Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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La fuerza en sus brazos
Cassidy
Me giro y camino hacia la puerta.
—Cass.
Luke viene detrás.
No miro atrás. Porque sé que si lo hago quizá vuelva.
Y no puedo.
No hoy.
No después de entender que la visión infantil que tenía de mamá no existe.
Adamo está donde lo dejé.
Bueno. No exactamente.
Ahora está de pie.
Cuando nos ve salir, su expresión cambia inmediatamente.
Primero mira a Luke.
Después a mí.
Debe ver algo. No sé qué.
Luke pasa a su lado.
—Tengo que irme.
Adamo asiente.
No pregunta.
—¿Estás bien para conducir? —le pregunto a Luke.
—Sí.
—Voy contigo.
—No.
Lo miro.
—Luke…
—Necesito estar solo cinco minutos.
—No quiero que…
Me toma la cara entre las manos.
El gesto me sorprende.
—Estoy bien, Cass. —No le creo—. Voy a la casa. Recojo mis cosas y me largo de ese lugar.
La casa.
Ya ni siquiera dice nuestra casa.
—Te llamo —dice.
—Promételo.
—Te lo prometo.
Me besa la frente y después se va.
Lo sigo con la mirada hasta que desaparece detrás de las puertas.
Y entonces me quedo sola.
No.
No sola.
Adamo sigue ahí.
Mierda.
Me seco rápidamente debajo de un ojo.
Ni siquiera sabía que estaba llorando.
—No preguntes.
—No iba a hacerlo.
Eso me molesta.
—¿Por qué no?
Una ceja suya se eleva.
—Porque acabas de decirme que no preguntara.
Cierto.
—Bien.
Intento respirar.
No funciona demasiado.
—¿Quieres sentarte?
—No.
—Está bien.
—No necesito nada.
—Está bien.
—Deja de decir está bien.
—Está…
Lo fulmino con la mirada.
Cierra la boca.
Gracias.
Camino dos pasos.
Después vuelvo.
No sé qué hacer.
Tengo veinte años y acabo de quedarme sin casa.
No.
Tengo casa.
Solo decidí irme.
Eso es distinto, ¿verdad?
Luke está bien.
Mamá está bien.
Todo está bien.
No.
Nada está bien.
—Ella lo eligió.
Las palabras salen solas.
Adamo no habla.
Miro el suelo.
—Lo eligió a él.
Mi voz se rompe.
Odio eso.
Me cruzo de brazos, como si pudiera mantenerme físicamente unida.
—A Luke lo golpearon durante años y ella...
No.
No puedo decirlo.
No a él.
No todavía.
Aprieto los labios.
Adamo sigue sin acercarse.
Eso también me molesta.
¿Por qué no hace algo?
¿Y qué mierda quiero que haga?
—Pensé que no sabía —susurro—. Toda mi vida pensé que no sabía, que no entendía lo que papá hacía.
Me cae otra lágrima.
La limpio con rabia.
—Cass.
—No. —Sacudo la cabeza—. No me mires.
—¿Por qué?
—Porque no.
Excelente argumento.
Digno de mi inteligencia.
Adamo da un paso.
Solo uno.
—No sé qué pasó ahí dentro.
—Bien.
—Pero sí sé que estás intentando mantenerte de pie únicamente porque tu hermano acaba de irse.
Levanto la cabeza.
Odio que tenga razón.
—No necesito…
La frase muere, porque Adamo abre los brazos.
Eso es todo.
No viene a buscarme.
No me toca.
No dice ven aquí.
Solamente los abre.
Y algo dentro de mí termina de romperse.
Qué humillante.
Doy un paso.
Después otro.
Y me meto directamente contra su pecho.
Sus brazos se cierran alrededor de mí.
Fuerte.
Caliente.
Seguro.
Al principio mantengo las manos entre nosotros.
Como si esto fuera temporal.
Como si en cualquier momento fuera a recordar que apenas conozco a este hombre.
Después inhalo.
Huele a jabón, arena y algo que es simplemente él.
Mis dedos se aferran a su camiseta.
Y lloro.
Lloro de verdad.
No esas lágrimas silenciosas que puedes limpiar y fingir que nunca existieron.
Lloro como no he llorado desde que era niña.
Todo.
Mamá.
Luke.
Papá.
El taller.
La forma en que mi madre dijo “te dio un hogar” como si mi hermano hubiera sido un perro abandonado al que debíamos agradecer que alimentaran.
Adamo no dice nada.
No intenta decirme que va a estar bien.
Gracias a Dios.
Solo apoya la barbilla sobre mi cabeza y me sostiene.
Y entonces ocurre algo todavía peor.
Me doy cuenta de que esta es la primera vez que me derrumbo delante de alguien que no es Luke.
Esa idea debería hacer que me aparte.
No lo hago.
Me aferro más fuerte.
Y Adamo también.
😑😑😑😑
y ahora sin carga de un padre que les quita el dinero de una madre que ni los protege