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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:334
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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Capítulo 16 — Los nueve meses y la doble bendición

Quinto mes: Los primeros movimientos

El embarazo de Zeynep ya no era un secreto para nadie. Su vientre crecía un poco más rápido y redondeado de lo normal, aunque los médicos decían que todo iba perfectamente, que cada cuerpo es diferente. Selim, que antes pasaba los días en la sala de consejos o en los campos de entrenamiento, ahora aparecía cada dos horas en sus aposentos con alguna excusa tonta: traerle un fruto nuevo, preguntarle si necesitaba algo, o simplemente sentarse a su lado y pasar la mano por su barriga con una ternura que nadie creía posible en el gran Sultán.

Una tarde, mientras estaban sentados en el balcón viendo cómo Ayşe jugaba con un gatito en el jardín, Zeynep se detuvo de golpe, soltó el libro que estaba leyendo y puso ambas manos sobre su barriga con los ojos muy abiertos.

—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? —preguntó Selim al instante, poniéndose pálido de la preocupación.

Ella sonrió, una sonrisa llena de una felicidad tan grande que le brillaban los ojos, y le tomó la mano para ponerla suavemente justo debajo de su ombligo:

—No… no duele nada. Escucha. Siente.

Un segundo después, Selim lo sintió: un pequeño golpe suave en un lado, y casi al mismo tiempo otro diferente, un poco más fuerte, en el lado opuesto. Fue como si dos personitas pequeñas estuvieran saludando desde dentro. Se quedó completamente inmóvil, sin respirar, con la mano pegada a la piel de ella, y de repente se le escapó una lágrima que rodó por su mejilla sin que él se diera cuenta. Era la primera vez que tocaba a su hijo, la primera prueba real de que todo lo que habían soñado se estaba volviendo verdad.

—Hola, pequeño… o pequeños —susurró bajito, inclinando la cabeza para hablarle directamente al vientre—. Soy vuestro padre. Ya sabéis… os estamos esperando con muchas ganas. Tenéis una hermana mayor que os va a enseñar todos los juegos del jardín, una abuela que os va a consentir hasta el infinito, y una madre… una madre que es la mujer más valiente y buena de todo el mundo. Os va a querer más de lo que os podéis imaginar.

Zeynep le acarició el cabello, sintiendo cómo su propio corazón se hinchaba de amor. En ese momento, Ayşe corrió hacia ellos al ver sus caras, y cuando le explicaron lo que había pasado, se arrodilló delante de Zeynep y puso su pequeña mano con muchísimo cuidado sobre la barriga, esperando impaciente.

—Yo también os quiero, bebés —le dijo con voz muy seria—. Voy a ser la mejor hermana del mundo. Os protegeré de todo. Os prometo que nadie os hará daño nunca. Y a cada uno os daré un beso de buenas noches siempre.

🌿 Sexto y séptimo mes: Preparando el mundo para dos

Los meses siguientes pasaron en una calma hermosa y llena de actividad. Zeynep, aunque cada vez le costaba más caminar mucho y se cansaba el doble —su barriga ya era grande y pesada, mucho más que la de cualquier otra mujer que hubiera tenido hijos en el palacio—, no se encerró en sus habitaciones como habían hecho todas las favoritas antes que ella. Todos los días bajaba a las cocinas para hablar con las mujeres que trabajaban ahí, visitaba los talleres donde las costureras preparaban las primeras ropitas (todas de lino blanco y seda azul, sin adornos excesivos, tal como ella pidió… aunque tuvieron que hacer el doble de todo a mitad de camino), y se sentaba en el gran patio central con las mujeres del harén para enseñarles a leer y escribir, tal como había prometido Hürrem.

El sexto mes, los bebés ya se movían todo el tiempo: daban pataditas por turnos, parecían jugar a empujarse el uno al otro dentro de ella, se calmaban cuando Zeynep cantaba las canciones antiguas que su madre le había enseñado de niña, y se agitaban de alegría cuando Selim les hablaba con su voz profunda y suave. Hürrem venía cada tarde a tomar té con ella, y le contaba secretos de su propio embarazo con Selim, dándole consejos con esa voz sabia y firme que todos respetaban:

—El embarazo no es solo esperar —le decía, mientras le pasaba una mano por el pelo—. Son nueve meses en los que tú y ellos se conocen sin palabras. Aprendes sus ritmos, sus gustos, su forma de decirte “estamos aquí”. Y cuando por fin los tienes en tus brazos… ya los conoces mejor que nadie en el mundo. Confía en tu cuerpo. Confía en tu instinto. Es más fuerte que cualquier medicina, que cualquier consejo de los médicos.

