Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.
NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16: El plan de Victoria
El viento del este arrastraba las hojas secas por los senderos de Belgravia, levantando un polvo grisáceo que empañaba los frentes de las imponentes mansiones victorianas. En el ático de la familia Sterling, el ambiente no era menos sombrío. La calefacción central zumbaba con fuerza, pero el frío que se había instalado en las habitaciones parecía provenir de las mismas paredes.
Victoria Sterling contemplaba la ciudad a través del inmenso ventanal de su salón privado. En su mano derecha sostenía una copa de cristal con ginebra pura, que hacía girar de manera ausente. Su reflejo en el vidrio le devolvía la imagen de una mujer al borde del abismo: las ojeras marcadas bajo sus ojos azules delataban noches enteras sin dormir, y la tensión de su mandíbula revelaba una furia que consumía sus entrañas día y noche.
La ruina había llegado con una rapidez implacable. Desde la tarde en que Adrian Vance la confrontara a ella en el comité de ética y, posteriormente, destruyera físicamente y financieramente a su hermano Julian en The Royal Athenaeum, el apellido Sterling se había convertido en sinónimo de peste en la City de Londres. Los antiguos socios comerciales evitaban sus llamadas, las cuentas de Sterling Capital permanecían congeladas bajo una investigación por fraude de la Oficina de Fraudes Graves, y la soga legal se estrechaba cada día más en torno a sus cuellos.
Pero lo que verdaderamente estaba volviendo loca a Victoria no era la pérdida del dinero o del estatus social. Era la certeza absoluta de que Adrian Vance, el único hombre al que había deseado con una obsesión enfermiza durante años, había entregado por completo a Mei Zhang.
—Esa... advenediza —siseó Victoria, dando un trago amargo a su copa—. Una mocosa extranjera sin apellido, sin conexiones, sin nada... Ella me lo quitó. Ella destruyó mi vida.
La puerta del salón se abrió con brusquedad, interrumpiendo sus pensamientos. Julian entró arrastrando los pies. Tenía el brazo derecho inmovilizado por un cabestrillo de tela negra y el rostro pálido, surcado por el miedo persistente que le había dejado el encuentro con Adrian.
—Tenemos que irnos, Victoria —dijo Julian, con una voz carente de toda la altanería que solía caracterizarlo—. Los abogados dicen que la orden de extradición o el arresto formal podrían ejecutarse en cualquier momento después del fin de semana. He preparado las cuentas en las Bahamas. Si salimos hoy hacia Ginebra, aún podemos salvar una parte de los fondos de contingencia. Olvídate de Londres. Olvídate de los Vance. Está acabado.
Victoria se giró despacio, clavando en su hermano una mirada tan cargada de desprecio que Julian retrocedió un paso inconscientemente.
—¿Huir como ratas? ¿Eso es lo que me propones, Julian? —preguntó ella, con una calma que rozaba la locura—. ¿Dejar que esa china se quede con mi hombre, con mi reputación, mientras nosotros nos escondemos en un paraíso fiscal como unos criminales comunes?
—¡Es lo que somos ante la ley ahora mismo, por tu culpa! —rugió Julian, perdiendo los estribos—. Adrian casi me mata en ese club, Victoria. No tienes idea de lo que ese hombre es capaz cuando se trata de defenderla. Es un monstruo. Si nos quedamos aquí intentando jugar a la venganza, nos va a enterrar vivos.
—Él no la defenderá si cree que ella es el monstruo —susurró Victoria, y una sonrisa macabra, lenta y fría, se dibujó en sus labios delgados.
Julian la miró con el ceño fruncido, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿De qué estás hablando?
—Adrian tiene un punto débil, un talón de Aquiles que existía mucho antes de que esa intrusa apareciera en su vida: Sofia —explicó Victoria, dejando la copa sobre una mesa auxiliar con un golpe seco—. Sofia es su sangre, su única familia real, su debilidad más sagrada. Adrian ha construido su vida entera alrededor de protegerla de los fantasmas de su pasado.
