Cinco años después de irse de Buenos Aires con el corazón roto, Giulia Rivas vuelve con una sola prioridad: cuidar a su hija Dulce y reconstruir su carrera como diseñadora de joyas.
No busca explicaciones.
No busca venganza.
Y mucho menos busca volver a ver a Julián Alcázar.
Pero en el aeropuerto, un nene desconocido se le abraza a la pierna y la llama mamá.
Benja tiene la edad que tendría el hijo que Giulia creyó haber perdido. Tiene los ojos de Julián, su carácter imposible y una certeza que nadie logra sacarle de la cabeza: ella es su mamá.
Julián también queda atrapado en esa reaparición.
Para él, Giulia fue la mujer que lo abandonó sin mirar atrás. Para ella, Julián fue el hombre que eligió a otra mientras ella lo perdía todo.
Ahora trabajan bajo el mismo imperio empresarial, se cruzan en pasillos, fiestas privadas, hospitales y mentiras que llevan demasiado tiempo enterradas.
Entre una hija que sueña con conocer a su papá, un hijo que nunca dejó de buscar a su mamá y una mujer dispuesta a destruir cualquier verdad antes de perder su lugar, Giulia y Julián van a descubrir que lo que los separó no fue falta de amor.
Fue una mentira.
Y esa mentira está a punto de caer.
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Capítulo 11
Capítulo 11
Mateo esperó a que el auto de Giulia se alejara antes de mirar a Julián con cuidado.
—Señor Alcázar, ¿y esta ropa...?
Señaló las bolsas elegantes y carísimas que había junto a Julián. Las había comprado apenas recibió la orden, pero no tuvo oportunidad de entregárselas a Giulia.
—Tiralas.
Julián soltó las dos palabras sin emoción.
Mateo estaba por obedecer cuando Julián cambió de idea.
—No. Dejalas ahí por ahora. ¿Encontraron a esos dos?
Mateo cambió el gesto.
—Sí. Son dos vagos, delincuentes menores. Al principio insistieron en que fue un robo común.
Julián encendió un cigarrillo.
La llama azul iluminó por un segundo la sombra en sus ojos.
Su mirada era fría, pero distinta de la frialdad que usaba con Giulia. Esta era más oscura, más pesada, como una nube negra bajando sobre alguien.
—¿Robo común?
Mateo sintió el filo de esas palabras y siguió rápido:
—Después tuvo que intervenir Lucas personalmente. Cuando los apretó en serio, dijeron la verdad.
Hizo una pausa.
—Alguien les pagó para asegurarse de que Giulia Rivas terminara herida. Cuanto más grave, mejor. Como mínimo tenía que quedarse internada diez días o medio mes.
—¿Y el que pagó?
—No lo vieron. Se comunicó por teléfono. El número y la cuenta de donde salió el dinero eran descartables.
Julián exhaló humo.
Sus ojos se hundieron, negros como tinta espesa.
Si la herida de Giulia hubiera sido tan grave como para dejarla internada, habría perdido la oportunidad otra vez.
Igual que cinco años atrás.
El método era demasiado parecido.
Y, por una casualidad perfecta, la persona que iba a beneficiarse también era la misma.
Los dedos de Julián se cerraron de golpe.
El cigarrillo, todavía largo, se partió en dos entre sus dedos.
—Que Lucas se encargue de ellos.
En Alto Palermo, Giulia llegó justo en el último minuto.
Micaela se sorprendió al verla aparecer. Después, sus pupilas se contrajeron con fuerza y evitó mirarla a los ojos.
Su expresión mezcló decepción y culpa de una forma demasiado clara.
Cuando terminó la votación, el resultado fue exactamente el que Giulia y Micaela habían imaginado.
Con una excepción.
La diferencia fue enorme.
De tres mil parejas, más de dos tercios eligieron el diseño de Giulia.
Micaela quedó pálida, tambaleándose, como si todas las voces de alrededor se estuvieran riendo de ella.
Al ver a Giulia lista para irse, con la calma de quien acaba de ganar, apretó los dientes y la siguió.
—¡Claro que tenés una relación especial con Julián Alcázar!
Micaela se plantó frente a la silla de ruedas y le bloqueó el camino.
Sus ojos cayeron, intencionalmente, sobre Benja.
Benja sintió la malicia escondida y se adelantó con su carita seria.
—Si lastimás a Giulia, te va a ir mal.
A su edad, ya tenía algo de la autoridad de Julián.
Con lo ocurrido con Wanda tan reciente, Micaela no se animó a atacarlo. Volvió la mirada hacia Giulia.
—Hoy no perdí contra vos. Perdí contra la manipulación de Julián.
—¿No tenés vergüenza? —Soledad se adelantó antes que Giulia—. ¿Quién manipuló qué? Hace cinco años, si Giulia no se hubiera retirado del concurso, ¿vos habrías podido sobresalir?
—¿Y qué tengo que ver yo con que ella se retirara?
Soledad soltó una risa fría.
—Quién sabe. Antes de que se retirara, tu hermano Franco fue a buscarla. Delante de Tania y de mí le ofreció cinco millones para que abandonara el concurso. ¿No se lo pediste vos?
