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Capítulo 18
Capítulo 18: Yo Muevo Primero
Me giré hacia Renato.
Estaba exactamente donde lo había dejado: contra la pared, con la raqueta en la mano, con esa expresión de piedra que ahora yo sabía que no era frialdad sino contención. El esfuerzo titánico de alguien que ha decidido que no va a romperse, no importa cuántas veces lo golpeen.
Pero algo había cambiado. Sus ojos, que antes miraban a la nada con la determinación vacía de quien ignora el dolor, ahora me miraban a mí. Y había algo en ellos que no supe nombrar. No era gratitud. No era incomodidad. Era algo intermedio, algo que se parecía a la perplejidad de un animal salvaje al que alguien le abre la jaula y no sabe si es una trampa.
—No tienes que defenderme cada vez —dijo, y su voz fue baja, controlada, como un instrumento afinado al mínimo volumen.
Ladeé la cabeza.
—¿Quién dijo que te estaba defendiendo? —metí las manos en los bolsillos del blazer y levanté un hombro—. Simplemente no me gusta que levanten la voz frente a mí. Es de mala educación.
Renato me miró un segundo más de lo necesario. Un segundo que pesó como una hora.
—No lo es —dijo finalmente.
—¿Qué cosa?
—De mala educación. Mentir con tanta naturalidad. Eso sí lo es.
Casi me reí. Casi. Tuve que morderme el interior de la mejilla para no soltar la carcajada, porque Renato Solís acababa de hacer algo que probablemente no hacía con frecuencia: un chiste. Seco, mínimo, enterrado bajo tres capas de seriedad, pero un chiste al fin.
—Si admito que te estaba defendiendo —dije—, ¿vas a ponerte incómodo y dejar de hablarme durante una semana?
—Posiblemente.
—Entonces no te estaba defendiendo. Caso cerrado.
Renato bajó la mirada hacia la raqueta en su mano. Los nudillos seguían blancos. Aflojó el agarre, lentamente, como si le costara convencer a sus propios dedos de soltar.
—Bruno no va a dejarlo así —murmuró.
—No —coincidí—. No va a dejarlo.
—Y no necesito que pelees mis batallas.
—Renato.
Esperé a que me mirara. Tardó unos segundos, pero lo hizo. Sus ojos eran oscuros, profundos, del color del café sin azúcar.
—Yo no peleo batallas —le dije—. Las termino.
No respondió. Pero algo en su postura cambió: un milímetro de tensión que se liberó en los hombros, una fracción de rigidez que desapareció de su mandíbula. Como una pared que descubre que tiene permiso de respirar.
Caminamos juntos hasta la salida del ala deportiva. No hablamos. No hacía falta. El silencio entre nosotros se sentía diferente al de antes: ya no era la distancia educada de dos desconocidos, sino algo más cercano, más denso. El silencio de dos personas que comparten un secreto, aunque ninguna de las dos lo haya dicho en voz alta.
Cuando llegamos a la puerta de cristal que daba al jardín central, Renato se detuvo.
—Val.
—¿Sí?
—Gracias.
Lo dijo sin mirarme, con los ojos fijos en algún punto del horizonte, como si la palabra le quemara al salir.
—De nada —respondí, y seguí caminando.
No me giré. Pero sonreí. Y fue una sonrisa real, pequeña y privada, que nadie más necesitaba ver.
Esa noche, sola en mi habitación del departamento que el Grupo Montiel tenía asignado como residencia estudiantil privada, repasé la escena en mi cabeza mientras afinaba las cuerdas de mi chelo.
Bruno Quiroga.
En mi primera vida, lo había ignorado. Era ruido de fondo, un bravucón de campus que se metía con los becados y los estudiantes de familias modestas. Nunca me tocó directamente —nadie con dos neuronas funcionales se metía con una Montiel— pero yo sabía que existía. Lo sabía de la misma forma en que sabes que hay cucarachas en los rincones de una casa vieja: las ignoras mientras no crucen tu camino.
Pero ahora recordaba cosas que en esa primera vida no presencié. Cosas que supe después, cuando ya era demasiado tarde.
Recordaba que el acoso contra Renato no se detuvo en empujones y palabras. Recordaba —con la claridad espantosa de los recuerdos que vienen del futuro— que en algún punto del siguiente semestre, alguien le había llenado el casillero de los vestidores con fotos impresas del expediente judicial de su padre. Recortes de periódico. Titulares. "Jugador amateur condenado a 15 años por homicidio." Recordaba que Renato perdió tres partidos seguidos después de eso. Que su beca estuvo en riesgo.
Y recordaba que, cuando finalmente se investigó quién había sido el responsable, la universidad cerró el caso sin consecuencias. Porque el padre de Bruno Quiroga era donante del programa deportivo.
Solté una nota grave con el arco y dejé que vibrara en el aire del departamento vacío.
En esa vida, yo no hice nada. No porque fuera mala persona —o tal vez sí, tal vez la indiferencia es su propia forma de maldad— sino porque Renato era invisible para mí. Un punto en el mapa que nunca tracé. Un nombre que nunca aprendí a pronunciar.