—Victoria, ni se te ocurra...
—Piénsalo, Julian —lo interrumpió ella, acercándose a él con los ojos brillando con una luz fanática—. ¿Qué crees que pasaría si Sofia es secuestrada? ¿Qué pasaría si las pistas de ese secuestro apuntan directamente a Mei Zhang? ¿Si los correos encriptados de la negociación del rescate provienen de la misma dirección IP que Mei utiliza para sus traducciones? ¿Si los hombres que la retienen declaran haber sido contratados por una red de la tríada de Guangzhou vinculada a la familia de Mei?
Julian la escuchó con la boca abierta, debatiéndose entre el horror y la fría lógica de la desesperación.
—Adrian la odiaría —murmuró Julian, procesando la idea—. La destruiría él mismo. No habría explicaciones, ni filosofías, ni amor que valiera. Si cree que Mei ha puesto en peligro la vida de Sofia, Adrian Vance la borrará de la faz de la tierra con sus propias manos.
—Exacto —asintió Victoria, acariciando el cabestrillo de su hermano con una suavidad perturbadora—. Y una vez que la verdad falsificada salga a la luz, yo estaré allí. Volveré a ser la mujer de su círculo, la que lo apoye en su dolor, la que lo ayude a sanar de la gran traición de la extranjera. Es un plan perfecto, Julian. Un secuestro exprés. No necesitamos mantenerla retenida por semanas. Solo veinticuatro horas. El tiempo suficiente para sembrar las pruebas, destruir la reputación de Mei para siempre y obligar a Adrian a desterrarla de su vida.
—¿Y cómo piensas lograrlo? —preguntó Julian, su ambición comenzando a ganarle la partida al miedo—. La mansión Vance tiene un sistema de seguridad de nivel militar. Thomas vigila cada paso de Sofia.
—Thomas vigila a Sofia cuando está en la mansión o en el campus —sonrió Victoria, sacando su teléfono móvil de su bolso—. Pero esta tarde, Sofia tiene una cita privada en el taller de alta costura de Catherine Walker en Chelsea para probarse el vestido de la gala de año nuevo. Va sola, solo con su chofer. Y yo conozco al dueño de la empresa de transporte privado que Adrian subcontrata cuando sus propios vehículos están en mantenimiento. Todo lo que necesito es un par de hombres desesperados que hagan el trabajo sucio por unas cuantas miles de libras en efectivo.
La red se cierra
La tarde se tiñó de un gris ceniciento cuando un Range Rover negro de vidrios polarizados se estacionó en una de las esquinas secundarias del distrito de Chelsea, a pocos metros de la boutique de alta costura.
Dentro del vehículo, dos hombres de aspecto rudo y ropas oscuras repasaban las instrucciones recibidas a través de un teléfono desechable. En el asiento trasero, una tableta configurada con un emulador de red VPN mostraba la dirección del servidor doméstico de Mei Zhang, lista para emitir los mensajes de extorsión programados apenas se completara la captura.
—Ahí viene —dijo el conductor, señalando con la cabeza hacia la salida lateral de la boutique.
Sofia Vance salió a la acera cargando una pequeña bolsa de satén. Lucía un abrigo de cachemira color crema y su habitual sonrisa alegre, completamente ajena al peligro que acechaba en las sombras. Su chofer habitual, un empleado de confianza de la firma de Adrian, había sido desviado de la ruta quince minutos antes mediante una llamada de emergencia falsa del departamento de logística, indicándole que debía reportarse inmediatamente a la sede central por un supuesto problema con el blindaje del vehículo.
En su lugar, un sedán negro de la supuesta empresa de reemplazo se detuvo frente a ella. El conductor, con un uniforme que imitaba a la perfección el de la flota de los Vance, bajó apresuradamente para abrirle la puerta trasera.