Los labios de Giulia se apretaron.
En aquel momento, después de ser rechazado, Franco la miró con una frialdad horrible y le advirtió que se iba a arrepentir.
Esa amenaza todavía la recordaba.
Poco después, ocurrió lo de la fiesta de cumpleaños de Pamela.
Giulia cerró los dedos sobre los apoyabrazos de la silla. Los nudillos se le marcaron bajo la piel fina.
—No sabía nada de eso. Jamás le pedí a mi hermano que hiciera algo así —negó Micaela enseguida—. Giulia, estamos hablando de hoy. Si no abrís la boca, ¿es porque te sentís culpable?
Giulia habló, tal como ella quería.
—Micaela, ¿solo engañándote podés recuperar confianza? ¿De verdad no sabés qué cosa presentaste hoy?
La miró con calma.
—Si querés, podemos pedirle a algunos diseñadores reconocidos que comenten ambos trabajos.
La cara de Micaela volvió a palidecer.
Una copia mediocre seguía siendo mediocre. Ninguna excusa podía convertirla en otra cosa.
Al verla quedarse muda, Giulia le dijo a Soledad:
—Vamos al auto.
Benja la siguió. Sus ojos grandes y brillantes se movieron con rapidez.
Había entendido algo.
La de los Roldán había molestado a Giulia.
Micaela se quedó quieta, mirando con odio cómo Giulia se alejaba.
Entonces, dos hombres que cargaban una placa pesada de acero pasaron junto a ella.
De golpe, a uno se le resbaló la mano.
La placa cayó y aplastó el pie izquierdo de Micaela.
Un grito desgarrador atravesó la plaza.
Giulia, Soledad y Benja se sobresaltaron y miraron hacia atrás.
Micaela estaba en el piso, agarrándose el pie, con el cuerpo doblado de una forma antinatural.
La gente se amontonó enseguida.
A Soledad le brillaron los ojos.
Le pasó a Benja el control de la silla de ruedas.
—Llevala al auto. Yo voy a comprar unos té con leche.
Al verla correr tan rápido, Giulia sonrió y negó con la cabeza.
A Soledad le encantaba mirar el caos de cerca.
Se volvió hacia Benja, que empujaba la silla con obediencia.
—Benja, no empujes más. Esperamos acá a la tía Soledad. Sos chiquito, no tenés fuerza.
Benja no aceptó.
—Sí tengo.
Para demostrarlo, empezó a empujar con esfuerzo.
—Benja es el más fuerte. Giulia, si papi vuelve a molestarte, yo lo golpeo por vos.
Giulia recordó de golpe los decenas de audios y videollamadas que no había respondido.
Le entró culpa.
Pero al pensar en la actitud de Julián, sintió que tampoco era culpa suya.
Él había alejado tanto a Benja que lo mandó con Mora. ¿Encima ella tenía que aferrarse al hijo de otra como si nada?
Además, Benja era hijo de Malena.
Ese hecho le dolía y le cerraba el pecho.
Eligió evitar el tema de la madre de Benja.
—Benja, ¿por qué vos y tu papá fueron hoy al hotel?
Benja pensó un poco.
Al final hizo un puchero y dijo la verdad.
Cuando Giulia escuchó que había dejado de comer para protestar, se le borró la sonrisa. Lo acercó y le hizo prometer que no volvería a hacer algo así.
Benja no habló.
Sus ojos húmedos la miraban sin parpadear.
Giulia casi se ablandó.
Pero no podía permitirle ese hábito.
—Benja, si no me hacés caso, no me vas a gustar más.
El nene se sintió herido.
—Pero papi no me dejaba buscarte. Y vos no me respondías.
Una sombra cruzó los ojos de Giulia.
Le acarició la cabeza.
—La tía Giulia no va a ignorarte otra vez.
Benja levantó enseguida el meñique.
—Prometido. Gancho.
Giulia recuperó la sonrisa y enganchó su dedo con el de él.
Benja quedó satisfecho.
Entonces, el chofer que Julián había dejado se acercó corriendo. Ayudó a llevar la silla hasta el auto y a subir a Giulia con cuidado.
Apenas subió, Benja abrió una notebook.
Se puso misterioso y no dejó que Giulia mirara.
Justo entonces volvió Soledad con las bebidas, feliz después de ver el espectáculo.
—A Micaela le aplastaron el pie izquierdo. Fue bastante grave.
Se acomodó en el auto y siguió:
—Supuestamente a dos obreros se les resbaló una placa de acero. Cuando llegué, ya se habían escapado. Los testigos dijeron que llevaban gorra y barbijo, nadie les vio la cara. Ahora ni siquiera van a encontrar a quién reclamarle.
—Se lo merece.
Giulia, en cambio, frunció apenas el ceño.
¿Tanta casualidad?
Lo de Micaela no parecía un accidente.
Cuarenta minutos después, el auto se detuvo frente al hospital.
Benja cerró la computadora con gesto decidido.
Trabajo terminado.
Había vengado a Giulia.