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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18 — Las siete

Las siete mujeres permanecían inmóviles frente a la casa. La luz de la luna iluminaba sus rostros idénticos y, por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, Valeria comprendió que el verdadero peligro nunca había sido una sola criatura. Eran siete versiones de una misma historia, siete vidas creadas a partir de recuerdos robados. Gabriel cerró lentamente las cortinas.

—Aléjate de la ventana.

Valeria no se movió.

—¿Quiénes son?

—Las que la casa no pudo destruir.

—¿Por qué tienen mi rostro?

Gabriel la miró con tristeza.

—Porque todas fueron creadas a partir del tuyo.

—¿Mío?

—Del recuerdo de la primera Valeria.

La hermana mayor se acercó.

—No todas nacieron iguales.

Gabriel asintió.

—Cada una conserva algo diferente.

—¿Qué conservan?

—La primera tiene tus recuerdos. La segunda tiene tus emociones. La tercera conserva tus sueños. La cuarta tiene tus miedos. La quinta, tu dolor. La sexta, tu memoria de la casa.

Valeria tragó saliva.

—¿Y la séptima?

Gabriel permaneció en silencio.

—Papá.

—La séptima tiene lo que ninguna de las otras posee.

—¿Qué?

Gabriel miró hacia la puerta.

—Tu voluntad.

Un golpe estremeció la casa.

Vera se abrazó a Elena.

—Ya entraron.

Samuel levantó el arma.

—¿Cómo?

Gabriel señaló el suelo.

—No necesitan entrar por las puertas.

Las luces se apagaron.

Unos pasos comenzaron a escucharse en el piso inferior.

Uno.

Dos.

Tres.

Después siete pasos al mismo tiempo.

Valeria sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué hacemos?

Gabriel abrió un armario y sacó una caja de madera.

—Nos vamos por el túnel.

Samuel se acercó.

—¿Adónde lleva?

—A la antigua estación de tren.

—Esa estación está abandonada.

—Precisamente por eso.

Valeria miró la caja.

—¿Qué hay ahí?

Gabriel la abrió.

Dentro había varias fotografías, un pequeño espejo y una llave negra.

—Esto puede detenerlas.

La hermana mayor observó la llave.

—No.

—¿Qué?

—No puede detenerlas.

Gabriel la miró.

—Entonces explícame.

—Puede detener a la casa.

Valeria tomó la llave.

Estaba helada.

—¿Qué abre?

Gabriel respondió:

—La habitación donde nació la primera copia.

Un golpe sonó en la puerta.

Samuel se volvió.

—Tenemos que irnos.

Gabriel tomó la caja.

—Ahora.

Salieron por una puerta trasera y corrieron hacia el bosque. La lluvia comenzó a caer con fuerza. Valeria iba junto a Vera, mientras Elena caminaba con dificultad. Gabriel avanzaba delante de ellos.

Detrás se escucharon voces.

—Valeria...

Ella no se volvió.

—No las escuches —dijo Gabriel.

—¿Qué quieren?

—Que regreses.

—¿Por qué?

—Porque tú eres la única que puede abrir la última puerta.

Valeria se detuvo.

—¿Y qué hay detrás?

Gabriel también se detuvo.

—La primera habitación.

—¿La habitación 17?

—No.

—Entonces ¿cuál?

—La habitación cero.

Samuel frunció el ceño.

—Nunca mencionaste una habitación cero.

—Porque no quería que supieras que existe.

La hermana mayor miró a Gabriel.

—Llegó el momento.

—Sí.

—¿Estás seguro?

Gabriel observó a Valeria.

—No.

—Entonces no lo hagas.

Valeria los miró.

—¿De qué están hablando?

Gabriel respiró profundamente.

—La habitación cero es donde la casa guarda el origen de todos los pactos.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Todo.

Siguieron corriendo hasta llegar a una pequeña construcción cubierta por ramas. Gabriel abrió la puerta.

Dentro había una escalera que descendía.

—Bajaremos por aquí.

Samuel cerró la puerta detrás de ellos.

El ruido de las mujeres se escuchaba cada vez más cerca.

Descendieron hasta llegar a un túnel de piedra. En las paredes había nombres.

Valeria reconoció uno.

ISABEL MONTENEGRO.