—Señorita Vance, el señor Thomas me ha enviado para recogerla. Su chofer habitual tuvo un contratiempo en la autopista —explicó el hombre con una reverencia educada.
Sofia vaciló por un microsegundo. Su hermano le había insistido mil veces en que nunca subiera a un vehículo no verificado, pero el uniforme, el logotipo de la empresa y la familiaridad con la que el hombre mencionó a Thomas disiparon sus dudas.
—Oh, claro. Gracias —dijo Sofia, subiendo al asiento trasero.
Apenas se cerró la puerta, el seguro automático se activó con un chasquido sordo. El conductor arrancó el motor de inmediato, pero en lugar de tomar la ruta hacia Belgravia, giró bruscamente hacia el oeste, en dirección a la zona industrial abandonada de los muelles de Battersea.
—Disculpe, esta no es la ruta a casa —dijo Sofia, sintiendo una repentina punzada de alarma en el pecho al notar que el conductor no la miraba por el espejo retrovisor.
—Hay obras en el puente de Chelsea, señorita. Tomaremos un desvío —respondió el hombre con una voz fría y carente de toda la amabilidad anterior.
Sofia buscó su teléfono en su bolso, pero antes de que pudiera desbloquear la pantalla, el vehículo se detuvo bruscamente en un callejón sin salida detrás de un almacén de ladrillos abandonado. Las puertas traseras se abrieron de golpe y uno de los hombres del Range Rover negro subió al vehículo, arrebatándole el teléfono de las manos de un solo tirón.
—Si gritas, será peor para ti, niñita —siseó el hombre, mostrándole una jeringa con un sedante suave—. Solo quédate quieta y todo terminará rápido.
La señal de alarma
En la biblioteca de la mansión Vance, Mei Zhang se encontraba traduciendo un antiguo tratado de diplomacia de la dinastía Qing cuando una alerta de color rojo parpadeó en la esquina superior de su pantalla táctil.
Su sistema de monitoreo doméstico —una versión mejorada del cortafuegos que ella misma había diseñado y conectado al servidor de seguridad de la mansión— había detectado una anomalía de tráfico entrante. Alguien estaba intentando forzar un túnel de datos utilizando su propia dirección IP residencial para enviar un paquete de archivos encriptados a un destinatario externo.
—Qué extraño —murmuró Mei, sus dedos volando sobre el teclado para rastrear el origen del ataque informático—. El paquete de datos está emitiendo desde una ubicación móvil en Battersea... pero lleva mi firma digital de encriptación.
En ese mismo instante, la puerta de la biblioteca se abrió con fuerza. Adrian entró con el rostro pálido y los ojos desencajados por una tensión que Mei no le había visto ni siquiera durante las peores amenazas de los Sterling.
—Mei —dijo Adrian, y su voz tembló sutilmente, un detalle que hizo que el corazón de Mei se contrajera—. Acabo de recibir un mensaje en mi canal de comunicación de emergencia. Es un correo encriptado... de rescate.
Mei se levantó de la silla de inmediato.
—¿De rescate? ¿Qué ha pasado, Adrian?
—Han secuestrado a Sofia —respondió él, y la desesperación en su voz era como el rugido de un león herido—. El correo dice que la tienen en un almacén en el sur de Londres. Exigen que retire todas las denuncias penales contra Sterling Capital y que transfiera la propiedad de la licitación de Guangzhou a una cuenta en Suiza. Pero hay algo más...
Adrian se detuvo, mirándola con una mezcla de confusión y una angustia desgarradora.
—¿Qué pasa, Adrian? Dímelo —pidió Mei, acercándose a él y tomando sus manos frías entre las suyas.
—Thomas ha rastreado el origen del correo electrónico de extorsión —confesó Adrian, tragando saliva con dificultad—. Proviene de tu servidor personal, Mei. Las firmas digitales de seguridad utilizadas para encriptar el mensaje son las tuyas. El equipo de ciberseguridad del gobierno ya está investigando y... todo apunta a ti. Los mensajes dicen que la tríada de Guangzhou, a través de los contactos de tu familia, está ejecutando el secuestro para obligarme a ceder mis activos.
