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BAJO LA PIEL DEL DESEO

BAJO LA PIEL DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.

Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.

En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 18

La luz tenue de las lámparas bañaba la habitación con una calidez que parecía envolverlos por completo. Lidia descansaba entre sus brazos, con la cabeza recostada sobre su pecho y el sonido de su respiración acompasada junto a su oído. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía ese nudo constante en el estómago, ni la alerta encendida que le decía que tuviera cuidado, ni el miedo silencioso que la había acompañado incluso en sus mejores momentos. Se sentía ligera, tranquila, protegida. Como si al fin hubiera encontrado el lugar donde no tenía que defenderse de nada ni de nadie.

Damián le pasaba la mano despacio por la espalda, en un roce rítmico y tierno, como si quisiera grabar su presencia en la piel de ella. Sentía cómo su cuerpo se relajaba por completo contra el suyo, y sabía que ese era el regalo más grande que podía darle: la certeza de estar a salvo. Bajó la vista hasta encontrar su mirada, y vio en ella una mezcla de asombro y gratitud que le llegó directo al corazón.

—¿En qué piensas? —le preguntó con voz suave, acariciándole el rostro con la yema de los dedos.

Lidia levantó la vista hacia él, y sus ojos brillaron con una claridad que ya no tenía sombras.

—Pienso que no tengo miedo —confesó ella, casi con asombro—. Hace días, hace apenas unas horas, temblaba solo de pensar en confiar en alguien otra vez. Y ahora, aquí, entre tus brazos… no siento nada más que paz. Es extraño. Es maravilloso.

Damián le acarició la mejilla con ternura, mirándola con una devoción que no necesitaba palabras para demostrarse.

—No tienes por qué tener miedo —le dijo con firmeza y dulzura a la vez—. Lo que hay entre nosotros no es algo de un día, ni algo pasajero. No te quiero por un momento. Te quiero para toda la vida, si me dejas. Quiero que estés a mi lado, hoy, mañana y siempre. No eres una aventura ni un consuelo. Eres lo que he estado esperando sin saberlo.

Lidia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero eran lágrimas dulces, de una felicidad que empezaba a creer que no merecía. Se apoyó más cerca de él, buscando su calor, y entrelazó sus dedos con los suyos con fuerza, como si quisiera asegurarse de que todo era real.

—¿De verdad me quieres a tu lado? —preguntó ella, con una pequeña voz que aún guardaba el eco de las heridas antiguas—. A veces me cuesta creer que alguien como yo pueda ser lo que alguien como tú elija. Como si la felicidad fuera algo que le pasa a los demás y no a mí.

—Entonces déjame enseñarte lo contrario —le pidió él, besándole la mano con reverencia—. Tú mereces ser feliz, Lidia. Mereces que te amen sin condiciones, que te cuiden, que te respeten y que nunca te hagan dudar de tu valor. Y yo quiero ser quien te dé todo eso. No te pido que lo creas de golpe. Solo te pido que me dejes demostrártelo, día tras día.

Ella lo miró largo rato, viendo en sus ojos oscuros la verdad que su corazón empezaba a aceptar poco a poco. Las mentiras de Adrián se iban volviendo cada vez más lejanas, y en su lugar crecía una convicción nueva, cálida y sólida: tal vez, después de todo, no había hecho nada malo por merecer dolor. Tal vez simplemente había estado esperando el momento y a la persona correcta.

—Quiero creerlo —dijo ella con voz temblorosa pero decidida—. Quiero creer que puedo ser feliz de nuevo. Que no todo lo que llega duele. Que tú… tú eres lo mejor que me ha pasado.

—Lo soy —respondió él con seguridad absoluta—. Y tú eres lo mejor que me ha pasado a mí. Nada de lo que vivimos antes importa ahora, porque nos llevó a encontrarnos el uno con el otro. Y esto, lo que tenemos, es real. No se va a desvanecer. No se va a romper.

Lidia sonrió entonces, una sonrisa que le iluminó todo el rostro, y se acercó para besarlo despacio, con toda la ternura y la gratitud que sentía en el alma. Cuando se separaron, apoyó la frente contra la suya y cerró los ojos, sintiéndose completa por primera vez.

—Gracias —susurró—. Por hacerme sentir que merezco esto.

—Gracias a ti —respondió él, abrazándola con fuerza—. Por dejarme entrar. Por confiar. Por ser tú. Y recuerda: mientras estés conmigo, nunca más tendrás que sentir miedo. No te dejaré caer. Nunca.

