cuando llegó a la lápida, se detuvo.
JOSHUA ANDERSON
2000— 2020
Siempre en nuestras memorias
Dylan se quedó quieto, observando las letras grabadas en la piedra. El viento movió su cabello, y el olor a tierra húmeda llenó sus pulmones. Colocó el ramo de girasoles sobre la tumba, arrodillándose un momento para acomodarlo con cuidado.
—Hola, Josh —dijo finalmente, con una voz que apenas era un susurro—. Ha pasado un tiempo, ¿verdad?
Se sentó sobre el césped, cruzando las piernas y metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta. No había prisa. Nunca la había cuando estaba allí.
—Gané una carrera en Jerez. El circuito que siempre decías que era imposible de dominar. —Sonrió, una sonrisa pequeña y nostálgica—. Me hubiera gustado que estuvieras allí para verme. Te habría encantado.
Hizo una pausa, sintiendo la humedad del césped filtrarse a través de su ropa. El viento movió las flores, y Dylan siguió el movimiento con la mirada.
—Tengo una vida buena, Josh. No sé si te he contado. —Su voz se volvió más suave, más íntima—. Conocí a alguien. Se llama Nathan. Es terco, celoso, posesivo y a veces un completo idiota. Pero lo quiero. Y él me quiere a mí. Es raro, porque al principio fue todo un desastre. Me secuestró, imagínate. Pero ahora... ahora es mi hogar.
El viento volvió a soplar, y Dylan levantó la vista hacia el cielo gris.
—A veces me pregunto qué habría pasado si no hubieras muerto. Si las cosas hubieran sido diferentes. —Hizo una pausa, tragando saliva—. Pero no sirve de nada pensar en eso, ¿verdad? Lo que pasó, pasó. Y aquí estoy, hablando con una lápida como si pudieras responderme.
Sonrió, una sonrisa más amplia esta vez, aunque sus ojos brillaban ligeramente.
—Solo quería que supieras que estoy bien. Que no he olvidado lo que fuimos. Pero que he aprendido a seguir adelante. —Apoyó una mano sobre la piedra fría—. Gracias por lo que me enseñaste, Josh. Por haberme mostrado que el amor existe, incluso cuando parece que todo está en contra.
Se levantó lentamente, sacudiéndose el polvo de la ropa. Dio un paso atrás y miró la tumba una última vez.
—Cuídate, ¿vale? Nos vemos cuando nos toque.
Y se giró, caminando de vuelta hacia el auto sin mirar atrás. Valeria lo vio acercarse, y no preguntó nada cuando él subió al coche y cerró la puerta. Solo puso una mano sobre su brazo, un gesto silencioso de apoyo, y el auto arrancó de nuevo hacia la ciudad.
morí olvidada reviví intocable 🤭