El séptimo mes llegó con el verano en todo su esplendor. El jardín estaba lleno de flores, el aire olía a jazmín, y una noche, mientras Selim le pasaba aceite suave en la barriga para aliviarle las molestias, se detuvo de golpe y la miró a los ojos con una sonrisa extraña:

—¿Te has dado cuenta? Siempre se mueven a la vez. Pero uno es más tranquilo, suave… y el otro es más fuerte, más inquieto. Seguro que uno es niño y la otra niña. Lo siento.

Zeynep se rió y le dio un beso en la frente:

—Ojalá tengas razón. Ojalá seamos cuatro, más Ayşe. Una familia grande.

🌾 Octavo mes: El peso de la espera doble

El octavo mes fue el más difícil. Zeynep ya no podía dormir bien de noche, sus pies se hinchaban mucho, le dolía la espalda constantemente, y cada movimiento le costaba un esfuerzo enorme. A veces se sentía cansada, impaciente, con ganas de llorar sin razón aparente, y Selim siempre estaba ahí para abrazarla, para masajearle los pies y la espalda durante horas, para ayudarla a levantarse de la silla, para decirle que lo estaba haciendo maravillosamente, que solo faltaba poquito.

Ayşe se convirtió en su ayudante oficial: le traía agua fresca, le abanicaba cuando hacía calor, le contaba chistes tontos para hacerla reír, y todos los días le preguntaba: *“¿Hoy salen ya los bebés? ¿Ya puedo conocerlos?”*. Incluso preparó dos dibujos con ceras de colores: uno para el hermano y otro para la hermana, donde los tres salían cogidos de la mano.

Una tarde, mientras descansaba en el invernadero entre las plantas, Zeynep se puso de pie apoyándose en una mesa, miró su reflejo en el cristal y vio cómo su cuerpo había cambiado totalmente: estaba redonda, pesada, su piel tenía esas líneas suaves que dejan los hijos, y por un segundo pensó en la mujer que había llegado al palacio hacía años —delgada, asustada, con su pelo dorado y blanco trenzado, sin saber si sobreviviría ni un solo día— y la comparó con la que era ahora: fuerte, amada, dueña de su lugar, con dos vidas creciendo dentro de ella. Sonrió para sí misma. Todo había valido la pena. Cada miedo, cada lágrima, cada veneno, cada batalla. Todo.

🌙 Noveno mes: La noche de las dos sorpresas

Llegó por fin el noveno mes. Los médicos decían que el nacimiento podría ser en cualquier momento, y todo el palacio estaba en alerta: las parteras más experimentadas del reino vivían ya en los aposentos reales, el agua caliente se preparaba cada hora, las toallas de lino limpias estaban listas en montones, y Selim no se separaba de Zeynep ni un solo minuto, incluso llevaba sus documentos de gobierno a la habitación para trabajar ahí al lado de ella.

Empezó una noche de luna llena, justo cuando se estaban acostando. Zeynep sintió un dolor fuerte y rítmico en la espalda, luego otro más fuerte, y supo que había llegado el momento. Agarró la mano de Selim con fuerza y le dijo, con la voz tranquila a pesar del dolor:

—Ya vienen. Ha llegado la hora.

Lo que siguió fueron horas de trabajo intenso, de dolores que venían y se iban, de la voz suave de las parteras guiándola, de Ayşe esperando fuera de la puerta sentada en el suelo con Hürrem, sin querer irse a dormir por nada del mundo. Selim no salió ni un segundo: se quedó a su lado todo el tiempo, limpiándole el sudor de la frente, dándole agua a sorbos, susurrándole palabras de ánimo al oído, aguantando que ella le apretara la mano con tanta fuerza que casi se la rompía, sin quejarse nunca.

—Eres la más fuerte —le decía una y otra vez—. Lo estás haciendo perfecto. Ya casi está. Te quiero. Te quiero más que nada en este mundo.

