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ARE YOU CRAZY MEN? Esta Villana No Acepta Su Destino

ARE YOU CRAZY MEN? Esta Villana No Acepta Su Destino

Status: Terminada
Genre:Villana / Mujer poderosa / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.

Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.

Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.

Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.

Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.

Esta vez, la historia terminará de otra manera.

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El umbral y la tormenta

El sol se hundía entre las montañas, tiñendo la nieve de un rojo profundo, como si la tierra misma estuviera sangrando. Las puertas de la fortaleza se abrieron de par en par, y el viento helado aulló hacia el interior, como si el invierno quisiera arrastrarse adentro. Elara caminó hacia el umbral, erguida, sin mirar atrás. Sabía que nadie la seguiría. Sabía que, para los que la miraban desde los balcones y las almenas, ella ya era algo del pasado: un error, un precio, una carga que por fin dejaban caer.

Valerius la esperaba al otro lado, montado en un caballo negro, con la armadura dorada brillando entre la nieve. Su sonrisa era fría, perfecta, la de quien ha ganado antes de que la lucha termine. A su lado, dos soldados sostenían unas cadenas de hierro. No eran para un prisionero de honor. Eran para algo menos que eso.

—Por fin —dijo él, con voz que llevaba el viento hasta todos los oídos—. La causante de toda esta locura. La muchacha que creyó poder desafiar al Imperio. Lleváosla. Que todos vean lo que le ocurre a quien se atreve a ser más que lo que se le permite.

Elara puso un pie fuera. El aire era más frío allí, como si el mundo mismo rechazara su presencia. Iba a dar el segundo paso, el que la separaría para siempre de los suyos, cuando algo sucedió. Algo que no estaba en el libro. Algo que nadie esperaba.

Un sonido bajo, profundo, retumbó en el suelo antes de llegar a los oídos. Un trueno que no venía del cielo, sino de la tierra misma. Valerius frunció el ceño, mirando a su alrededor. Los soldados imperiales se inquietaron, mirando las montañas. Y entonces, lo vieron todos.

Desde el desfiladero del norte, apareció una columna de jinetes. No eran cientos. Eran miles, con estandartes que ondeaban al viento, negros con un lobo de plata en el centro. Cabalgaban sin prisa, pero sin detenerse, cerrando el paso de retirada al ejército imperial. Y al frente, con el caballo blanco cubierto de escarcha, venía Darien. No estaba solo. A su lado, los jefes de los clanes que todos creían muertos. El Clan Halcón. El Clan del Río. Los que el Imperio juró haber masacrado.

—¿Qué… qué es esto? —balbuceó Valerius, palideciendo mientras miraba cómo los jinetes rodeaban su campamento, cerrando cualquier salida.

—Lo que pedisteis —dijo una voz desde lo alto de la puerta—. Una cabeza. Pero no la de una muchacha. La de tu ejército.

Todos levantaron la vista. Elara se había detenido justo en el umbral. No había salido del todo. No había cruzado al otro lado. Se giró lentamente hacia los que la esperaban para entregarla, y en su mirada ya no había tristeza ni resignación. Había algo más. Algo que heló la sangre de quienes la miraban.

—Sabía que vendríais por mí hoy —dijo, con voz que llegó hasta el último rincón del patio—. Sabía que el ultimátum llegaría al vigésimo día. Sabía que elegiríais entregarme. Porque el miedo es fuerte, y el hambre nubla la razón. Por eso envié a Darien no solo a buscar aliados… sino a ganar tiempo. A ocultarse en las montañas hasta que el momento fuera justo. Hoy, cuando el Imperio cree que hemos caído, es cuando caen ellos. Porque su arrogancia los hizo creer que no teníamos nada más que nuestra fortaleza. Pero no sabían que teníamos algo más fuerte: paciencia. Y la certeza de que la traición siempre cobra su precio.

