Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
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capitulo 12: el mujeriego
En los días siguientes, Elisa comprobó que las palabras de Alexa no habían sido simples cortesías: la mujer se tomó su encargo muy en serio, y no hubo detalle que se le escapara para hacerle la entrada lo más llevadera posible. Y es que Marco le había dado la orden personalmente: que nadie más que ella le enseñara el funcionamiento del despacho, los códigos, los contactos y todos los secretos que se necesitaban para moverse sin tropezos en ese mundo.
Alexa no la trató como a una novata inútil ni como a alguien que había llegado por suerte; al contrario, se mostró paciente, detallista y con una calidez que sorprendió a Elisa después de su primera impresión tan firme. Le dejó su propio juego de llaves de las salas de reuniones, le preparó una lista con los números directos de los proveedores más importantes, le explicó cómo distinguir una llamada urgente de una que podía esperar, y hasta le trajo una taza de café caliente cada mañana, sabiendo que solía llegar con el estómago revuelto.
—No te preocupes si te equivocas al principio —le dijo un día, mientras revisaban juntos la agenda de Marco—. A mí me pasó lo mismo cuando llegué. Lo importante es que no te quedes callada si no entiendes algo, y que nunca te fíes de quien te diga que “ya no hace falta anotar esto”. Aquí cada papel, cada firma, cada llamada cuenta. Y si Marco te ha pedido que sea yo quien te enseñe, es porque confía en que no te dejaré caer. Y yo tampoco lo haré.
Pasaron horas revisando archivos, aprendiendo a usar los sistemas internos y recorriendo cada rincón del piso principal, y poco a poco Elisa empezó a sentirse menos perdida. Veía en Alexa algo más que una jefa o una compañera: veía a alguien que le tendía la mano sin pedir nada a cambio, y eso le daba un poco de paz en medio de todo el caos que sentía por dentro.
A media tarde, cuando tuvo un momento libre, se apartó a un pasillo tranquilo cerca de las escaleras para llamar a Luis. En cuanto él contestó, su voz se llenó de alegría al otro lado de la línea.
—¿Cómo va todo, mi amor? ¿Te tratan bien? —le preguntó de inmediato.
—Sí, muy bien —respondió ella, intentando sonar segura—. Me están enseñando todo poco a poco, no es tan difícil como pensaba. La gente es amable, ya conozco a las otras secretarias, y me siento más tranquila que esta mañana.
—Me alegro muchísimo —dijo él, y se le notó el alivio en la voz—. Yo también he tenido un día muy productivo, ya me han presentado a todo mi equipo. Pero te extraño mucho, Elisa. La casa se siente muy grande sin ti, y no veo la hora de que llegues para contármelo todo.
—Yo también te extraño —susurró ella, y se le llenaron los ojos de lágrimas sinceras—. Cada minuto que pasa pienso en volver a casa, en estar contigo. No veo el momento de que termine este año. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero, mi vida. Cuídate mucho, ¿sí? Nos vemos en la noche.
Colgó el teléfono y se quedó un instante apoyada contra la pared, respirando hondo para recuperar el aliento, cuando una voz suave pero clara la hizo saltar del susto:
—Disculpa, no quería interrumpir tu conversación. No sabía que estabas ocupada.
Se giró de golpe y se encontró frente a frente con un hombre que no había visto hasta entonces. Era alto, de piel blanca que contrastaba con su cabello castaño corto y bien peinado, y tenía una complexión atlética que se notaba claramente bajo su traje impecable: se veía que iba mucho al gimnasio, con hombros anchos y brazos fuertes que se marcaban aunque la tela fuera gruesa. Tenía rasgos muy agradables, unos ojos marrones profundos y una sonrisa que le iluminaba todo el rostro.
—Yo… no te oí llegar —atinó a decir Elisa, recuperándose poco a poco del susto—. No pasa nada, ya había terminado.
—Soy Esteban —se presentó él, acercándose despacio y tendiéndole la mano con gesto amable—. Trabajo aquí desde hace años. Soy el gerente general de operaciones, y sobre todo… soy la mano derecha de Marco. Cualquier cosa que él necesite mover, cualquier proyecto importante, yo suelo estar al frente. Supongo que ya te hablaron de mí, pero por si acaso quería presentarme personalmente.
—Mucho gusto —respondió ella, estrechándole la mano brevemente—. Soy Elisa, la nueva secretaria del señor Marco Aurelio.
—Ya lo sé —dijo él, sin dejar de sonreír, y su voz seguía siendo suave pero con una calidez que llegaba directo—. He oído hablar mucho de ti estos días. Marco no suele encargar puestos así a cualquiera, así que ya me imaginé que debías ser especial. Y no me he equivocado.
Elisa sintió cómo se le subían las mejillas de color, y bajó un poco la mirada sin saber qué contestar. No era la misma intensidad arrolladora de Marco, pero había algo en la forma en que la miraba que le decía que le había gustado nada más verla.
—Es un puesto muy grande para mí todavía —dijo ella por fin—. Estoy aprendiendo todo de cero.
—Todos empezamos así —repuso él, y se inclinó un poco hacia ella con confianza—. Y si necesitas algo, cualquier cosa: información, ayuda con algún trámite, o simplemente alguien que te explique cómo funcionan las cosas de verdad, no tienes más que buscarme. Estoy en la oficina contigua a la de Marco, casi siempre ahí. Me gusta conocer a la gente que se suma al equipo, y más si es alguien tan… interesante como tú.
Iba a seguir hablando cuando la voz de Alexa resonó al fondo del pasillo:
—¡Elisa! ¿Estás ahí? Ven rápido, que te voy a enseñar los archivos de los contratos del mes que vence, no podemos dejarlos para mañana.
—Ya voy —respondió ella alzando la voz, y luego se giró hacia Esteban—. Disculpa, me llaman. Gracias por presentarte.
—No hay de qué —dijo él, y antes de que ella se diera cuenta se acercó un poco más, le tomó suavemente la mano y le dio un beso lento y seductor en la mejilla, rozando apenas la piel con sus labios—. Hasta luego, Elisa. Espero que hablemos más despacio otro día.
Ella se alejó caminando deprisa, sintiendo cómo el calor le subía hasta las orejas y el corazón le latía más rápido de lo normal. Al llegar junto a Alexa, se detuvo un momento y miró hacia atrás sin querer.
Alexa también miró a Esteban, que seguía quieto en el mismo sitio observándolas, y le dijo con voz baja pero firme, lo suficientemente fuerte para que él la oyera:
—Déjala tranquilo, Esteban. Ella está fuera de tu alcance. No te metas en líos que no puedes resolver.
Esteban no se inmutó en absoluto: al contrario, esbozó una sonrisa amplia y segura, se pasó la mano por el pelo en un gesto claramente masculino y desafiante, le guiñó un ojo y respondió en voz alta para que las dos lo escucharan:
—Eso lo veremos, Alexa. Eso lo veremos.
Luego dio media vuelta y se fue caminando con paso firme hacia su despacho, mientras Elisa seguía allí, con la cara aún sonrojada y la mente llena de preguntas que no sabía si quería responder.