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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3. Este nunca fue mi cuarto

La cuchara seguía en el aire cuando se abrió la puerta y entró Gerardo, su hermano, con el uniforme de la fábrica todavía puesto y el gesto de quien llega a cobrar algo.

—¿Ya le dijiste? —le preguntó a Brenda, sin siquiera saludar.

—En eso estaba —contestó ella.

Y así, sin que Lucía pudiera terminar de cenar, la mesa entera se cerró alrededor de ella como un puño.

Fue su mamá la que empezó, con esa cantaleta que Lucía se sabía de memoria.

—Ya estás en edad, hija. La gente habla. "La hija de doña Rosa, tan grande y sin marido." ¿Qué van a decir? Una mujer necesita casarse, sentar cabeza, tener quién la mantenga. No te vas a quedar toda la vida picándote los dedos con una aguja.

—Es que eso ni es carrera —soltó Brenda, torciendo la boca—. ¿Costurera? Por Dios, Lucía. Eso no es una profesión, eso es coser trapos. Un señor con dinero no te va a esperar por unos trapos.

Lucía dejó la cuchara. Despacio. Con cuidado, como se dejan las cosas cuando lo que uno querría es aventarlas.

Coser trapos. Así le decían al oficio por el que había ganado un concurso regional, al oficio que la maestra Ofelia le había enseñado puntada por puntada, al vestido de novia en el que llevaba tres semanas fijando pedrería hasta que le lloraban los ojos. Coser trapos. En esa casa nunca habían visto lo que ella hacía. Solo habían visto lo que ella podía darles.

—Y hay otra cosa —siguió Gerardo, cruzándose de brazos, evitando mirarla—. Brenda está embarazada. Va a nacer el niño. Necesitamos el cuarto.

—¿Cuál cuarto? —preguntó Lucía, aunque ya lo sabía.

—El tuyo. —Lo dijo su cuñada, y hasta se dio el lujo de sonreír—. Lo vamos a arreglar para el bebé. Total, para lo que lo usas… De todos modos, si te casas, te vas. Y si no te casas, pues te acomodas en la sala mientras tanto. No es para tanto.

No es para tanto.

Lucía miró alrededor de esa mesa. A su papá, que ni levantó la vista del partido. A su mamá, que estudiaba el mantel. A su hermano, que ya hablaba de su cuarto como si fuera un almacén. Y sintió una cosa rara, casi tranquila: la certeza, limpia y fría, de que este nunca había sido su lugar. De que en esa familia ella no era una hija. Era una inversión que estaban tardando demasiado en cobrar.

Pudo haber gritado. Pudo haber sacado a la mesa la única verdad que a todos les convenía olvidar: que el enganche de esa casa —cien mil pesos— lo había puesto ella. Ella, con el premio del concurso, con lo que llevaba años juntando peso por peso, con un préstamo que todavía le debía a la maestra Ofelia. Ella, que seguía ayudando con la mensualidad cada mes sin falta. Ese cuarto que ahora le quitaban con tanta ligereza lo había pagado ella.

Recordó el día que entregó ese dinero. Cómo su papá le dio una palmada en el hombro, cómo su mamá dijo "así se hace, mija, la familia es primero", cómo por unas semanas sintió que por fin la miraban distinto. Duró poco. Apenas el enganche estuvo pagado, volvió a ser la de siempre: la soltera que estorbaba, la costurera, el cuarto que se podía desalojar.

Se preguntó, con una punzada que no dejó ver, en qué momento había aprendido a confundir que la usaran con que la quisieran.

No dijo nada de eso. Todavía no.

En cambio respiró hondo y habló con una calma que a ella misma la sorprendió.

—Está bien. Voy a conocer al señor ese.

Brenda soltó el aire, victoriosa. Doña Rosa levantó por fin la cabeza, aliviada. Hasta Gerardo aflojó los brazos.

Lo que ninguno vio fue lo que había debajo de esas cinco palabras. Porque mientras ellos se felicitaban con la mirada, Lucía ya había tomado, por dentro, una decisión completamente distinta. Iría a ese café. Aguantaría al tal Ubaldo una hora. Y usaría ese tiempo, y todos los que hicieran falta, para hacer lo único que de verdad le importaba a partir de esa noche: buscarse un lugar propio y largarse de ahí.

Se levantó, recogió su plato, lo lavó ella misma y se metió a su cuarto —el que en unas semanas sería de otro— antes de que alguien pudiera arruinarle la pequeña sensación de haber ganado algo.

Cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama estrecha, esa cama que ya tenía dueño futuro, y se quedó un rato en la oscuridad sin encender la luz.

Sacó el celular. La única luz cálida de la habitación fue la de la pantalla: fotos del atelier, del vestido de novia a medio bordar, de un maniquí con un patrón prendido con alfileres, de una gardenia en un frasco sobre su mesa de trabajo. Ese pedazo de mundo sí era suyo. Nadie en esa casa podía quitárselo, ni convertirlo en cuarto de nadie.

Con el pulgar, casi sin pensarlo, abrió una página de rentas. Departamentos, cuartos, lo que fuera. Los precios de la ciudad le cayeron encima como una cubeta de agua fría: casi todo estaba muy por encima de lo que ganaba en el atelier, y lo poco accesible quedaba a dos horas de camino. Fue bajando, bajando, guardando en favoritos los tres o cuatro que no eran imposibles, haciendo cuentas mentales de cuánto tendría que ahorrar, de cuántos vestidos extra tendría que coser por fuera.

Le dio miedo. Claro que le dio miedo. Pero por primera vez en mucho tiempo era un miedo que apuntaba hacia adelante, no hacia esa mesa, no hacia ese cuarto prestado.

Apretó el teléfono contra el pecho.

—Algún día —murmuró, tan bajo que ni ella se oyó del todo— voy a tener un lugar mío. Aunque sea del tamaño de esta cama. Pero mío.

Afuera, la tele seguía a todo volumen. Adentro, en la oscuridad, Lucía cerró los ojos y se dijo, con una firmeza nueva y helada:

—Está bien. Voy a ver a ese Ubaldo. Pero va a ser la última cosa que haga en esta casa.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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