Morir fue inesperado.
Despertar dentro de una novela fue absurdo.
Pero reencarnar como Serena Valmont, la villana destinada a morir a manos de su propio esposo, fue una completa pesadilla.
Conozco esta historia.
Sé que el emperador Kael Draven jamás amará a Serena. Sé que muy pronto conocerá a la verdadera protagonista. Y sé que, cegada por los celos, Serena cometerá una serie de crímenes que terminarán llevándola al cadalso.
Pero yo no soy Serena.
Y no pienso seguir su destino.
Mi plan es simple: alejarme de la protagonista, pedirle el divorcio al emperador y desaparecer antes de que la historia comience.
Solo hay un problema.
—Quiero el divorcio.
Kael alzó la mirada hacia mí.
—No.
...¿Cómo que no?
Se suponía que esta historia ya estaba escrita.
Entonces, ¿por qué está empezando a cambiar?
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Capítulo 9
Capítulo 9: La historia contraataca.
La historia me había amenazado.
Literalmente.
No de forma simbólica.
No con una profecía misteriosa escrita en una pared vieja.
No.
Había aparecido frente a mi cara una advertencia flotante que básicamente decía:
[NO INTERFIERAS.]
Y mi primera reacción fue muy madura.
Me ofendí.
—Qué grosera.
Elena giró hacia mí.
—¿Perdón?
—Nada.
Seguíamos camino a las cocinas.
Las históricas.
Las muy antiguas.
Las totalmente improvisadas para evitar que Elena vendara la mano de Kael.
—¿Estás segura de que te encuentras bien? —preguntó.
—Perfectamente.
—Hace un momento gritaste «espera» mirando al vacío.
—Reflexión interna.
—También dijiste que algo había funcionado.
—Optimismo.
Elena me observó.
Definitivamente estaba empezando a creer que su emperatriz tenía problemas.
No podía culparla.
Yo también empezaba a creerlo.
—¿Y ahora vamos a las cocinas?
—Sí.
—¿Por qué?
Me detuve.
Buena pregunta.
—Porque...
Miré alrededor.
Nada.
No se me ocurría absolutamente nada.
—...quiero pastel.
Elena sonrió.
—Eso sí lo entiendo.
Perfecto.
Había encontrado una excelente razón política.
Pastel.
Seguimos caminando.
Pero mi mente no estaba allí.
El evento será restaurado.
¿Qué significaba exactamente?
¿La historia iba a repetir el encuentro?
¿Provocaría otro corte?
¿Haría que Elena tropezara directamente dentro de los brazos de Kael?
No.
No permitiría eso.
Había leído demasiadas novelas.
Sabía exactamente de lo que era capaz un argumento romántico desesperado.
Lluvia inesperada.
Habitaciones compartidas.
Carruajes averiados.
Caballos descontrolados.
Tormentas.
Secuestros convenientemente románticos.
Solo faltaba que el mundo gritara:
Solo hay una cama.
Sentí un escalofrío.
No.
No iba a dejar que llegáramos a eso.
—Elena.
—¿Sí?
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte en el palacio?
Ella titubeó.
—No lo sé.
No me gustó aquella respuesta.
—¿Una semana?
—Quizá más.
Peor.
—¿Dos?
—Mi padre dijo que podría quedarme hasta la recepción de Yumen.
Eso significaba semanas.
Meses.
Muchísimas oportunidades para que la historia intentara arrojarla sobre Kael.
—Qué... agradable.
—¿No quieres que me quede?
Sonó herida.
Me sentí como un monstruo.
—No. Quiero decir, sí. Puedes quedarte.
Genial.
Acababa de invitar voluntariamente a la futura amante de mi esposo a quedarse en mi casa.
Aunque técnicamente no era amante.
Todavía.
Y esperaba estar divorciada antes de que aquello ocurriera.
Todo bien.
Nada extraño.
—Gracias —dijo Elena.
Sonrió.
Maldita mujer adorable.
...****************...
Las cocinas resultaron ser mucho menos históricas de lo que había prometido.
—Son cocinas —dijo Elena.
—Antiguas.
—Parecen nuevas.
—Renovación reciente.
Un cocinero nos miró confundido.
Le hice una seña para que no hablara.
—¿Hay pastel?
El hombre reaccionó inmediatamente.
—Por supuesto, Su Majestad.
Excelente.
Gobernar tenía ventajas.
Nos sentamos en una pequeña mesa.
