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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:637
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19. La heredera soy yo

Camila sonrió.

—Qué coincidencia. Sí la conozco. También conozco a varios miembros de su familia. Grupo Montenegro me resulta tan familiar como mi propia casa.

Todos guardaron silencio.

Hablaba con tanta seguridad y tanta calma que, por un instante, no supieron si creerle.

¿Podía ser verdad?

Los Montenegro no eran una familia cualquiera. Eran personas a las que solo veían en las noticias. Y, de pronto, dos mujeres de aquella pequeña reunión decían tener trato con ellos.

Encima, Camila hablaba de la empresa como de su propia casa.

Patricia soltó una carcajada.

Los demás la siguieron.

—¿Nos crees idiotas? ¿Tenemos que creerte solo porque lo dices? Si los Montenegro fueran como tu familia, ¿qué estarías haciendo aquí?

Patricia negó con la cabeza. No había imaginado que Camila llegara a inventar algo tan absurdo.

Se estaba poniendo en ridículo sola.

Alguien se burló:

—¿Ahora vas a decir que tú eres la hija que encontraron? ¿La que heredó los cien mil millones?

Hasta quienes todavía admiraban a Camila empezaron a sentirse incómodos.

Habían ido a recordar los años juntos. Competir contando mentiras arruinaba el sentido de la reunión.

—Exactamente. Soy yo. La heredera a la que su padre le dejó más de cien mil millones.

Camila seguía sonriendo.

Las risas se hicieron más fuertes.

Mariana le apretó la mano, avergonzada.

—Cami, ya. Déjalo.

—Nada de dejarlo —intervino Patricia—. Si tiene valor para mentir, que tenga valor para quedar en evidencia. Vamos a comprobarlo ahora mismo.

Sacó el celular.

—Voy a llamar a la señorita Montenegro. Que ella misma nos diga si conoce a Camila Rivas.

Alzó la barbilla.

—Si estás mintiendo, te tomas todo el alcohol de esta sala y me suplicas perdón de rodillas delante de todos. ¿Te atreves?

—De acuerdo. ¿Y si la que miente eres tú?

—¿Qué quieres que haga?

Camila la pensó un momento.

—Grabas una disculpa y la publicas en el grupo de antiguos alumnos. Vas a decir que llevas años teniéndome envidia y que todavía no lo superas. Que de ahora en adelante vas a cambiar y a aprender de mí a ser mejor persona.

Patricia perdió el color.

No solo era humillante. Era exactamente lo que más le dolía admitir.

Tragó saliva y aceptó. Ya había hablado demasiado para echarse atrás.

Además, Camila no podía conocer a la heredera.

Con una sonrisa, ella le indicó que empezara.

Patricia abrió un contacto cuya imagen mostraba la espalda de una mujer con vestido de gala. Lo había guardado como «Heredera Montenegro».

A Camila le dieron ganas de reír otra vez.

Nunca usaría una fotografía de internet tan ordinaria como imagen de perfil.

Viendo lo segura que estaba Patricia, empezaba a sospechar que la habían estafado.

La otra mandó un mensaje y recibió respuesta enseguida. Preguntó si podía hacer una llamada de un minuto. La supuesta heredera aceptó.

Los presentes se acercaron, expectantes.

Hasta Mariana quiso escuchar.

—Cuánto tiempo libre tiene la señorita Montenegro. Siempre responde al instante —murmuró Camila.

Patricia le lanzó una mirada furiosa.

Los demás no le dieron importancia. Una mujer rica podía no tener muchas obligaciones. Y si eran amigas íntimas, era normal que se contestaran rápido.

La llamada se conectó.

—¿Hola?

Era una voz de mujer, aguda y exageradamente dulce.

Patricia sonrió de inmediato.

—Señorita Montenegro, disculpe la hora. Estoy con unos amigos. La admiran mucho y querían escucharla un momento.

La adulación se le oía en cada palabra.

No sonaba como alguien hablando con su mejor amiga. Cualquiera podía notarlo.

Pero eso era secundario. Conocer a una Montenegro y poder llamarla ya era bastante.

—Hola a todos —respondió la mujer con voz afectada.

—Una de mis amigas también dice que la conoce. Se llama Camila Rivas.

Patricia giró el celular hacia ella y la miró con frialdad.

Todos hicieron lo mismo.

Hubo una pausa al otro lado.

—Ah... Conozco a tanta gente que a veces no recuerdo los nombres.

—No tiene que quedar bien conmigo. Mi amiga suele presumir de más. A lo mejor solo estaba jugando.

—Ah, entiendo...

La voz empezó a sonar incómoda.

Camila ya había visto suficiente.

Tomó el celular.

—Señorita Montenegro, ¿qué está haciendo? Me dijeron que hoy iba a la gala benéfica internacional. ¿Está allí ahora?