Ahora lo estaba pronunciando. Y cada vez que lo hacía, el mapa de mi segunda oportunidad se volvía más claro.
Bruno Quiroga no iba a detenerse. Los bravucones nunca se detienen cuando los humillan; se reagrupan. Lo que hice hoy no fue una solución; fue un torniquete. Detuvo la hemorragia por ahora, pero la herida seguía abierta.
Y Bruno era rencoroso. Eso lo recordaba bien. El tipo de rencoroso que mastica la rabia durante semanas, la fermenta, la convierte en algo peor.
Necesitaba estar preparada.
A las once de la noche, cuando ya había terminado de practicar las suites de Bach y estaba a punto de apagar la lámpara del escritorio, mi teléfono vibró.
Un mensaje. Número sin registrar, pero que yo reconocía: era el investigador privado que había contratado dos semanas atrás. Un hombre discreto, eficiente, sin nombre verdadero que yo conociera. Le pagaba a través de una cuenta del fideicomiso familiar que mi padre ni siquiera revisaba.
Abrí el mensaje.
Era un reporte breve. Sin saludos, sin formalismos. Tres líneas de texto y dos fotografías adjuntas.
"Sujeto Bruno Quiroga Delgado. En los últimos diez días, tres encuentros documentados con Paulina Solís. Ubicaciones: cafetería Las Palmas (martes 4), estacionamiento del centro comercial Galeón (viernes 7), y oficina del despacho Solís & Asociados (hoy, lunes 10). Se adjuntan registros fotográficos."
Abrí la primera foto. Granulada, tomada desde lejos con un lente largo, pero inconfundible: Bruno sentado en una mesa de la cafetería, inclinado hacia adelante con los codos sobre la mesa. Y frente a él, con un café intacto y esa sonrisa perfecta que siempre me pareció demasiado simétrica para ser genuina, estaba Paulina Solís.
La prima de Renato.
La misma Paulina que, en mi primera vida, había firmado los papeles que le quitaron a Renato su parte de la herencia familiar. La misma Paulina que sonreía en las fotos de sociedad mientras Renato dormía en un departamento de cuarenta metros cuadrados con una estufa que no encendía. La misma Paulina cuyo despacho legal representaba a la familia Solís en todo, menos en los intereses de Renato.
Y ahora estaba reuniéndose con Bruno Quiroga.
La segunda foto era del estacionamiento. Más oscura, más borrosa. Pero la postura de ambos lo decía todo: no era un encuentro casual. Estaban hablando en serio, de pie junto a un auto oscuro, con la intimidad conspirativa de dos personas que planean algo que no quieren que nadie más escuche.
Cerré el teléfono.
Me quedé sentada en la oscuridad de mi habitación, con el chelo apoyado contra la rodilla y el arco descansando sobre mis piernas, mirando la ventana que daba a la ciudad iluminada.
El matón del campus y la traidora de la familia.
En mi primera vida, no supe que estaban conectados. Pero ahora, con el mapa del futuro desplegado en mi memoria como una partitura que ya leí de principio a fin, los patrones eran evidentes. Bruno era el músculo. Paulina era el cerebro. Y el objetivo, el punto donde ambas líneas convergían, era Renato.
Siempre había sido Renato.
Tomé mi teléfono de nuevo y abrí la conversación con el investigador.
"Sigue vigilando. Quiero saber cada reunión, cada mensaje, cada centavo que se mueva entre ellos. Y averigua algo más: quién los presentó."
Envié el mensaje y apagué la pantalla.
En el silencio del departamento, el chelo seguía vibrando con la última nota que había tocado. Una nota grave, profunda, que temblaba en el aire como una advertencia.
Bruno Quiroga pensaba que lo de hoy había sido una humillación.
No tenía idea de que apenas había sido el primer movimiento.
Antes de acostarme, abrí el chat con Renato. Nuestro historial era breve: intercambios cortos, prácticos, casi telegráficos. Él no usaba emoticonos. Yo tampoco, cuando hablaba con él. Había una honestidad tácita en esa sequedad, como dos violinistas que afinan al mismo tono sin necesidad de hablarse.
Escribí un mensaje. Lo borré. Escribí otro. Lo borré también.
Al final, mandé:
"¿A qué hora es tu entrenamiento mañana?"
La respuesta tardó cuatro minutos. Los conté.
"6:30 AM."
"Voy a pasar a dejarte café."
No hubo respuesta. Pero tampoco hubo rechazo. Y con Renato, la ausencia de un "no" era lo más parecido a un "sí" que ibas a obtener.
Apagué la luz.
Me acosté mirando el techo y pensé en tableros de ajedrez. En piezas que se mueven en la oscuridad. En peones que creen ser reyes y en reinas que no necesitan corona para serlo.
Paulina y Bruno. La abogada y el matón. El veneno y el puño.
Contra Valentina Montiel, que ya sabía cómo terminaba esta partida.
Muévanse, pensé, cerrando los ojos. Muévanse todo lo que quieran.
Esta vez, yo muevo primero.