Cinco minutos después tenía frente a mí una porción de pastel de chocolate.
Me quedé mirándolo.
—Voy a llorar.
Elena rio.
—¿Te gusta tanto?
—En mi vida anterior...
Me congelé.
Casi.
Casi.
—¿Tu vida anterior?
—Mi dieta anterior.
Eso no tenía sentido.
—Antes comía menos dulces.
—Ah.
Gracias, Elena, por no cuestionar demasiado.
Probé el pastel.
Cerré los ojos.
—Está increíble.
—Serena.
—¿Sí?
—Tienes chocolate en la nariz.
...
Perfecto.
La emperatriz más elegante del Imperio.
Me limpié.
Elena comenzó a reír.
La miré.
—No te acostumbres.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—No.
Y volvimos a reír.
Era extraño.
En la novela Elena siempre parecía tan... perfecta.
Delicada.
Correcta.
Casi irreal.
Pero allí era diferente.
Se reía demasiado fuerte.
Le gustaba comer.
Hablaba sin parar de libros.
Y aparentemente tenía una obsesión preocupante con historias trágicas.
—¿Por qué te gustan tanto los finales tristes?
—Porque se recuerdan.
—Yo prefiero dormir tranquila.
—Los finales felices son predecibles.
Me quedé mirándola.
—No sabes cuánto te equivocas.
—¿Qué?
—Nada.
Me apoyé en la mesa.
Quizá Elena tampoco era exactamente como estaba escrita.
Eso era interesante.
Muy interesante.
Si los personajes tenían más profundidad que la novela...
entonces quizá el libro solo mostraba una pequeña parte de lo que realmente ocurría.
Pensé en Serena.
Algún día descubrirás la verdad.
Mi sonrisa desapareció.
¿Qué verdad?
Elena me observó.
—¿Qué ocurre?
—¿Puedo preguntarte algo extraño?
—Después de las cocinas históricas, creo que sí.
Me lo merecía.
—¿Conocías a Serena antes de venir al palacio?
Ella parpadeó.
—¿A ti?
—Sí.
—No personalmente.
—¿Habías escuchado cosas sobre mí?
Elena bajó la mirada.
Ah.
Eso era un sí.
—Puedes decirlo.
—No quiero ofenderte.
—Difícilmente superarás algunas cosas que ya descubrí hoy.
—Decían que eras...
Esperé.
—...terrible.
Directo.
Me gustaba.
—¿Qué más?
—Que despedías sirvientas por mirar al emperador.
Serena.
—Que arruinaste el compromiso de Lady Catherine porque bailó con él.
Serena.
Por favor.
—Y que una vez ordenaste destruir un jardín entero porque Kael dijo que le gustaban las rosas blancas y una noble llevaba una en el cabello.
Me quedé callada.
—Eso suena falso.
—Espero que sí.
—Yo también.
Elena me miró.
—Pero eres diferente.
—¿Diferente a qué?
—A lo que dicen.
Sentí una presión extraña en el pecho.
—Quizá la gente exagera.
—Quizá.
No parecía completamente convencida.
Yo tampoco.
Porque algunas historias sobre Serena podían ser ciertas.
Pero los intentos de asesinato...
¿También?
No lo sabía.
Y ese era el problema.
...****************...
Regresé a mis habitaciones después del almuerzo.
Salem estaba dormido sobre mi almohada.
—Tenemos que hablar.
Miau.
—No puedes seguir atravesando dimensiones sin avisarme.
Salem cerró los ojos.
—Te estoy hablando.
Nada.
Traidor.
Me senté frente al escritorio.
Abrí el cuaderno.
Esperé.
Nada.
—Vamos.
Pasé una página.
Nada.
—¿Ahora eres tímido?
No apareció ningún mensaje.
Tomé la pluma.
Escribí:
¿QUÉ ERES?
Esperé.
Nada.
Escribí debajo:
¿QUIÉN ESTÁ CAMBIANDO LA HISTORIA?
Nada.
¿POR QUÉ QUIERES QUE MUERA?
La tinta tembló.
Me quedé inmóvil.
—Te tengo.
Una pequeña línea apareció debajo.
Esperé.
La tinta comenzó a extenderse.
La historia no desea tu muerte.
Mi corazón aceleró.
—Entonces podemos negociar.
Nada.
Escribí:
¿POR QUÉ DEBE MORIR SERENA?
La respuesta tardó.
[Porque así fue escrito.]
Sentí frío.