—Sí. Sí, estoy en la gala.

La respuesta salió demasiado rápido.

—Perdonen, está por empezar. Tengo que dejarlos.

Colgó antes de que Patricia pudiera decir nada.

Por un segundo, la otra también sintió que algo no encajaba. Lo apartó enseguida y se volvió hacia Camila.

—¿Qué tal? ¡No te conoce!

—¿De dónde sacaste ese contacto? ¿No te das cuenta de que es una estafadora? ¿Tantos años en la universidad y no te da la cabeza para darte cuenta?

Patricia se puso roja.

—¡No inventes! Perdiste y ahora no quieres aceptarlo.

La verdad era que ella tampoco podía asegurar que aquella mujer fuera la heredera.

La semana anterior había entrado a un grupo de mujeres de la alta sociedad de Puerto Claro. Todos trataban con respeto a aquel contacto. La mujer hacía regalos costosos a las integrantes y compartía fotografías de reuniones exclusivas.

Después de preguntar mucho, Patricia oyó que era la hija de los Montenegro.

Quiso agregarla enseguida, pero la otra puso una condición: debía transferirle cien mil pesos para demostrar que pertenecía a su círculo.

Patricia había pagado.

No podía aceptar que la hubieran estafado.

Además, el perfil parecía convincente. Todos los días había fotos de compras, viajes y gastos descomunales.

Camila habló con una calma casi indolente.

—La gala se celebró anteayer en Panamá. Puedes buscar la noticia. La heredera de los Montenegro figura entre los asistentes. ¿También se le olvidó en qué fecha fue?

Alguien ya estaba revisando el celular.

—¡Es verdad! ¡Esa mujer es una estafadora!

No había fotografías ni muchos datos personales de la heredera. Todavía no se había presentado ante la prensa.

Pero la noticia decía con claridad que la hija de Alejandro Montenegro había asistido por primera vez en representación del grupo.

A Patricia le fallaron las piernas. Cayó sentada en el suelo.

Ni siquiera eran los cien mil pesos lo que más le dolía.

Era que la humillación hubiera cambiado de lado tan rápido.

Mariana no se rio de ella como los demás. Tomó el celular e intentó comunicarse otra vez con la mujer.

Ya no pudo.

Había bloqueado a Patricia.

—Tienes que denunciarla —le dijo, devolviéndole el aparato.

Patricia miraba sin enfocar nada.

Hasta que vio acercarse a Camila y volvió a aferrarse a su rabia.

—Aunque me hayan estafado, tú no eres mejor. Vives del dinero de tu marido y presumes de conocer a los Montenegro. ¡Demuestra lo que dijiste!

Varios encontraron cómoda aquella explicación.

Patricia había sido víctima de una mentira. Camila, en cambio, parecía estar inventando la suya.

El compañero que antes había intentado mediar volvió a intervenir.

—Ya basta. No eres mejor que ella, Camila. Discúlpense y terminemos con esto.

Quienes habían adulado a Patricia estaban incómodos, pero seguía siendo la que más dinero aparentaba tener. Además, estaba pagando las bebidas de todos.

Les convenía mantenerla de su lado.

—Acepta que perdiste. Ella solo fue engañada. Te tomas tus copas y lo de arrodillarte lo olvidamos.

—Pídele perdón de buena manera. Somos compañeros. No va a ensañarse contigo.

—No necesitas seguir fingiendo. Por mucho que presumas, no vas a terminar entrando en esa familia.

Camila sacó su teléfono en medio de los comentarios y marcó.

—Buenas noches. Soy Camila Rivas. Comuníqueme con el área comercial de Grupo Montenegro.

No habló fuerte. Tampoco dudó.

Los presentes se miraron entre sí.

¿Iba a seguir actuando para salvar las apariencias?

Un momento después, Camila se volvió hacia su amiga.

—Mariana, ¿cómo se llama tu empresa?

—Horizonte Tecnológico.

La respuesta le salió sin pensar.

Camila continuó hablando por teléfono.

—Comprueben si Horizonte Tecnológico está participando en alguna de las licitaciones de proyectos del grupo. Si es así, ofrézcanles una reunión. Mañana por la mañana, lo antes posible.

Mariana la miró sin entender.

¿Estaba dándole órdenes a Grupo Montenegro?

Camila colgó y le sonrió.

—Ya tienes una oportunidad para presentar la propuesta. No vas a volver de este viaje con las manos vacías. Conseguir el contrato dependerá de lo que puedan ofrecer.

—¿Es verdad? ¿De verdad acabas de pedir que...?

Mariana confiaba en ella. Aun así, también había creído que inventaba lo de los Montenegro.

Patricia soltó una risa.

—¿Crees que una llamada de mentira basta para engañarnos a todos?

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