Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 23
...Nina....
Camila se quedó dormida antes de que saliéramos de la ciudad.
Literal. Subió al asiento trasero con los lentes de sol puestos, el cinturón a medias, y dijo: «Despiértenme cuando haya montañas». Luego se apagó como si alguien le hubiera jalado el cable. La boca entreabierta. Un hilito de baba que le iba a dar vergüenza después.
Me quité los zapatos.
Los aventé al piso del copiloto y subí los pies al tablero. Santiago no dijo nada. Antes me hubiera dicho algo —el tablero, el polvo, algo— pero últimamente había dejado de corregirme ciertas cosas. Como si le costara menos dejarme ser.
O como si le gustara.
No. No pienses eso.
La carretera se abría recta y larga, el asfalto temblando con el calor de las diez de la mañana. Conecté mi teléfono al Bluetooth sin pedir permiso. Puse mi playlist de carretera. Algo de Natalia Lafourcade. Algo de Mon Laferte. Cosas suaves, cosas que no significaban nada.
Santiago manejaba con una mano.
La izquierda en el volante. La derecha en la palanca. Llevaba una camiseta gris, básica, de esas que en cualquier otro hombre serían invisibles pero en él se pegaban al hombro de una manera que —
Estaba mirándolo.
Dejé de mirarlo.
Miré por la ventana. Un letrero verde. Una gasolinera. Un campo de algo que podía ser maíz o caña, no sé, nunca aprendí a distinguir cultivos. Lo importante era que no estuviera mirándolo a él.
Pero el problema con los viajes largos es que la persona que maneja está ahí, a medio metro, ocupada en algo que requiere sus manos y su atención pero no su boca, y en el silencio la mente empieza a llenarse de cosas que no debería.
Como el antebrazo.
El antebrazo de Santiago, dorado por el sol que entraba por la ventanilla, con esa vena que le bajaba desde el bíceps hasta la muñeca. Lo había visto mil veces. Vivíamos juntos. Había visto esos brazos cientos de veces.
Pero hoy el sol le daba diferente. O yo lo estaba viendo diferente.
Mierda.
Volteé hacia la ventana otra vez. Me mordí el labio. Sentí calor en las orejas y recé para que él no volteara.
No volteó. O eso creí, hasta que levanté la mirada un minuto después y vi sus ojos en el retrovisor. Viéndome. O viéndome verlo. Duró medio segundo. Lo suficiente para que mi estómago hiciera esa cosa estúpida que hace cuando te cachan en algo que no deberías estar haciendo.
Miré al frente. Él miró al frente. Nadie dijo nada.
La playlist cambió de canción. Empezó algo lento. Guitarra acústica. Una voz femenina, suave, casi perezosa. La letra decía algo sobre la línea borrosa entre amistad y algo más, sobre ese punto donde las miradas duran demasiado y los silencios dicen más que las palabras.
Conocía esa canción. Pero nunca la había escuchado con él al lado. Nunca con mis pies descalzos en su tablero y Camila dormida atrás como si el universo hubiera decidido dejarnos solos a propósito.
La letra siguió. Algo sobre querer tocarte sin tener el pretexto. Sentí que la canción me estaba leyendo en voz alta.
Estiré la mano hacia el teléfono. Iba a cambiarla. Mis dedos ya estaban sobre la pantalla cuando él habló.
—Déjala.
Su voz. Grave. Tranquila. Sin voltear a verme.
Quité la mano del teléfono.
La canción siguió sonando.
Los dos la escuchamos completa, cada palabra, cada pausa, y el aire dentro de la camioneta se volvió algo que casi podías masticar. Cuando terminó, empezó otra cosa. Algo más rápido. Algo que no importaba. Pero el silencio ya estaba contaminado.
Crucé los brazos. Recargué la cabeza contra la ventanilla. Cerré los ojos y fingí que dormía.
No dormí.
La carretera pasó debajo de nosotros durante una hora más. Tal vez dos. El tiempo en carretera no funciona como el tiempo normal. Se estira. Se dobla. Se llena de nada y de todo al mismo tiempo.
En algún momento abrí los ojos y vi un letrero: ÁREA DE SERVICIO — 2 KM.
Santiago puso la direccional sin preguntar.
—Café —dijo. Eso fue todo.
Se estacionó lejos de los otros carros. Siempre se estacionaba lejos. Apagó el motor y el silencio fue inmediato, casi violento después de dos horas de motor y viento.
Se estiró en el asiento. Los hombros. El cuello. Ese movimiento que hacen los hombres altos cuando llevan mucho rato en el mismo lugar.
