💕 Descripción
Esta historia comienza con dos jóvenes que jamás imaginaron que llegarían a cambiar sus vidas. Ella es una chica de buen corazón, alegre y soñadora, pero sus compañeros constantemente se burlan de ella por su cuerpo y la hacen sentir insegura. Cada comentario termina afectando su autoestima, hasta que aparece él, un joven que comienza a enamorarse sinceramente de ella. Para él, su apariencia no define su valor. Siempre busca recordarle lo bonita, especial y valiosa que es, animándola a creer más en sí misma. Poco a poco, ella descubrirá que merece ser querida, respetada y feliz, mientras ambos construyen una hermosa historia de amor.
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Capítulo 14:Mi felicidad por salir con Damián
Valentina
Al día siguiente me desperté con una emoción que no podía explicar. Apenas abrí los ojos recordé que tenía planes con Damián y sentí una sonrisa aparecer en mi rostro.
Bajé a la sala todavía con mi ropa de dormir. Ni siquiera me había cambiado. Estaba tan emocionada que lo único que quería era contarle a mi tía.
Cuando llegué a la sala, ella estaba preparando el desayuno.
—Mi patico, buenos días.
—Buenos días, tía.
Mi tía me miró detenidamente y sonrió.
—¿Y esa cara, mi patico?
—¿Qué cara? —pregunté haciéndome la desentendida.
—Esa cara de felicidad. ¡Ay, mija! Se te nota desde lejos.
Me senté en la mesa.
—Ay, tía, qué cara.
—No me vengas con cuentos. Esa mija te ve tan ilusionada que hasta parece que hoy te ganaste la lotería.
Me dio pena y comencé a reír.
—¡Ay, tía!
—Bueno, bueno, no digo más. Pero primero desayuna.
Mi tía me sirvió el desayuno y puso el plato frente a mí.
—Come, mi patico. Después vas a estar corriendo de un lado para otro y se te va a olvidar.
—Gracias, tía.
Comencé a desayunar mientras pensaba en la salida.
Yo quería verme bonita.
No porque tuviera que demostrarle nada a nadie, sino porque simplemente me hacía ilusión arreglarme para una ocasión especial.
De repente, mi teléfono comenzó a sonar sobre la mesa.
Riiin, riiin...
Miré la pantalla.
Era Damián.
Sentí un cosquilleo de emoción y contesté rápidamente.
—¿Aló?
—Hola, mi gordita hermosa. ¿Cómo amaneciste?
Sonreí.
—Bien, Damián. ¿Y tú?
—Bien también. Pero te digo algo: estoy deseando verte.
—Ay, tú sí eres...
—¿Qué?
—Nada, nada.
Él se rio.
—¿Ya le pudiste permiso a tu tía?
Miré a mi tía.
—En eso estoy.
—Bueno, pregúntale y me cuentas.
—Espera.
Aparté un poquito el teléfono de mi oído.
—Tía.
—¿Qué pasó, mi patico?
—¿Puedo salir hoy?
Mi tía me miró con una sonrisa.
—Claro que sí, mija.
—¿Sí?
—Sí. Pero me avisas dónde vas a estar y me mantienes el celular prendido.
—Claro, tía.
Me puse nuevamente el teléfono en el oído.
—Damián.
—¿Sí?
—Dijo que sí.
—¡Qué bueno, pues!
—Entonces sí podemos ir.
—Perfecto. ¿A qué hora te recojo?
Miré el reloj.
—¿Te parece a las dos de la tarde?
—A las dos está perfecto.
—Bueno.
—Entonces paso por ti a esa hora.
—Listo.
—Nos vemos después, bonita.
—Nos vemos, Damián.
—Cuídate.
—Tú también.
Colgué y dejé el teléfono sobre la mesa.
Mi tía me miró con una sonrisa.
—¿Y esa felicidad?
—Tía...
—Yo no estoy diciendo nada, mija.
Las dos comenzamos a reír.
—Hace rato no te veía así —dijo ella.
Bajé la mirada.
—Es que me gusta hablar con él.
—Eso está bien. Pero acuérdate de algo.
—¿Qué?
—No tienes que cambiar nada de ti para que alguien te quiera.
La miré y sonreí.
—Lo sé.
—Y si ese muchacho quiere conocerte, que te conozca tal como eres.
—Sí, tía.
Terminé de desayunar y subí rápidamente a mi habitación.
Miré el reloj.
Todavía faltaban varias horas para las dos.
—Ay, Dios mío —murmuré—. ¿Por qué el tiempo pasa tan lento?
Abrí mi clóset y comencé a pensar qué podía ponerme.
Quería algo bonito, pero también cómodo.
Mientras buscaba mi ropa, no podía dejar de sonreír.
Recordé la llamada de la noche anterior.
Recordé cómo Damián había logrado hacerme reír.
Y ahora iba a verlo fuera del instituto.
No sabía exactamente qué iba a pasar entre nosotros.
Tal vez solamente sería una salida al cine.
Tal vez hablaríamos, comeríamos algo y regresaríamos a casa.
Pero para mí ya era especial.
Porque después de tantos días difíciles, por fin tenía algo que esperar con ilusión.
Miré nuevamente el reloj.
Las dos de la tarde todavía parecían lejísimas.
—Vamos, tiempo, apúrate —dije riéndome.
Y seguí buscando qué ponerme para aquella salida que llevaba toda la mañana esperando.