A pocos días de su boda, Valentina descubre que su hermana está embarazada de su prometido y que su familia apoyaba esa infidelidad. Valentina no lloro, no grito, no reclamo, solo hizo las maletas y salió de esa casa donde siempre ha sido la que sobra.
Pero justo cuando ella creía estar sola, aparece en su vida Mateo Alcázar, el hermano mayor de su ex prometido. Mateo siempre llega en el momento justo cuando ella necesita respaldo y para poder protegerla de todo lo que está por venir, Mateo le pide que se case con él, así estará bajo su protección y nadie podrá volver a humillarla.
¿Aceptara Valentina la propuesta? ¿Por qué Mateo está dispuesto a protegerla?
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Capítulo 17
Capítulo 17
Elena nos recibió en la casa de San Isidro con una bata de seda y cara de no haber roto un plato en su vida.
Qué talento.
—Valentina —dijo—. Mateo. Qué sorpresa.
—No finjas —respondí.
Mi papá seguía en el sanatorio. Camila, por suerte, no estaba. La casa olía a flores caras y encierro.
Elena nos hizo pasar al living.
—¿Quieren café?
—Queremos respuestas —dijo Mateo.
—Qué dramáticos.
Me reí.
—Vos no estás en posición de quejarte del drama.
Elena me miró con paciencia falsa.
—No sé qué creés que hice ahora.
Mateo dejó una hoja sobre la mesa.
—Transferencias a una sociedad vinculada a la propiedad de Tigre.
Por primera vez, Elena parpadeó demasiado rápido.
—No reconozco eso.
—Qué raro —dije—. Porque tu firma sí.
—Valentina, no te dejes llenar la cabeza.
Esa frase.
Siempre esa frase.
Como si yo fuera una copa vacía y todos los demás decidieran qué poner adentro.
—No me llenaron la cabeza. Me la vaciaron durante años. Ahora estoy recuperando cosas.
Elena se levantó.
—No voy a tolerar acusaciones en mi casa.
—Técnicamente es de mi papá —dije.
—Tu padre no estaría vivo socialmente si no fuera por mí.
Ahí estaba.
La Elena real asomando bajo la seda.
—¿Y mi mamá? —pregunté.
El silencio fue mínimo.
Pero lo vi.
—Tu madre no tiene nada que ver.
—Mentira.
Mateo dio un paso.
—Elena, si colaborás ahora, quizá podamos mantener esto fuera de la policía un día más.
Ella lo miró con desprecio.
—Vos no sos juez de nadie.
—No. Soy peor cuando me obligan.
Me habría dado miedo si no estuviera tan enojada.
Elena se cruzó de brazos.
—Yo pagué para que cuidaran a Clara. Sonia quería moverla. Yo no. Esa mujer sabe demasiado y si habla, nos hunde a todos.
—¿A todos o a vos? —pregunté.
—A todos, querida. Tu madre incluida, si estuviera viva.
Se me fue la sangre de la cara.
—No la nombres.
—Lucía no era una santa. Revisaba papeles ajenos, amenazaba con destruir familias, se creía superior.
Di un paso hacia ella.
Mateo me agarró de la muñeca. No fuerte. Lo suficiente.
—No —murmuró.
—Soltame.
—No le regales eso.
Elena sonrió.
—Qué obediente te volviste.
Ahí sí me solté.
Pero no para pegarle.
Para reírme.
—No tenés idea de lo que soy.
Elena perdió un poco la sonrisa.
—Sos una chica lastimada jugando con gente grande.
—No. Soy la hija de la mujer que ustedes necesitaron callar.
Mateo juntó los papeles.
—Nos vamos.
—¿Eso es todo? —preguntó Elena.
—No —respondió él—. Esto recién empieza.
En el auto, me temblaban las manos.
—Quise pegarle —dije.
—Lo sé.
—No me digas que hice bien.
—No iba a hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque yo también quise.
Lo miré.
Mateo tenía la vista fija en la calle. La mandíbula dura.
—¿Por mi mamá? —pregunté.
—Por vos.
Me quedé callada.
Esa noche no pude dormir. Me senté en el piso de mi cuarto con la foto de mi madre en las manos. Mateo tocó una vez.
—Pasá —dije.
Entró y se quedó cerca de la puerta.
—No tenés que pararte ahí como guardia.
—No quería invadir.
—Tarde. Nos casamos.
Casi sonrió.
Se sentó en el piso, frente a mí. El Mateo Alcázar del directorio, de los autos negros, de las amenazas suaves, sentado en mi alfombra como si no supiera qué hacer con las manos.
—¿Qué pensás? —preguntó.
—Que mi mamá escribió que no agachara la cabeza y yo pasé años sobreviviendo agachada.
—Sobrevivir no es agachar la cabeza.
—A veces se parece.
—No para mí.
Lo miré.
—¿Y vos? ¿Qué pensás?
Tardó.
—Que si te hubiera encontrado antes, quizá...
—No.
—No terminé.
—No. No hagas eso. No me conviertas en algo que tenías que rescatar antes. Yo también tomé decisiones, aunque fueran malas.
Mateo asintió despacio.
—Tenés razón.
—Me gusta cuando decís eso.
—No te acostumbres.
Esta vez sí sonreí.
Un poco.
Él lo vio.
Y no dijo nada.
Gracias a Dios.
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.