El silencio que siguió a sus palabras fue espeso como la niebla de Londres. Cualquier otra persona se habría derrumbado ante semejante acusación, pero Mei comprendió de inmediato la jugada maestra de su enemiga.
—Es una trampa de Victoria —dijo Mei con una voz clara, firme y carente de toda duda—. Ella sabe que Sofia es tu vida entera. Sabía que si me culpaba del secuestro de tu hermana, no solo limpiarías el nombre de su familia para salvarla, sino que me odiarías para siempre. Utilizó mi IP y las firmas digitales que obtuve durante la auditoría de su empresa para incriminarme.
Adrian la miró. El conflicto en sus ojos grises era evidente: por un lado, la evidencia digital era abrumadora, la clase de pruebas con las que él había condenado a decenas de criminales en su carrera militar; por el otro, estaba la mujer que amaba, la pureza de su mirada y la certeza de que ella jamás pondría en peligro a un inocente.
—Te creo, Mei —dijo Adrian, y esas tres palabras sonaron como el juramento más sagrado de su vida. Atrajo a Mei hacia sí, rodeándola con sus brazos rígidos—. Sé que tú no harías esto. Pero el comité de seguridad y la policía no lo entenderán así. Si encuentran a Sofia y las pruebas siguen apuntando a ti, no podré evitar que te arresten.
—Entonces no dejemos que la policía la encuentre primero —respondió Mei, zafándose del abrazo con una determinación de acero en sus ojos oscuros—. Vamos a buscarla nosotros mismos.
La cacería en los muelles de Battersea
En menos de diez minutos, la mansión Vance se convirtió en un centro de mando táctico. Mientras Thomas intentaba retrasar el informe oficial de la policía metropolitana para darles tiempo, Mei trabajaba codo con codo con los analistas de seguridad en el despacho de Adrian.
—He aislado la señal del emulador VPN de los secuestradores —explicó Mei, mostrando un mapa satelital de los muelles de Battersea en la pantalla principal—. Cometieron un error de principiante al usar un dispositivo móvil para simular mi red doméstica. La latencia de la señal varía según la distancia de las antenas repetidoras. El secuestrador no está en mi casa; está en un radio de doscientos metros alrededor de este antiguo almacén de carbón junto al río.
Adrian, que ya se había cambiado su traje por ropa táctica oscura y un abrigo de combate, cargó un arma de fuego ligera en su funda de hombro con un movimiento mecánico y preciso. Su rostro era una máscara de piedra tallada; el protector había vuelto al modo de combate, y esta vez, el enemigo pagaría un precio inimaginable por su osadía.
—Thomas, prepara el equipo de asalto secundario, pero no intervengan a menos que yo lo ordene —instruyó Adrian—. Mei y yo entraremos primero. Si los secuestradores ven un despliegue masivo de seguridad, podrían asustarse y hacerle daño a Sofia.
—Yo voy contigo —dijo Mei, ajustándose una chaqueta de cuero oscura que facilitaba sus movimientos.
—Mei, es demasiado peligroso —intentó protestar Adrian, pero ella lo interrumpió con una mirada que no admitía réplicas.
—Sofia es mi familia también ahora, Adrian. Y fui yo a quien intentaron incriminar. Además, tú conoces la fuerza bruta, pero yo conozco el flujo del terreno. Nos moveremos mejor juntos.
Adrian la observó por un segundo, asintiendo con una mezcla de orgullo y resignación. Ella tenía razón; ya no era una espectadora en su vida, era su compañera de batalla.
El almacén de las sombras
El antiguo almacén de carbón de Battersea era una mole de hierro corrugado y ladrillos ennegrecidos por el hollín del siglo pasado. La lluvia había comenzado a caer con fuerza, ocultando el ruido de los pasos de Adrian y Mei mientras se deslizaban por la parte trasera de la estructura.