—Eso no es una razón.
Escribí exactamente eso.
ESO NO ES UNA RAZÓN.
La tinta apareció.
[Es suficiente.]
—Para ti.
Me incliné sobre el papel.
¿QUIÉN ERES?
Silencio.
¿ERES LA AUTORA?
Nada.
¿ERES EL LIBRO?
La tinta tembló.
Y desapareció.
Interesante.
—Te molestó esa.
Escribí otra vez.
¿ERES LA HISTORIA?
Esta vez apareció una respuesta inmediata.
[Cumple tu papel.]
—No.
[Cumple tu papel.]
—No.
[Cumple tu papel.]
—Ya entendí.
La tinta comenzó a oscurecerse.
[SERENA VALMONT ES LA VILLANA.]
Me quedé quieta.
Ahí estaba.
[SERENA VALMONT ODIA A ELENA ROSENTHAL.]
—Pues tenemos un problema.
[SERENA VALMONT AMA AL EMPERADOR.]
Miré la frase.
—Eso definitivamente tenemos que discutirlo.
[SERENA VALMONT NO CAMBIA.]
Mi sonrisa desapareció.
Algo en esa frase me molestó.
Mucho.
—Todo el mundo cambia.
La tinta permaneció.
Tomé la pluma.
Escribí:
YO NO SOY ESA SERENA.
Por primera vez... no apareció respuesta.
Esperé.
Cinco segundos.
Diez.
Veinte.
Entonces:
[Lo sabemos.]
Solté la pluma.
—¿Lo sabemos?
Nosotros.
Plural.
¿Quiénes eran «nosotros»?
Me incliné.
Pero antes de escribir otra pregunta... la puerta se abrió.
Cerré el cuaderno de golpe.
Kael entró.
—¿Nunca llamas?
—Son los aposentos imperiales.
—Mis aposentos.
—También míos.
—Tienes tus propios aposentos.
—Necesito hablar contigo.
Miré el cuaderno.
Después a él.
—¿Sobre qué?
—Lady Rosenthal.
Mi estómago cayó.
—¿Qué pasa con Elena?
Kael se detuvo.
Sus ojos se estrecharon.
—Elena.
Maldición.
—Ese es su nombre.
—Hace dos días la llamabas Lady Rosenthal.
—Ahora somos amigas.
Silencio.
Creo que esa frase le causó daño físico.
—¿Amigas?
—Sí.
—Tú.
—Yo.
—Y Elena Rosenthal.
—Correcto.
Kael permaneció mirándome.
—¿Necesitas sentarte?
—No.
—Pareces confundido.
—Estoy intentando entender cómo una mujer a la que querías expulsar del palacio esta mañana ahora es tu amiga.
—Descubrimos que odiamos el mismo final de un libro.
Kael parpadeó.
—No importa.
Se acercó.
—Elena pidió permiso para utilizar los jardines privados mañana.
No.
—¿Qué jardines?
—Los del ala norte.
No.
No, no.
Esos eran los jardines.
Los de la escena romántica.
La historia estaba intentándolo otra vez.
—Dile que no.
—¿Por qué?
—Serpientes.
Kael me miró.
—¿Qué?
—Hay serpientes.
—No hay serpientes en los jardines imperiales.
—Abejas.
—Serena.
—¿Por qué me preguntas si ya decidiste?
—Porque son tus jardines.
Eso era nuevo.
—¿Míos?
—Los jardines de la emperatriz.
Interesante.
—Entonces digo que no.
—¿Por qué?
—Porque son míos.
Kael apretó la mandíbula.
—Hace diez minutos dijiste que era tu amiga.
—Las amistades necesitan límites.
—Serena.
—Kael.
—No.
—¡Tú empezaste!
Nos miramos.
Finalmente suspiró.
—Le diré que utilice los jardines del oeste.
Me relajé.
—Perfecto.
—¿Eso era todo?
—Sí.
Empezó a marcharse.
—Kael.
Se detuvo.
—¿Qué?
Miré su mano.
Seguía vendada con el trozo de mi vestido.
—¿Cómo está?
Kael también la miró.
—Sobreviviré.
—Milagro.
—Gracias a tu heroico sacrificio.
—Ese vestido era caro.
—Lo sé.
—Más que un caballo.
—Lo mencionaste.
—Deberías agradecerme.
Sus labios se curvaron apenas.
—Gracias, Serena.
Sonreí.
Y entonces pasó algo extraño.
