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La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Hijo/a genio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.

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Capítulo 16

Caminó con una mezcla de cautela y determinación. Pasó por setos de flores de colores vibrantes, fuentes burbujeantes y estatuas antiguas. El palacio se alzaba majestuoso a su alrededor, una fortaleza de piedra y poder.

Finalmente, lo vio.

En un sendero apartado, rodeado de altos cipreses y rosales en flor, estaba la figura imponente del Emperador. Estaba de espaldas a ella, su túnica oscura ondeando ligeramente con la brisa. Su postura era la de un hombre que cargaba el peso de un imperio, pero también la de alguien que buscaba un momento de solitud.

El corazón de Evelyn comenzó a latir con fuerza. Este era el momento. Tenía que acercarse sin ser intrusiva, sin parecer que lo estaba esperando.

Observó. El Emperador se detuvo junto a un rosal particularmente exuberante, sus dedos enfundados en guantes de seda negra rozaron delicadamente un pétalo. Era un gesto casi imperceptible, pero para Evelyn, era una grieta en su armadura de hielo. Una muestra de humanidad, de aprecio por la belleza.

Respiró hondo y comenzó a caminar lentamente hacia él, sus pequeños pies haciendo apenas ruido en los guijarros. No aceleró el paso. No lo llamó. Solo se acercó, como si su presencia allí fuera la cosa más natural del mundo.

Cuando estuvo a unos pocos pasos, el Emperador, como si sintiera su presencia, se giró lentamente.

Sus ojos dorados se posaron en ella. Esta vez, Evelyn no vio la indiferencia. Vio una expresión indescifrable, una mezcla de sorpresa contenida y una chispa de algo más. No era calidez, pero tampoco era la frialdad distante de antes. Era una especie de... reconocimiento, de aceptación forzada de su presencia.

Evelyn detuvo su avance, sus ojos azules fijos en los suyos. Su sonrisa, cuidadosamente practicada, apareció en sus labios. Era suave, ligeramente tímida, pero genuina en su intento de conectar.

—Padre —dijo Evelyn, su voz infantil era apenas un susurro en la quietud del jardín, llena de una dulzura que intentaba derretir el hielo.

El Emperador la observó. No hubo respuesta inmediata. El silencio se prolongó, cargado de tensión y anticipación. Evelyn mantuvo su mirada, no apartó los ojos, no mostró miedo.

—Princesa —dijo el Emperador, su voz era grave, sin la calidez que un padre podría usar con su hija, pero tampoco había la dureza de sus primeras interacciones. Era una voz controlada, mesurada. —¿Buscabas algo en particular?

Evelyn negó con la cabeza, su cabello dorado ondeando ligeramente. —Solo... estaba dando un paseo, Padre. Es muy hermoso aquí.

Sus ojos azules recorrieron las flores, las estatuas, los senderos. Luego, su mirada volvió al Emperador, con una expresión de genuina admiración.

—Me gusta mucho el jardín —añadió, su voz suave. —Pero... me preguntaba por el fénix.

El Emperador la miró fijamente. Evelyn sintió que él evaluaba su pregunta, sopesando si era una "trivialidad" o algo más. La mención del fénix, el símbolo de su casa, era la clave.

—El fénix —dijo el Emperador, su voz era más pensativa, menos autoritaria. Sus ojos dorados se posaron en el emblema bordado en su propia túnica. —Es un símbolo, Princesa. De renacimiento. De la capacidad de levantarse de las cenizas. Es la promesa de que, no importa cuán oscura sea la noche, el sol siempre volverá a salir.

Evelyn lo escuchó con atención, sus ojos grandes y azules fijos en su rostro. La niña en ella se sentía fascinada por la historia; la mujer, por la revelación de una pequeña parte de la psique del Emperador. Había una melancolía subyacente en sus palabras, un eco de pérdida, de dolor.

—Es muy... hermoso, Padre —dijo Evelyn, su voz era un susurro sincero. —Como si siempre hubiera esperanza, ¿verdad?

El Emperador desvió la mirada hacia el cielo que comenzaba a teñirse de naranjas y morados. Hubo un silencio. Un largo silencio, donde la única voz era la del viento susurrando entre los cipreses.

Evelyn esperó, paciente. No lo presionó. Dejó que sus palabras se asentaran, que la emoción (o la falta de ella) se manifestara.

Finalmente, el Emperador la miró de nuevo. Sus ojos dorados, que antes parecían tan vacíos, ahora tenían una profundidad, una complejidad que Evelyn apenas empezaba a vislumbrar.

—La esperanza es un lujo, Princesa —dijo el Emperador, su voz era casi un murmullo, más personal, menos de gobernante. —Pero el fénix es un recordatorio de la resistencia. De la fuerza para seguir adelante, incluso cuando todo parece perdido.

Evelyn sintió una punzada de compasión. Comprendió que, bajo esa fría armadura, había un hombre marcado por el dolor, por las responsabilidades inmensas. Él no era simplemente un tirano, era un hombre que había sido endurecido por las tragedias de su vida.

—Me gustaría ser fuerte como el fénix, Padre —dijo Evelyn, y la sinceridad en su voz, la vulnerabilidad de la niña, fue genuina. No era una manipulación. Era un deseo.

El Emperador la observó. Sus ojos dorados se posaron en ella, y Evelyn sintió que su mirada se suavizaba, apenas perceptiblemente. No era una sonrisa, ni una caricia, pero era un cambio.

—La fuerza no siempre reside en la espada, Princesa —dijo el Emperador, y por primera vez, su voz tuvo un matiz de enseñanza, de guía. —A veces, la mayor fuerza reside en la perseverancia. En el conocimiento.

Evelyn asintió, absorbiendo cada palabra. Era una lección, un reconocimiento de su valía intelectual, de su potencial.

Se quedaron en silencio por un momento, el crepúsculo cayendo sobre los jardines. El aire se volvió más frío, y Evelyn sintió una punzada de frío en sus pies descalzos.

—Padre —dijo Evelyn, su voz suave, casi temerosa de romper el tenue vínculo que se había formado. —Hay un jardín del que leí en uno de mis cuentos. El jardín de las rosas de cristal. Dicen que es muy hermoso y que sus flores brillan como pequeñas estrellas. ¿Es real?

La pregunta era un riesgo. Era una petición directa, una invitación a un espacio más personal.

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