Darien levantó la espada, y el grito de guerra de los clanes aliados rasgó el cielo. El ejército imperial, atrapado entre la fortaleza y los jinetes, perdió el orden en segundos. Valerius gritó órdenes que nadie escuchaba, intentando reorganizar a sus hombres, pero ya era demasiado tarde. Las puertas de la fortaleza se abrieron por completo. Rian salió al frente con los guerreros del clan, y el choque fue inevitable.

En medio de la batalla, Elara seguía de pie en el umbral. No había tomado una espada. No había corrido. Solo había esperado. Y cuando la vio a su lado, Lady Mira entendió de golpe todo: las raciones, los veinte días, el silencio ante las acusaciones, la aceptación de la sentencia. No se había entregado. Se había convertido en el cebo. Había dejado que el Imperio creyera que ganaba, para que bajaran la guardia. Y los suyos, sin saberlo, habían jugado su parte al entregarla. Porque el enemigo nunca hubiera bajado la guardia si hubiera creído que aún tenían esperanza.

—¡Elara! —Rian llegó hasta ella, con la espada manchada de sangre, los ojos brillantes de fuego y alivio—. ¡Entra! ¡No te muevas de aquí!

—No —respondió ella, mirando a Valerius, que intentaba huir hacia el bosque—. Él no debe escapar. Que vea lo que es perder. Que vea que el destino que él creyó escribir para nosotros… es el suyo propio.

Rian asintió y corrió hacia el noble. La batalla fue corta pero brutal. Los imperiales, atrapados y sin liderazgo, se rindieron o cayeron. Cuando el sol terminó de ocultarse, el campo de batalla estaba cubierto de nieve, acero y silencio. Valerius estaba prisionero. El ejército del Imperio, derrotado.

En el patio de la fortaleza, todos se reunieron. Los que horas antes habían votado entregarla, ahora la miraban con una mezcla de asombro, vergüenza y temor. No era solo que hubieran ganado. Era que ella lo había planeado todo. Desde el principio. Cada paso, cada día, cada palabra. Había permitido que la culparan, que la condenaran, que la llevaran a la puerta… todo para que el enemigo bajara la guardia. Y lo había logrado sin levantar la voz, sin empuñar una espada, solo con saber. Con ver más allá.

Lord Kael se acercó a ella, destrozado por el dolor y la gratitud. Quiso hablar, pedir perdón, pero ella levantó una mano suavemente.

—No hay culpa —dijo—. Hicisteis lo que creíste correcto. El miedo no es cobardía. Es humano. Pero ahora sabemos algo más: que cuando estamos unidos, somos más fuertes que cualquier ejército. Y que el destino no es algo que nos pasa. Es algo que construimos, incluso cuando duele.

Esa noche, encendieron hogueras que iluminaron la nieve hasta el amanecer. Comieron caliente, descansaron, celebraron. Pero Elara no se unió a la fiesta. Subió a la torre más alta y miró hacia las montañas, donde el Imperio aún tenía poder, donde la guerra no había terminado. Sabía que la victoria de hoy era solo el comienzo. Que el Emperador no perdonaría esta derrota. Que volvería con más fuerza. Pero también sabía algo más: ya no estaban solos. Los clanes estaban con ellos. Los suyos la seguían. Y ella, la muchacha que había cruzado las páginas de un libro para llegar aquí, había reescrito el final. No el final que estaba escrito. El final que merecían.

Desde la sombra, Darien la miró y sonrió.

—Cambiaste todo —dijo, llegando a su lado—. El libro que leíste… nada de esto estaba ahí, ¿verdad?

Elara miró hacia el horizonte oscuro, donde las estrellas empezaban a brillar sobre la nieve.

—No —susurró—. El final original era triste. Todos morían. El nombre de Licano desaparecía. Pero yo no vine aquí para repetirlo. Vine para cambiarlo. Y lo hice. No porque fuera fácil. Sino porque ellos valían la pena.

—¿Y ahora qué? —preguntó él.

Ella sonrió, y esa sonrisa ya no era fría ni dura. Era cálida, llena de propósito.

—Ahora escribimos la historia que sigue. Y esta vez… la escribimos nosotros.

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