Nos quedamos mirándonos.
Solo un segundo.
Dos.
La habitación quedó demasiado silenciosa.
No.
Regla número dos.
NO ENAMORARSE DE KAEL.
Me giré.
—Ya puedes irte.
La pequeña sonrisa desapareció.
—Eres increíblemente grosera.
—Me estoy esforzando por mantener cierta coherencia de personaje.
Error.
Kael se detuvo.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Otra vez.
—Buenas noches.
Me miró durante varios segundos.
Después salió.
La puerta se cerró.
Suspiré.
—Eso estuvo cerca.
Miau.
Salem seguía dormido.
—Gran apoyo.
...****************...
A la mañana siguiente desperté con gritos.
No mis gritos.
Para variar.
Abrí los ojos.
—¿Qué ocurre?
Margaret entró corriendo.
—¡Su Majestad!
Me senté.
—¿Qué pasó?
—Lady Rosenthal.
Mi sangre se heló.
—¿Qué le pasó?
—Hubo un accidente en los jardines.
No.
Salté de la cama.
—¿Cuáles?
Margaret respiraba agitada.
—Los del oeste.
Los del oeste.
No los del norte.
Había cambiado el lugar.
Pero la historia...
Sentí frío.
—¿Está herida?
—No.
Me relajé.
—Entonces ¿qué ocurrió?
Margaret palideció.
—El emperador resultó herido.
Mi estómago cayó.
Otra vez.
—¿Cómo?
—Una estatua se desprendió. Lady Rosenthal lo empujó para apartarlo, pero él se cortó la mano.
No.
No.
No.
—¿Qué mano?
Margaret parecía confundida.
—La derecha.
La misma.
Me vestí prácticamente corriendo.
—¿Dónde están?
—En los jardines.
Salí.
—¡Su Majestad!
No esperé.
Corrí por los corredores.
Esto no podía estar pasando.
Había cambiado el jardín.
Había impedido la escena.
Había evitado el pañuelo.
Y la historia había encontrado otra forma.
Llegué.
Había guardias.
Sirvientes.
Una estatua rota.
Y allí estaban.
Elena.
Kael.
Juntos.
Elena sostenía su mano.
Mi corazón se detuvo.
No.
Envolviendo la herida había un pañuelo blanco.
Con rosas bordadas.
Exactamente como en la novela.
Elena levantó la vista.
—¡Serena!
Kael también me miró.
Yo solo podía ver aquel pañuelo.
—¿De dónde salió eso?
Elena parpadeó.
—¿Qué?
Señalé.
—El pañuelo.
—Es mío.
—Te devolví el otro.
—Sí.
Metió una mano en su bolsillo.
Sacó otro pañuelo idéntico.
Me quedé sin palabras.
Tenía dos.
Por supuesto que tenía dos.
¿Por qué no iba a tener dos?
La historia era una tramposa.
Ding.
No.
Las letras aparecieron frente a mí.
[EVENTO CLAVE 004 RESTAURADO.]
Sentí que me hervía la sangre.
[El vínculo entre los protagonistas ha sido establecido.]
Miré a Kael.
Después a Elena.
Nada parecía romántico.
Kael parecía irritado.
Elena preocupada.
Pero el pañuelo estaba allí.
Exactamente donde debía estar.
[CONTINUIDAD RESTABLECIDA.]
Otra frase apareció.
[Gracias por cooperar.]
Abrí la boca.
Ofendida.
Profundamente ofendida.
—¿Cooperar?
Kael frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Las palabras desaparecieron.
Pero antes... una nueva línea parpadeó.
[Próximo evento clave en 3 días.]
Sentí que el estómago se hundía.
Tres días.
Busqué desesperadamente entre mis recuerdos.
¿Qué ocurría después?
Pañuelo.
Encuentro.
Cena.
La copa.
Mi corazón se detuvo.
No.
El primer enfrentamiento real entre Serena y Elena.
El banquete privado.
Serena derramaba vino sobre Elena frente a toda la Corte.
Después la acusaba de seducir al emperador.
Ese era el momento en que todos comenzaban a verla oficialmente como una amenaza.
El principio.
El verdadero principio.
Ding.
Una última frase apareció.
[Serena Valmont debe cumplir su papel.]
Me quedé mirándola.
Después sonreí.
Muy bien.
Si la historia quería obligarme a convertirme en la villana... tenía tres días.
Y yo tenía una ventaja.
Sabía exactamente qué escena venía.