Y entonces, cuando la luna estaba más alta en el cielo, se escuchó por fin un llanto fuerte, claro y lleno de vida.

Las parteras envolvieron al bebé en una tela blanca, lo limpiaron con cuidado, y se lo pusieron suavemente sobre el pecho de Zeynep. Era un niño. Pequeño pero fuerte, con **el pelo negro oscuro y brillante igual que el de Selim**, y cuando abrió los ojos, todos vieron que eran **grandes y claros, exactamente iguales a los de Zeynep**: la mezcla perfecta de los dos. Era Azat. El niño libre por el que habían luchado tanto.

Zeynep lo abrazó contra su corazón, llorando de felicidad, sin poder creer que aquel ser tan perfecto hubiera estado creciendo dentro de ella nueve meses enteros. Selim se arrodilló al lado de la cama, con las mejillas mojadas por las lágrimas, y tocó con un dedo tembloroso la mejilla suave de su hijo.

Pero justo en ese momento, Zeynep sintió un nuevo dolor, mucho más fuerte que los anteriores, y una de las parteras gritó de sorpresa:

—¡Esperad! ¡Hay otro! ¡Viene otro bebé!

Nadie lo esperaba. Ni los médicos, ni nadie. En menos de diez minutos, se escuchó un segundo llanto, más agudo y dulce, y las parteras sacaron a una niña pequeña, delicada, y cuando la limpiaron y la envolvieron en su tela blanca, todos se quedaron sin aliento. Tenía **el pelo largo, dorado con hermosos mechones blancos, exactamente igual que el pelo de Zeynep**, y sus ojitos eran la copia idéntica de los de su madre. Era ella en miniatura. Su hija. Su Hürrem.

Poco después abrieron la puerta y entraron Hürrem y Ayşe. La niña corrió hasta la cama de un salto, y cuando vio a los dos bebés se tapó la boca con las manos para no gritar de la emoción.

—¡Son dos! —susurró, con los ojos como platos—. ¡Hay una niña igual que mamá Zeynep, con el pelo dorado y blanco! Y un niño igual que papá Selim… pero con los ojos de ella. ¡Son los bebés más bonitos del mundo!

Se acercó muy despacio y les dio a cada uno un beso suaveísimo en la frente:

—Hola, Azat. Hola, Hürrem. Yo soy vuestra hermana Ayşe. Ya os quiero muchísimo a los dos.

La Sultana Madre Hürrem se acercó, miró a los niños, luego a Zeynep y a Selim, y asintió con la cabeza, con una sonrisa de orgullo y emoción que rara vez dejaba ver:

—Bienvenidos, pequeños príncipe y princesa. Habéis nacido en un palacio sin venenos, sin miedos, lleno de amor. Azat, crecerás para ser justo y fuerte como tu padre. Hürrem, crecerás para ser valiente y sabia como tu madre… y llevarás mi nombre con honor. Los cuatro sois ahora el corazón de todo este imperio.

Tres días después, todo el pueblo salió a las calles para celebrar el doble nacimiento. Hubo música, dulces para todos los niños, fuentes que echaban agua con rosas, y Selim salió al balcón principal llevando en un brazo a Azat y en el otro a la pequeña Hürrem, levantándolos suavemente para que todo el mundo los viera, mientras Zeynep estaba a su lado, radiante, con Ayşe agarrada de su mano. El pueblo gritaba de alegría, porque sabían que con estos dos niños llegaba una nueva era, doblemente fuerte, doblemente llena de esperanza.

Y mientras todos celebraban, muy lejos, en los puertos más allá del mar, los barcos que habían estado navegando durante meses por fin divisaban las costas del imperio. Traían mercancías raras, libros de tierras desconocidas, historias de reinos que nadie había visto… y también traían noticias de un nuevo poder que crecía sin parar, que miraba hacia estas tierras con ojos codiciosos.

Pero por ahora, esas sombras no importaban. Porque en el palacio, dos niños dormían profundamente en los brazos de su madre, protegidos por el amor de toda una familia que había peleado contra todo y todos para estar juntos. Nueve meses habían bastado para cambiarlo todo. Y el resto de la historia… todavía estaba por escribirse.

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**CONTINUARÁ…**

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