—¿Quieres algo? —me preguntó.
—Estoy bien.
Asintió. Se bajó.
Y yo lo vi caminar.
Él se bajó y mis ojos lo siguieron como si estuvieran programados para eso. Su espalda ancha debajo de la camiseta gris. Su manera de caminar, larga, segura, como si cada paso supiera exactamente adónde iba. Las manos en los bolsillos.
Una mujer que salía de la tienda lo miró.
Lo miró de esa manera en que las mujeres miran a los hombres que no deberían existir fuera de las pantallas. Él ni se dio cuenta. Siguió caminando con esa indiferencia brutal que tenía para todo lo que no le interesaba.
Me pregunté por qué me importaba saber si alguna vez me había mirado a mí así.
—¿Cuánto llevas viéndolo?
Pegué un brinco. Literal. El corazón se me subió a la garganta.
Camila. Despierta. Asomada entre los dos asientos delanteros con el pelo aplastado de un lado y la marca del cinturón en la mejilla. Parecía un mapache despeinado. Pero sus ojos estaban completamente abiertos, completamente lúcidos, completamente enfocados en mí.
—No lo estaba viendo.
—Nina.
—Estaba viendo la tienda. Pensando si quería algo.
—Nina.
—Tal vez un agua, o unas papas, o...
—Te pregunté desde cuándo lo miras así. No me respondas con papas.
Me callé.
Camila se acomodó entre los asientos. Se recargó de brazos cruzados sobre la consola central como si fuera la barra de un bar y yo la amiga borracha que necesitaba intervención.
—Así cómo —dije, aunque sabía.
—Así como lo estabas viendo. Como si fuera un vaso de agua y tú llevaras tres días en el desierto.
—Estás delirando. Te acabas de despertar.
—Desperté hace rato. Nomás no abrí los ojos.
Sentí frío en el estómago.
—¿Hace cuánto?
—Desde la canción.
Me tapé la cara con las manos.
—Cami...
—Le preparaste un plato primero la otra noche —dijo, y su voz cambió. Dejó de ser la voz de burla y se volvió la voz de «te voy a decir algo que no quieres oír»—. Le planchas las camisas los jueves porque sabes que tiene vuelo los viernes. Sabes que toma el café sin azúcar. Le compras la crema de afeitar que le gusta cuando se le acaba porque él siempre se le olvida. ¿Cuándo dejó de ser tu roommate, Nina?
No respondí. Porque la respuesta era que no sabía. No sabía cuándo había dejado de ser el esposo de mentira, el acuerdo firmado. No sabía cuándo había empezado a esperarlo en las noches que volaba, con el teléfono en la mano, mirando la app de rastreo de vuelos como una psicópata. No sabía cuándo había empezado a notar que su camiseta gris le quedaba así, que sus manos eran así, que su voz a las seis de la mañana sonaba así.
Y eso me aterraba más que cualquier respuesta concreta.
Camila me miraba. Sin presión. Sin burla. Con esa paciencia rara que solo tenía conmigo, esa que guardaba para los momentos en que sabía que yo estaba a punto de desarmarme.
—¿Ustedes son amigos? —preguntó, más suave.
Pensé en la palabra. Amigos. Santiago y yo.
¿Amigos?
Los amigos no te hacen el desayuno y te lo dejan en el buró con una nota que dice «come algo». Los amigos no te cargan a la cama cuando te quedas dormida en el sillón, con cuidado de no despertarte, como si fueras algo que se puede romper. Los amigos no te miran desde el otro lado de la sala con esa expresión que no entiendes, esa mezcla de paciencia y hambre que te hace sentir que estás parada al borde de algo enorme.
Los amigos no hacen que el pulso se te dispare cuando sus dedos te rozan al pasarte un plato.
Lo que Santiago y yo éramos no tenía nombre. Vivía en un espacio sin etiqueta, suspendido entre lo que habíamos firmado y lo que estaba creciendo debajo, silencioso, terco, imposible de ignorar.
—Es... ambiguo —dije.
Me salió en un hilo de voz. Como una confesión a medias. Como abrir la puerta lo justo para que entre un poco de luz pero no tanta que te ciegue.
Camila asintió lentamente.
—Lo ambiguo es lo que te come viva, amiga.
Lo dijo sin drama. Sin peso extra. Como si fuera un hecho científico. El agua hierve a cien grados. La tierra gira alrededor del sol. Lo ambiguo te come viva.
Me quedé mirando el parabrisas. El estacionamiento. La puerta de la tienda por la que él había entrado hacía unos minutos.
