Camila Hale murió sola, enferma y despreciada por la familia que jamás la reconoció como una verdadera Hale. Pero tres meses después, despierta con un cuerpo sano y una segunda oportunidad que nadie podrá arrebatarle. Lo que no esperaba era ser enterrada viva nuevamente por aquellos que creían haberla eliminado para siempre.
Ahora Camila ha regresado distinta. Ya no teme a la muerte y está decidida a descubrir quién la asesinó y por qué. Mientras enfrenta a su cruel hermano Alexander, a su padre Félix y a la manipuladora Úrsula Vance, descubre un secreto mucho más peligroso: los Hale pertenecen a una organización conocida como el Escorpión Rojo.
Cuando el comandante Mark Ruan aparece en su vida, Camila encuentra un inesperado aliado… y quizá algo más.
Entre conspiraciones, traiciones y enemigos ocultos, deberá luchar para salvarse, destruir para siempre la red y cambiar el destino de un país entero.
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Entre la advertencia y la trampa
Puente entre el encuentro con Félix y la siguiente fase. Sin transmisores bidireccionales, sin escuchas del otro lado. Solo lo que cada uno siente y decide en la oscuridad.
Camila caminó por el pasillo en penumbra, con el corazón golpeándole desbocado. Las palabras de su padre resonaban en su cabeza, mezcladas con el tono de su voz: terror, no crueldad. No tuve elección… Si no cumplimos, morimos… Se detuvo junto a una ventana y miró la luna entre las nubes. ¿Era una advertencia sincera? ¿O era otra capa del engaño?
—¿Dudas de él? —susurró una voz suave a su lado.
Se giró de golpe. Era Elena Shang, que llevaba una bandeja con medicinas, de guardia esa noche. Se acercó despacio, con expresión seria.
—Vi salir a Félix del despacho. Te vi la cara. Te dijo algo que te hizo dudar.
—Me advirtió que huyera —confesó Camila, con la voz quebrada—. Dijo que si nos quedamos, moriremos los dos. Pero también escuché cómo ordenaba adelantar el plan para eliminarnos. No sé si me salvaba o si me tendía una trampa.
Elena bajó la voz, mirando a ambos lados antes de hablar:
—Félix Hale es un hombre roto. Lo conozco desde joven. El Escorpión Rojo no solo le dio poder: le tomó todo. Su familia, su libertad, su conciencia. Cuando su padre lo inició en la red, no le dieron opción. Ahora vive entre el miedo a desobedecer y el remordimiento de todo lo que ha hecho. Quizás esta vez, por un instante, habló como padre, no como miembro del Consejo. Pero eso no lo hace menos peligroso.
—¿Debo creerle? —preguntó Camila.
—Debes prepararte —respondió la doctora con firmeza—. Si planean adelantar el ataque, no esperarán a la boda. Las próximas horas son críticas. Toma esto —le entregó un frasco pequeño—. Es un sedante fuerte, de acción rápida. Si te obligan a beber algo, si te sientes mareada, tómalo. Y dáselo a Mark también. No confíes en nadie, ni siquiera en los sirvientes de confianza. Ya hay infiltrados en todas partes.
Camila guardó el frasco.
—¿Y tú? ¿No tienes miedo de ayudarnos? Si te descubren…
—Ya les ayudé demasiado callándome durante años —respondió Elena con una sombra de tristeza—. Si puedo salvar al menos dos vidas, quizás redima algo de lo que callé. Pero vete. Si nos ven juntos, ambos estaremos muertos.
Camila asintió y se marchó hacia su habitación. Al entrar, encendió la luz y vio algo que la heló: sobre la almohada, una nota escrita con tinta negra, letra temblorosa:
Huyan esta noche. No esperen. La orden ya fue dada. No puedo detenerlo. Perdón.
No tenía firma, pero Camila reconoció la caligrafía torpe que Félix usaba en las notas breves que dejaba sobre la mesa. Era suyo. La nota temblaba en su mano. Le había dicho la verdad. Y al mismo tiempo, no podía detener lo que él mismo había ordenado. Estaba atrapado entre dos fuegos, sin salida.
Se sentó al borde de la cama, pensando rápido. Mark necesitaba saberlo, pero no podía ir a su casa sin ser vista. Sacó el teléfono, pero estaba sin señal. Lo bloquearon. Se acercó a la ventana y miró hacia la colina donde brillaban las luces de la residencia Ruan. No podía esperar.
Tomó su abrigo, dejó la nota en un cajón y salió de la habitación. Bajó por la escalera de servicio, evitando las cámaras y los pasillos principales. Al llegar a la puerta trasera, una figura se interpuso en su camino. Era Alexander, de pie en la sombra, con los brazos cruzados.
—¿A dónde vas tan de noche, hermana muerta? —dijo con voz burlona, pero sin acercarse—. ¿A contarle cuentos a tu esposo?
—Tengo cosas que hacer —respondió ella sin detenerse—. Quítate.
—No te lo permitiré —dijo él, dando un paso al frente—. Papá dice que no salgas de la casa hasta que llegue el momento. Eres demasiado valiosa para perderte ahora.
Camila lo miró a los ojos y vio algo que no esperaba: duda. No era seguridad lo que lo sostenía, era obediencia.
—¿Sabes lo que van a hacer, Alexander? ¿Que te usarán a ti también? Úrsula te ve como una herramienta. Cuando no seas útil, te eliminarán. El escorpión no perdona a nadie, ni siquiera a los suyos.
—¡Cállate! —gritó él, aunque su voz tembló—. No sabes de lo que hablas. Yo soy el heredero. Yo soy el brazo de la organización.
—Eres un peón —lo cortó ella con frialdad—. Igual que yo. Solo que tú no lo quieres ver. Mírate —señaló su antebrazo—. Ese tatuaje no es honor. Es una cadena. Y ellos ya están apretándola.
Alexander se quedó callado, apretando el puño sobre el tatuaje, como si le doliera. En ese instante, Camila pasó a su lado y salió por la puerta. Él no la detuvo. Se quedó solo en la oscuridad, mirándose la mano, con una duda que empezaba a carcomerlo por dentro.
Mientras tanto, en el despacho de la residencia Ruan, Mark revisaba documentos. Algo no encajaba: el teléfono de Camila no tenía señal, y el último mensaje que le había enviado horas antes no había sido leído. Sabía que algo andaba mal. No esperó más.
Llamó a su asistente, con voz firme y decidida:
—Preparen el coche. Vamos a la mansión Hale. No esperaré a que ella venga. Si algo se ha adelantado, también lo haremos nosotros. Y asegúrense de que nadie nos siga. Esta noche se decide quién cae y quién sobrevive.
Giró su silla hacia la ventana, mirando la luna. No sabía de la nota, ni de la advertencia de Félix, ni de la duda de Alexander. Solo sabía que el tiempo se agotaba, y que no dejaría a Camila sola en esa casa llena de sombras.
Okey murieron juntos me imagino que de vejez de igual felicidades por tu historia gracias .🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