Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 19
Irina llegó al imponente rascacielos de la Textilera Galo con la mandíbula tensa y la mirada fija. Al cruzar el vestíbulo principal, ya no le importaban las miradas de los empleados ni los chismes que se pudieran haber filtrado sobre la auditoría de la tarde anterior. Subió en el ascensor directo al piso de diseño, pero ni siquiera se molestó en pasar por su cubículo. Con la carpeta de sus documentos en una mano y una determinación de hierro, caminó a paso firme por el pasillo del ala ejecutiva.
La secretaria de Damian levantó la vista de inmediato, abriendo la boca para detenerla al ver la urgencia con la que se aproximaba.
—Señorita Duarte, aguarde. El señor Galo está por entrar a una reunión con los proveedores de...
—Necesito verlo ahora —la interrumpió Irina con una voz tan gélida y categórica que la secretaria se quedó muda.
Sin esperar invitación, Irina empujó las pesadas puertas dobles y entró a la oficina presidencial.
Damian estaba de pie junto al gran ventanal, abrochándose los botones de los puños de su camisa oscura. Al escuchar la irrupción, se giró con el ceño fruncido, listo para imponer su autoridad de Alfa, pero su expresión cambió al instante en que sus ojos oscuros se clavaron en el rostro de Irina. Su aroma a sándalo y tormenta captó de inmediato la vibración de angustia y adrenalina que la humana desprendía, a pesar de la máscara de fortaleza que llevaba puesta.
—Duarte... —murmuró Damian con su barítono rasposo, dando un paso hacia ella—. Llegas tarde. ¿Qué pasa? Tienes el rostro pálido.
Irina cerró la puerta a sus espaldas, caminó hasta el escritorio de cristal negro y dejó caer la carpeta sobre él, plantándose frente al Alfa supremo sin un solo rastro de timidez.
—Señor Galo, directo al grano —declaró Irina, obligando a su voz a no temblar—. Necesito un adelanto financiero de manera inmediata. Una suma considerable. Sé perfectamente el valor de la campaña de otoño que diseñé, sé lo que va a recaudar la textilera y sé lo que mi talento le está ahorrando a su empresa en este momento.
Damian la observó en silencio, cruzándose de brazos de manera lenta. Sus pupilas se dilataron, analizando cada milímetro de la postura de la joven. Esperaba cualquier cosa de ella —una réplica mordaz por lo de Vittoria, una queja sobre su suegro—, pero no una exigencia económica directa y tan desesperada.
—¿Un adelanto? —repitió Damian, manteniendo un tono controlado pero incisivo—. El departamento de finanzas tiene protocolos estrictos para los pasantes, Irina. E incluso para un diseñador de planta, una solicitud de ese calibre requiere meses de aprobación. ¿Para qué necesitas tanto dinero de la noche a la mañana?
—Mi vida privada no es de su incumbencia, señor Galo —replicó ella con orgullo, sosteniéndole la mirada con firmeza—. Solo necesito saber si el "dueño y señor de la textilera" tiene el poder real de liberar esos fondos hoy mismo para la diseñadora que le va a salvar la temporada, o si tengo que buscar a alguien que valore mi trabajo con más rapidez.
La mención indirecta a la competencia y el desafío directo a su poder hicieron que la mandíbula de Damian se tensara al instante. Dio dos pasos largos, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros de ella, envolviéndola con su imponente presencia territorial.
—No me amenaces con Antonio en mi propia oficina, Irina —advirtió Damian en un susurro peligroso y bajo, sus ojos brillando con ese fuego salvaje—. Sabes perfectamente que puedo darte la cantidad de dinero que me pidas con solo firmar un cheque personal. Pero no soy un cajero automático. Quiero saber qué te tiene en este estado. Tu aroma te delata; estás aterrada.
Irina sintió que el muro que había construido esa mañana amenazaba con agrietarse ante la abrumadora cercanía del Alfa. Apretó los puños, tragando saliva con dificultad mientras la imagen de su padre grave en el hospital extranjero la obligaba a dejar de lado, por primera vez, una parte de su orgullo.
—Mi papá... —soltó Irina, y su voz se quebró apenas un milisegundo antes de recuperar la rigidez—. Tuvo un accidente grave fuera del país. Está en una situación crítica y los ahorros de mi familia están bloqueados por la burocracia bancaria. Necesito el dinero hoy para pagar un avión médico y traerlo a Roma para que lo operen de urgencia. No tengo tres días, señor Galo. Lo necesito ahora. Si me da ese adelanto, le firmo exclusividad absoluta por las próximas temporadas si así lo desea. No me importa. Solo salve a mi padre.
Damian se quedó completamente inmóvil. La furia territorial y el orgullo corporativo desaparecieron de sus ojos, reemplazados por una seriedad absoluta. Miró fijamente la desesperación real en los ojos oscuros de la humana, entendiendo por fin el peso de la tormenta que ella estaba cargando sola.
Damian caminó a paso rápido hacia la puerta de la oficina. Miró hacia el pasillo exterior y se aseguró de que estuviese bien cerrada, girando el pasador con un clic rotundo. Luego, regresó de inmediato hacia ella, la tomó entre sus brazos con una firmeza protectora y la abrazó con fuerza.
En ese instante, todo el muro de resistencia que Irina había construido se derrumbó por completo. Se aferró a él, escondiendo el rostro en su pecho, y comenzó a llorar desesperada, con un nudo en la garganta alojándose con tanta fuerza que se sentía a punto de acabar con ella. Damian cerró los ojos con fuerza tras sentir el profundo dolor de Irina, apretándola contra su cuerpo mientras dejaba que se desahogara.
—Por favor, ayúdame... No sé qué voy a hacer —dijo ella en un hilo de voz, con el pecho sacudido por los sollozos.
Damian, sin soltarla, subió sus manos grandes con delicadeza hasta ponerlas sobre el rostro de ella, obligándola a mirarlo.
—Tranquila, yo te voy a ayudar —dijo él con una seguridad absoluta en su voz—. Siéntate.
Le indicó el cómodo sofá de la oficina y se alejó un poco de Irina. Caminó hacia la entrada y abrió la puerta de su oficina.
—Carmen, reprograma la reunión o envía al director ejecutivo por mí. Que nadie me moleste ahora —dio la orden inmediata a su secretaria, con un tono gélido que no admitía preguntas.
Luego, cerró la puerta detrás de él y le echó el seguro para asegurar una privacidad absoluta. Se dirigió a su mini nevera, sacó una botella de agua fresca y regresó al lado de la joven.
—Bebe un poco de agua —dijo él, entregándole la botella.
Irina la tomó con manos temblorosas y, mientras daba un sorbo, Damian se sentó a su lado para luego acariciar con suavidad las mejillas enrojecidas de Irina, limpiando el rastro de las lágrimas con sus pulgares.
—Gracias —dijo ella, recuperando un poco el aliento, aunque su respiración seguía entrecortada.
—Dame los detalles, voy a movilizarme ahora mismo para que puedan traer a tu padre cuanto antes —dijo él, con esa postura de líder resolutivo que no iba a permitir que nada saliera mal.
Irina miró su teléfono, dándose cuenta de la cantidad de cabos sueltos que aún quedaban debido al pánico del momento.
—Debo llamar a mi mamá... No sé en qué hospital están exactamente o qué más necesita —dijo ella, con la mirada fija en la pantalla.
—Llámala, y ponla en altavoz —dijo él, cruzándose de brazos y prestando toda su atención, listo para activar de inmediato todos los recursos y contactos de su imperio.