Un imperio construido sobre el control. Una atracción que amenaza con destruirlo todo.
En el piso cuarenta y dos de Vance Financial, la regla es simple: la eficiencia se premia y las emociones no existen. Alexander Vance es un CEO implacable, calculador y distante, un hombre que ha convertido su vida en un mecanismo perfecto para sepultar la culpa de un pasado oscuro y un secreto familiar que podría arruinarlo.
Elena Ross llegó a su oficina solo para pagar las deudas de su familia, pero su resiliencia y templanza la convierten en la única asistente capaz de soportar la frialdad de Vance. Sin embargo, detrás de la fachada profesional, una química sofocante e innegable comienza a desgastar las barreras de ambos.
Cuando una serie de amenazas anónimas y un juego de poder corporativo ponen en riesgo la vida de Elena, el control de Alexander se fractura. Obligados a protegerse en medio de un nido de traiciones, la línea entre la lealtad, el deseo y el peligro empieza a borrarse.
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Capitulo 5: La fisura en la armadura
El roce de sus dedos sobre la piel de Elena quemaba como un hierro candente. Elena sintió cómo la respiración se le atoraba en la garganta mientras sostenía la mirada de Alexander. La frialdad calculadora con la que él dirigía una empresa de miles de millones había desaparecido por completo, reemplazada por un apetito oscuro y primitivo que amenazaba con devorarla en esa misma sala.
—No lo estoy provocando, Alexander —susurró ella, usando su nombre de pila por primera vez sin vacilar—. Solo quiero saber si estoy a salvo de los hombres de su tío... o si debo protegerme de usted.
Un chispazo de sorpresa cruzó los ojos grises del CEO, seguido de un peligroso estrechamiento de sus pupilas. Su mano descendió desde la barbilla de Elena hasta la curva suave de su cuello, sintiendo el latido desbocado de la arteria carótida bajo la piel tibia de la joven.
—Conmigo nunca vas a estar a salvo, Elena —respondió él con la voz convertida en una raspadura grave y baja—. Porque cada segundo que pasas cerca de mí, pierdo un poco más la única regla que ha mantenido mi vida en orden.
—¿Qué regla?
—El control.
Alexander inclinó la cabeza apenas un milímetro, aproximándose a su rostro con una lentitud que rozaba la tortura. Elena cerró los ojos por instinto, esperando el impacto inevitable de sus labios, pero él se detuvo a la distancia exacta para que el aire caliente de su respiración rozara los pómulos de ella. Durante tres segundos eternos, el mundo quedó reducido al perfume intenso de Alexander y a la vibración de su pecho contra el de ella.
Entonces, con un esfuerzo de voluntad que le tensó los músculos del cuello hasta hacer que se marcaran bajo la piel, Alexander se apartó de golpe.
Dio dos pasos hacia atrás, dándole la espalda mientras respiraba de forma pesada. El silencio de la residencia volvió a caer sobre ellos como una losa pesada.
—Tu habitación está en el segundo piso, a la derecha —dijo, recuperando la voz ejecutiva y distante, aunque un leve temblor traicionaba su contención—. Hay ropa limpia en el vestidor. Julian patrullará la propiedad toda la noche. Puedes cerrar con seguro si eso te hace sentir más tranquila.
Elena se quedó de pie en medio de la estancia, con los labios entreabiertos y la piel aún erizada por el roce. Lo observó durante unos segundos: la espalda rígida de Alexander, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y la mirada fija en el ventanal nocturno. Sabía que volver a la seguridad del profesionalismo era la decisión más sensata, pero el abismo entre ambos ya se había abierto.
—Buenas noches, señor Vance —murmuró ella, girando sobre sus talones para dirigirse a las escaleras de mármol.
—Elena —la llamó él justo antes de que pisara el primer escalón.
Ella se detuvo y miró sobre su hombro.
—Si escuchas cualquier ruido extraño... no salgas. Llámame a mí.
—Lo haré.
La habitación del segundo piso era una suite espaciosa decorada en tonos grises y blancos, con una cama extragrande y un ventanal que daba directamente al bosque privado que rodeaba la finca.
Elena se douchó con agua caliente para quitarse de encima el frío de la noche y la tensión acumulada tras el tiroteo en el estacionamiento. Se vistió con una camiseta de algodón gris que encontró en el armario —demasiado grande para ella, que olía inconfundiblemente al jabón neutro de Alexander— y se echó en la cama. Sin embargo, el sueño se negó a llegar. Cada vez que cerraba los ojos, revivía la presión de la mano de Alexander en su cuello y la forma en que sus ojos grises la devoraban en la oscuridad.
A las tres de la mañana, sofocada por la inquietud, Elena decidió bajar a la cocina por un vaso de agua.
Caminó descalza por el pasillo del segundo piso. Al pasar frente al despacho de la residencia, notó una franja de luz dorada colándose por debajo de la puerta de madera maciza. El sonido de teclas presionándose de forma rítmica rompía el silencio de la madrugada.
Elena empujó la puerta ligeramente.
El despacho estaba sumido en una penumbra suave, iluminado solo por la lámpara de pie de la esquina y la luz de tres monitores. Alexander estaba sentado tras un escritorio de cristal. Se había quitado la camisa blanca y vestía solo un pantalón de chándal oscuro. A la luz tenue, Elena pudo apreciar por primera vez la figura atlética del hombre: la espalda ancha, los músculos marcados de los hombros y los brazos, y una larga cicatriz pálida que le cruzaba el homoplato izquierdo, bajando en diagonal hacia las costillas.
Un mapa de trauma físico que coincidía perfectamente con la historia del accidente de auto de hace cinco años.
Sobre la mesa, junto a un vaso de whisky con hielo a medio consumir, descansaba una gruesa carpeta de cuero raído con el sello oficial de la fiscalía.
—Se supone que deberías estar durmiendo —dijo Alexander sin levantar la vista de las pantallas.
Elena dio un paso al interior, ajustándose la camiseta holgada sobre los muslos.
—No puedo dormir. Y veo que usted tampoco.
Alexander soltó un suspiro cansado y se reclinó en el sillón de piel. Se pasó la mano por el rostro, despeinando aún más su cabello oscuro. Parecía exhausto, vulnerable de una forma que jamás habría permitido en el piso cuarenta y dos del edificio corporativo.
—El insomnio es un viejo compañero —murmuró, señalando con la cabeza la carpeta sobre la mesa—. Especialmente cuando los fantasmas deciden hacer ruido.
Elena se acercó despacio, manteniendo una distancia prudente. Sus ojos se posaron en la portada de la carpeta. En letras doradas y desgastadas se leía: Expediente 404-B: Caso Gabriel Vance.
—¿Es el archivo que Marcus quiere destruir? —preguntó suavemente.
Alexander miró el expediente y luego levantó los ojos hacia ella. La frialdad habitual de su mirada había dejado paso a un dolor profundo y antiguo, una carga pesada que el CEO llevaba a cuestas en absoluta soledad.
—Este archivo no contiene solo las desviaciones de fondos de mi tío —dijo Alexander con la voz rasposa—. Contiene el peritaje de la autopsia de Gabriel. La prueba irrefutable de que cuando el auto cayó al río... mi hermano no murió por el impacto ni por ahogamiento.
Elena ahogó un gesto de horror.
—¿De qué murió?
Alexander tomó el vaso de whisky, haciendo girar el hielo antes de responder en un susurro que heló la sangre de Elena.
—Tenía un disparo en el tórax. Alguien le disparó antes de que saliéramos a la carretera esa noche. Y mi tío pagó al forense para que archivara el caso como un simple accidente por conducir ebrio.