A través de una ventana rota a tres metros de altura, Adrian pudo observar el interior.
Sofia estaba atada a una silla de madera en el centro de un gran espacio despejado, iluminado por una sola bombilla halógena que colgaba del techo. Tenía los ojos vendados y una cinta adhesiva sobre la boca, pero parecía estar físicamente ilesa, aunque temblaba de frío y terror.
A unos metros de ella, los dos secuestradores contratados por Victoria apuraban unas latas de cerveza mientras vigilaban la entrada principal. Uno de ellos sostenía la tableta con la que seguían simulando la señal de Mei.
Pero lo que hizo que la sangre de Adrian hirviera de verdad fue la figura que emergió de las sombras del fondo del almacén.
Victoria Sterling.
Vestía un abrigo largo de color verde oscuro y sostenía un teléfono satelital en su mano. Su rostro reflejaba una excitación febril, la mirada de alguien que cree haber ganado la partida definitiva de su vida.
—Llama a los contactos en el departamento de prensa de la City —le ordenó Victoria al secuestrador de la tableta—. Quiero que la filtración de la implicación de la china con las tríadas se publique en los portales financieros en el mismo instante en que enviemos el último mensaje de rescate. Para cuando Adrian llegue aquí, la reputación de su preciosa flor de loto estará esparcida por todo el lodo de Inglaterra.
Adrian se preparó para romper la ventana y descender, pero Mei le tocó suavemente el hombro, indicándole que guardara la calma.
—Espera —susurró Mei contra su oído—. Si entramos por la fuerza, Victoria podría usar a Sofia como escudo humano. Deja que yo la distraiga. Conozco su psicología; su odio hacia mí es su mayor debilidad. Cuando ella se concentre en mí, tú aseguras a los hombres y liberas a Sofia.
Adrian vaciló, pero la lógica táctica de Mei era impecable. Apretó la mano de ella con fuerza, transmitiéndole todo su amor y su confianza en un solo gesto.
—Ten cuidado, por favor —susurró él.
Mei asintió y se deslizó silenciosamente hacia la puerta de escape lateral, que estaba entreabierta.
La confrontación de las reinas
El sonido de unos pasos lentos y pausados resonó en el inmenso almacén vacío, interrumpiendo la conversación de los secuestradores.
Victoria se giró de golpe, con el corazón dándole un vuelco violento al ver a Mei Zhang cruzar el umbral de la puerta lateral, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero y una calma que resultaba insultante para la situación.
—¿Buscabas mi firma digital, Victoria? —preguntó Mei, con una voz suave que pareció llenar cada rincón del almacén—. Lamento decirte que tu emulador de VPN tiene una fuga de DNS terrible. No es muy difícil rastrear a una aficionada.
—¡Tú! —exclamó Victoria, y su rostro se contrajo en una mueca de puro odio—. ¿Cómo demonios has llegado aquí? ¿Dónde está Adrian?
Los dos secuestradores se pusieron de pie de inmediato, buscando sus armas bajo sus chaquetas, pero antes de que pudieran dar un solo paso, una sombra oscura descendió desde la pasarela superior del almacén con la velocidad de un halcón de caza.
Adrian Vance aterrizó sobre el primer secuestrador, utilizando su propio peso para estamparlo contra el suelo de hormigón. Un golpe seco y preciso en la mandíbula dejó al hombre inconsciente antes de que pudiera entender lo que sucedía.
El segundo secuestrador intentó sacar su pistola, pero Adrian rodó sobre el suelo, barriendo sus piernas con una patada baja y desarmándolo con un movimiento rápido de desarme militar. El arma voló por el aire, cayendo al fondo de una fosa de carbón vacía, mientras el hombre era sometido por una llave de brazo que lo obligó a rendirse de inmediato entre alaridos de dolor.