Debajo aparecía otro.

GABRIEL SALVATIERRA.

Y después otro.

VALERIA.

Pero había algo extraño.

El nombre de Valeria aparecía cientos de veces.

—¿Por qué mi nombre está aquí?

Gabriel no respondió.

—Papá.

—Porque cada vez que la casa creó una copia, utilizó tu nombre.

Valeria pasó los dedos sobre la pared.

—¿Cuántas hubo?

—No lo sé.

—¿Y por qué nunca destruiste la casa?

Gabriel bajó la mirada.

—Porque intenté hacerlo.

—¿Qué ocurrió?

—La primera vez que lo intenté, murió alguien.

—¿Quién?

Gabriel tardó en responder.

—Tu hermana.

La mujer mayor cerró los ojos.

Valeria la miró.

—¿Tú?

Ella negó.

—No.

Gabriel señaló la pared.

—La primera.

Valeria sintió un escalofrío.

—Entonces ¿cómo está viva?

Gabriel no respondió.

La hermana mayor sí.

—Porque lo que murió fue mi cuerpo.

Valeria la miró.

—¿Y tu conciencia?

—Quedó dentro de la casa.

Gabriel añadió:

—La mujer que viste afuera no es ella.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Es una copia.

—Pero dijiste que era la primera.

—Dije que llevaba sus recuerdos.

La hermana mayor miró a Gabriel con tristeza.

—Nunca quisiste decírselo.

—Quería protegerla.

—Ya no puedes.

Llegaron al final del túnel.

Había una enorme puerta de hierro.

Sobre ella aparecía un símbolo idéntico al que Valeria había visto cuando era niña.

La llave negra comenzó a calentarse en su mano.

—Es aquí.

Gabriel asintió.

—Sí.

Valeria introdujo la llave.

Antes de girarla, escuchó voces detrás.

Las siete mujeres estaban en el túnel.

—No abras.

Valeria se volvió.

Las siete permanecían a pocos metros.

La primera dio un paso.

—Si abres esa puerta, todas moriremos.

Valeria la miró.

—¿Y si no la abro?

—Tú morirás.

Gabriel se colocó delante de Valeria.

—No la escuches.

La mujer sonrió.

—Él te mintió toda la vida.

Valeria miró a su padre.

—¿Es verdad?

Gabriel cerró los ojos.

—Sí.

—¿Sobre qué?

—Sobre quién eres.

Valeria sintió que el corazón se le detenía.

—Dímelo.

—No eres la primera Valeria.

Ella retrocedió.

—¿Qué?

—Eres la última.

Las siete mujeres comenzaron a sonreír.

Vera soltó la mano de Elena.

—No...

Gabriel continuó:

—La primera Valeria murió hace muchos años. Tú naciste después.

—Entonces ¿por qué tengo sus recuerdos?

—Porque Isabel los puso dentro de ti.

—¿Por qué?

Gabriel miró la puerta.

—Porque necesitaba un cuerpo que pudiera contener a la casa entera.

Valeria sintió que la llave casi se le escapaba de las manos.

—¿Yo soy ese cuerpo?

Gabriel asintió.

—Sí.

Las siete mujeres avanzaron.

La puerta comenzó a vibrar.

Una voz surgió desde el otro lado.

—Abre.

Valeria miró a Vera.

Después a Elena.

Finalmente, a Gabriel.

—¿Y si no quiero?

Gabriel se acercó.

—Entonces la casa elegirá por ti.

Valeria apretó la llave.

—No.

Giró.

La puerta se abrió.

Un viento helado salió de la habitación y apagó todas las luces.

Las siete mujeres gritaron al mismo tiempo.

Valeria miró hacia la oscuridad.

Al fondo había una niña sentada en una silla.

Tenía el rostro de Valeria.

Pero sus ojos eran completamente negros.

La niña levantó lentamente la cabeza.

—Por fin.

Valeria sintió que no podía respirar.

—¿Quién eres?

La niña sonrió.

—La verdadera dueña de tu cuerpo.

Gabriel palideció.

—No...

La niña se puso de pie.

—Hola, Valeria.

Y entonces, por primera vez, Valeria escuchó su propia voz salir de la boca de aquella niña.

—Tenemos que hablar.

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