Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.
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Alto ahí... Yo me opongo
El gran salón del palacio Paccioli respiraba opulencia y amenaza a partes iguales: seda carmesí pesada, candelabros de plata que amenazaban con hundir el techo, y un aire denso, cargado de incienso caro y de la traición que siempre acompaña a herencias de siete cifras. En el estrado, el Duque Alessandro Paccioli —cuya mirada era capaz de congelar el Mediterráneo en pleno agosto— se aclaró la garganta.
—Ante la falta de una descendencia legítima directa —su voz resonó como una sentencia dictada en voz baja—, nombraré hoy a quien portará mi estandarte.
A su derecha, Raffaele Paccioli infló el pecho como un pavo real con indigestión, imitando la postura de un emperador sin entender el peso de la corona. Al otro lado, Lucrezia Moretti sostenía un pañuelo de encaje contra sus labios, fingiendo una emoción tan pura que resultaba insultante. Ya se veía reinando sobre los restos del imperio comercial de la abuela Isabella.
Entonces las puertas dobles se estrellaron contra las paredes con un estruendo que hizo saltar las pelucas de los condes más ancianos.
Antonia Tony Paccioli avanzó por la alfombra con la seguridad de quien sabe exactamente dónde está enterrado cada cuerpo en ese lugar. Su mente, sin embargo, procesaba la escena con un aburrimiento letal.
«Vaya. Entrada triunfal justo a tiempo. Cliché número uno, sin descuentos», pensó, conteniendo un bostezo. «El Duque siempre anuncia lo más importante tres segundos antes de que la protagonista cruce el umbral. Estadísticamente imposible. Narrativamente obligatorio».
Se detuvo frente al estrado. Alessandro bajó los escalones con una lentitud calculada para aterrorizar.
—¿Quién se atreve a interrumpir esta ceremonia? —rugió.
Tony se bajó la capucha. Su rostro resplandeció bajo las velas. No se arrodilló. No lloró buscando un instinto paternal que nadie tenía.
—He venido a reclamar lo que es mío —dijo.
—¡Es una insolencia! —Raffaele dio un paso al frente, rojo de indignación—. Yo soy el hijo del Duque. ¿Quién eres tú, campesina?
Tony lo miró con lástima infinita. «El medio hermano inepto. Tropo clásico. Tan mal escrito que me dan ganas de darle propina para que mejore sus líneas».
—Soy Antonia Paccioli, única hija legítima de este ducado y heredera universal de la fortuna Benedetti —su voz fue clara, cortante—. Y tú, Raffaele, deberías revisar la postura. Pareces un actor de reparto que se olvidó el guion.
Lucrezia se acercó con los ojos empañados, la voz dulce como veneno diluido.
—¡Pobre alma errante! Seguramente la pobreza la ha llevado a este delirio. Duque, no sea duro con ella: el hambre ha nublado su juicio.
«Diagnóstico gratuito de locura antes de ofrecer veneno. Cliché 101», pensó Tony.
—Lucrezia, guarda el teatro para el confesor —la cortó—. Sé que te duele ver cómo tu estatus de «heredera provisional» se desvanece. Pero podrías intentar ser original. Ese tono de mártir ofendida es tan predecible que duele.
Alessandro se detuvo a un palmo de ella.
—¿Tienes pruebas, mujer?
Tony sacó un sobre lacrado con el sello de Isabella Benedetti.
—Tengo el testamento original, verificado en Roma. Si no me reconoces antes de medianoche, todo el patrimonio mercantil que sostiene este ducado pasará automáticamente al Vaticano. Isabella siempre fue precavida ante la incompetencia familiar.
El Duque se quedó rígido. Miró el sello, luego a Raffaele.
—Entonces he alimentado un error contable durante veinte años —murmuró, y su frialdad heló la sangre de todos los presentes.
—¡Es falso! ¡Es una impostora! —Raffaele se lanzó a arrebatarle el papel.
Tony se movió con la calma de quien ya vio esta escena mil veces. Esquivó el empujón con un simple paso lateral. Raffaele tropezó con su propia capa y cayó de cara contra una bandeja de canapés de esturión. El estruendo de plata contra el suelo fue seguido por un silencio sepulcral, solo roto por el sonido del muchacho escupiendo pescado.
Lucrezia vio su oportunidad. Se lanzó hacia Tony con las manos extendidas, fingiendo un tropiezo dramático.
—¡Oh, qué horror! —chilló.
Tony ni siquiera se giró. Dio un paso atrás en el instante exacto. Lucrezia, llevada por su propio impulso, voló directamente contra la mesa de postres y desapareció bajo una torre de profiteroles y crema pastelera. Su peinado, su dignidad y su plan quedaron aplastados por el dulce.
Tony observó el desastre con una ceja levantada.
—Regla 44 de ChicleFM: las hermanas lloronas suelen envenenar la sopa, pero son pésimas calculando trayectorias de caída —dijo en voz alta—. Deberías practicar el centro de gravedad, Lucrezia. El dulce no te sienta bien.
La corte estalló en murmullos y risas contenidas. Tony subió al estrado, ignorando a los nobles.
—Sé lo que piensan —su voz llenó el salón—. Creen que soy una huérfana asustada buscando protección. Creen que pueden usarme, casarme con el primer noble con deudas de juego. Se equivocan. He vuelto para patear el tablero y quemar las piezas. No vine a sobrevivir a esta historia de amor y traición. Vine a hacerle la autopsia a cada uno de sus patéticos clichés.
Alessandro soltó una risa corta y seca.
—Parece que el linaje Paccioli ha recuperado su veneno. Antonia, veremos cuánto te dura la valentía cuando el sol se ponga.
Tony caminó hacia la salida, esquivando a los criados que intentaban limpiar la crema de la cara de Lucrezia. Estaba a punto de cruzar el umbral cuando una voz profunda y aterciopelada descendió desde el balcón, deteniéndola en seco.
—Interesante.
Tony cerró los ojos un segundo. Reconocía ese tono. Era el sonido de un problema de cinco mil páginas.
«Regla 22 de ChicleFM: si una voz misteriosa desde las sombras te llama «interesante», corre. No camines. Corre».
Levantó la vista. Allí, envuelto en una capa de terciopelo negro que parecía absorber la luz de las velas, estaba Dante Monteverdi. La observaba con una sonrisa gélida.
—Bienvenida a casa, Antonia —dijo—. Espero que estés lista para lo que sigue.
Tony lo miró a los ojos, sin rastro de la timidez que el género exigía.
—Espero que tú estés listo, Monteverdi —respondió, fría y clara—. Porque las autopsias suelen ser muy sucias para los que se creen intocables.
Salió del salón. Dejaba atrás una corte en caos, un Duque confundido, una rival empastelada… y a un Duque Helado cuya curiosidad acababa de volverse letal.
Había ganado el primer tropo. Pero al despertar a él, acababa de perder la tranquilidad.
La guerra contra lo predecible apenas comenzaba.
La victoria total, es el inicio de algo más peligroso