Lidia se acomodó entre sus brazos, sintiendo el calor de su pecho contra el suyo y la firmeza de sus brazos rodeándola como un refugio. Apoyó la mejilla sobre él y cerró los ojos un instante, disfrutando de esa calma que le parecía un milagro después de tanto tiempo de dolor y dudas.

—¿Sabes lo que más me asustaba? —dijo ella en voz baja, rompiendo el silencio suave de la habitación—. No era volver a querer a alguien. Era volver a creer que esa persona me quería a mí. Me costó tanto entender que las palabras pueden ser mentira… que ahora me cuesta creer incluso cuando son verdad.

Damián le acarició el cabello con lentitud, y su voz sonó grave y sincera, como si cada palabra fuera medida con cuidado.

—Te entiendo —le dijo—. Y no te culpo. Las mentiras dejan cicatrices que no se borran de un día para otro. Pero te pido algo: no creas lo que digo. Mira lo que hago. Las palabras se las lleva el viento, pero lo que uno hace por la persona que ama… eso se queda. Yo te elijo cada día, Lidia. Te elijo al cuidarte, al escucharte, al esperarte el tiempo que necesites. Eso no cambia.

Ella levantó la vista y lo miró, con los ojos brillantes y el corazón latiéndole con ternura.

—Y si algún día dudo? —preguntó con franqueza—. Si el miedo vuelve, si me asusto y me alejo… ¿me buscarás? ¿Me recordarás que esto es real?

Damián le tomó el rostro entre las manos, con una delicadeza infinita, y la miró con una devoción que la hizo temblar entera.

—Te buscaré —prometió sin dudar—. Te recordaré. Y no me enfadaré contigo, porque entiendo de dónde viene ese miedo. No te lo tomaré como algo contra mí. Lo tomaré como algo que debemos sanar juntos. No estás sola en esto. Lo que nos pasa nos pasa a los dos. Y lo superaremos juntos también.

Lidia sintió que las lágrimas le rodaban por las mejillas, pero esta vez no eran de tristeza. Eran de alivio, de esa sensación de haber encontrado finalmente a alguien que no la juzgaba por sus heridas, sino que las respetaba y las cuidaba.

—Nadie nunca me ha hablado así —confesó ella con voz temblorosa—. Nadie me ha hecho sentir que mis miedos también son importantes. Siempre me dijeron que exageraba, que todo estaba bien… cuando por dentro todo se estaba rompiendo.

—Contigo nada es exagerado —le corrigió él con firmeza—. Tus sentimientos importan, tu dolor importa, tu felicidad es lo más importante que tengo. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Aquí, conmigo, puedes ser débil si lo necesitas. Puedes llorar, puedes dudar, puedes estar cansada. Yo te sostengo. No te caerás.

Ella se acercó más y lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello, sintiendo que por fin podía soltar todo lo que había guardado en silencio durante meses.

—A veces me da vergüenza —susurró—. Vergüenza de haber confiado en quien no debía. De haber sido tan ingenua.

—No tengas vergüenza de haber amado —le dijo él, besándole la sien con ternura—. Amar no es una debilidad. Es lo más hermoso que tienes. Y el hecho de que te hayan lastimado no significa que hiciste algo mal. Significa que eres humana, que tienes corazón, y que te atreviste a entregarlo. Eso es algo de lo que debes estar orgullosa.

Lidia levantó la vista hacia él y sonrió a través de las lágrimas, una sonrisa dulce y agradecida.

—Me haces sentir que todo va a estar bien —dijo ella—. Incluso cuando no sé cómo será el mañana. Solo con tenerte a mi lado, siento que puedo con todo.

—Y lo harás —respondió él, apretándola contra sí—. Pero no tendrás que hacerlo sola. Caminaremos juntos, despacio, paso a paso. Y cuando mires hacia atrás, verás que las sombras ya no te asustan, porque siempre habrá luz delante. La nuestra.

—¿De verdad nos espera algo bueno? —preguntó ella, con una esperanza que empezaba a crecer sin que pudiera detenerla.

—Nos espera una vida entera —dijo él con seguridad—. Con días buenos y días difíciles, como todos. Pero con algo que no tendrá fin: mi amor por ti. No es un capítulo, Lidia. Es toda la historia. Y la escribimos juntos.

Ella lo besó entonces, despacio y con gratitud, sintiendo que por primera vez en su vida, el amor no era algo que se le escapaba de las manos. Era algo que tenía firme, cálido y real. Y cuando se separaron, se quedó mirándolo, sabiendo que estaba en el lugar exacto donde pertenecía.

—Entonces escribámosla —dijo ella con voz firme y dulce a la vez—. Nuestra historia. Despacio, pero sin detenerse nunca.

—Así será —prometió él, entrelazando sus dedos con los de ella—. Para siempre.

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