—No sé qué hacer —dije, y me odié por lo débil que sonó.
—Sí sabes —dijo Camila—. Pero te da pánico.
La puerta de la tienda se abrió.
Santiago salió con tres vasos de café.
...Santi....
Tres cafés.
El de Nina con dos de azúcar. El de Camila con leche. El mío negro.
Cosas que se habían instalado en mi memoria sin que yo las pusiera ahí, de la misma manera en que sabía que ella dormía del lado izquierdo y que cuando estaba nerviosa se mordía el labio inferior del lado derecho.
Caminé de vuelta a la camioneta y antes, mientras estaba pagando adentro, había escuchado la canción. La de antes. La que le dije que dejara.
La tenía en mi bio de Spotify desde hacía tres años. Desde antes del acuerdo. La había puesto ahí una noche a las dos de la mañana, en un hotel de escala en Bogotá, solo en una habitación que olía a desinfectante, pensando en una chica que jamás me iba a mirar dos veces.
Y hoy esa canción sonó en mi camioneta, conectada desde su teléfono, y cuando quiso cambiarla le dije que la dejara.
No sé por qué lo dije. Sí sé. Quería saber si la letra le hacía algo. Si le movía aunque fuera un milímetro la tierra debajo de los pies.
Llegué a la camioneta. Abrí la puerta. Le pasé su café a Camila primero porque estaba más cerca. Después el de Nina.
Se lo tendí sin mirarla. Si la miraba, iba a buscarle algo en la cara. Alguna señal. Algún indicio de que lo que yo sentía no era completamente unilateral, y esa búsqueda me iba a delatar, y no podía. Todavía no.
Sus dedos tocaron los míos al tomar el vaso.
Tres segundos. Tal vez cuatro. El cartón tibio del vaso y su piel fría porque siempre tenía las manos frías, siempre, y yo siempre tenía que resistir el impulso de tomárselas y calentarlas entre las mías.
—Gracias —dijo.
—Ajá —dije.
Elocuente. Brillante. Siete años queriendo a esta mujer y lo mejor que me salía era «ajá».
Me subí. Arranqué. Salimos del estacionamiento.
...Nina....
Sabía cómo lo tomo.
Con dos de azúcar. Sin que yo se lo dijera. Sin que me preguntara. Simplemente lo sabía, de la misma manera en que sabía que Camila tomaba el suyo con leche, pero diferente, porque la leche de Camila era algo que ella le había dicho y el azúcar mío era algo que él había observado.
¿En qué momento se había fijado?
¿En qué momento había guardado ese dato en algún lugar de su cabeza y lo había mantenido ahí, disponible, listo para usarlo un martes cualquiera en un área de servicio en medio de la nada?
Tomé un trago. Dos de azúcar. Exacto.
Maldita sea.
La carretera siguió. Las montañas empezaron a asomarse en el horizonte, primero como sombras, después como algo real, sólido, enorme. El paisaje cambió de plano a vertical. Los campos se volvieron laderas. El cielo se acercó.
Puse otra canción. Algo con guitarras. Algo seguro, algo que no pudiera traicionarme.
Santiago tenía la mano en la palanca de cambios.
Mi mano estaba en mi rodilla.
Quince centímetros. Tal vez menos. Cualquier persona normal no lo habría notado. Pero yo lo sentía como un campo magnético, una frontera eléctrica que los dos estábamos eligiendo no cruzar.
Podía mover la mano. Él podía mover la mano. Ninguno la movió.
Los kilómetros pasaron. Las montañas crecieron. Camila tomó su café en silencio, lo cual era alarmante porque Camila nunca estaba en silencio. La miré por el espejo lateral. Estaba viéndonos. A los dos. Con esa cara que ponía cuando estaba armando un rompecabezas y le faltaba una sola pieza.
Volteé al frente.
Santiago subió el volumen. El viento entraba por su ventanilla medio abierta y le movía el pelo, y yo tomé otro trago de café y miré las montañas y traté de pensar en cualquier cosa que no fuera esa mano a quince centímetros de la mía.
—Ustedes dos me van a matar de la tensión.
Camila. Desde atrás. Con el vaso de café contra los labios, casual, como si estuviera comentando el clima.
No respondí.
Santiago no respondió.
El motor ronroneó. La carretera subió. Las montañas se acercaron, rojas y enormes, cortadas en el cielo como heridas abiertas en la tierra.
El cañón apareció en el horizonte.
Y los quince centímetros entre su mano y la mía siguieron ahí. Intactos. Insoportables. Llenos de todo lo que ninguno de los dos sabía cómo decir.
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