—¡No te muevas! —ordenó Adrian, con una voz de trueno que paralizó por completo la habitación, mientras Thomas y dos operativos de seguridad entraban por la puerta principal para asegurar a los prisioneros y liberar a Sofia.
—¡Sofia! —exclamó Adrian, corriendo hacia su hermana para quitarle la venda de los ojos y la cinta de la boca.
—¡Adrian! ¡Sabía que vendrías! —sollozó Sofia, abrazando a su hermano con fuerza mientras las lágrimas de alivio corrían por sus mejillas.
Mientras tanto, en el otro extremo del almacén, Victoria se dio cuenta de que su plan maestro se había desmoronado en cuestión de segundos. La desesperación la consumió por completo. Vio un trozo de tubería de hierro oxidado sobre una mesa de trabajo cercana y, perdiendo el último rastro de cordura que le quedaba, se abalanzó sobre Mei con el tubo en alto, lista para descargar toda su furia sobre el rostro de su rival.
—¡Te odio! ¡Te odio! ¡Deberías estar muerta! —gritó Victoria, lanzando un golpe descendente con todas sus fuerzas.
Mei no retrocedió ni un milímetro. Esperó el momento exacto en que el golpe descendía y, con un movimiento fluido de esquiva lateral, permitió que la tubería pasara de largo, rozando el aire junto a su hombro.
Aprovechando la fuerza del propio impulso de Victoria, Mei tomó a su oponente por la muñeca derecha y la articulación del codo, realizando una torsión defensiva que obligó a Victoria a soltar la tubería con un grito de dolor. Con un empuje suave pero firme, Mei redirigió la fuerza de Victoria hacia el suelo, dejándola de rodillas sobre el hormigón húmedo, con el brazo inmovilizado en su espalda.
—Se acabó, Victoria —dijo Mei, mirándola desde arriba con una lástima profunda—. Tu odio te ha cegado tanto que has destruido la última oportunidad de salvación que te quedaba.
La caída definitiva de los Sterling
Minutos después, las luces azules y rojas de las patrullas de la Policía Metropolitana de Londres comenzaron a reflejarse en los ventanales del almacén, acompañadas por el ulular de las sirenas que cortaban la noche de Battersea.
Adrian observó cómo los oficiales de policía colocaban las esposas de acero a Victoria Sterling, quien continuaba gritando incoherencias y maldiciones mientras era escoltada hacia la salida lateral. Julian, que había estado esperando en el Range Rover negro para coordinar la fuga, también había sido interceptado por el equipo periférico de Thomas y ahora compartía el mismo destino que su hermana.
La evidencia en la tableta confiscada por la policía, sumada al testimonio directo de los secuestradores contratados y de la propia Sofia, constituía un caso hermético de secuestro, extorsión y fraude digital que mantendría a los hermanos Sterling tras las rejas durante una muy larga temporada.
Adrian se acercó a Mei, quien observaba la escena desde la entrada del almacén, bajo el amparo de la lluvia que comenzaba a amainar. El exoficial la rodeó con sus brazos, ocultando su rostro en su cuello, sintiendo que los latidos de su corazón finalmente volvían a un ritmo normal.
—Gracias, Mei —susurró Adrian, y su voz estaba cargada de una devoción tan inmensa que rozaba la adoración—. Hoy salvaste a mi hermana. Salvaste mi vida entera de la mayor oscuridad en la que podría haber caído.
Mei sonrió, acariciando la mejilla curtida de Adrian con sus dedos cálidos.
—Te lo dije, Adrian. Somos dos en esta corriente. El agua y el viento siempre encuentran la forma de limpiar el camino juntos.
Bajo el cielo de Londres, que comenzaba a despejarse para revelar las primeras estrellas de la medianoche, los dos amantes se fundieron en un beso de pura victoria y paz absoluta, sabiendo que, tras la caída definitiva de sus enemigos, ya no quedaban sombras que pudieran interponerse en el camino de su amor eterno.