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NICOTINA Y NIEVE

NICOTINA Y NIEVE

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / ABO / CEO
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.

En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.

Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.

A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.

No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: Dépanneur Lumière

Al segundo día en Montreal me quedaban seiscientos dólares y me di cuenta que no tenía idea de cómo buscar pega aquí.

No tenía currículum. Nunca había trabajado con contrato. Lo único que sabía hacer era limpiar depas y sacar nieve y atender gente con cara de aburrida. Caminé toda la Sainte-Catherine con los pies mojados porque mis zapatillas no eran para nieve. Se me metía el agua por la costura.

Entré a todos lados. A un Tim Hortons, a un Subway, a una tienda de ropa usada. En todos me pedían papeles que no tenía o experiencia en caja que tampoco tenía. En uno me pidieron hablar francés perfecto. Yo hablo francés a medias, el de la escuela, no el de aquí que es muy rápido y se comen las palabras.

Ya era de noche, como las ocho, y hacía más frío que en la mañana. Me dolía la cara. Vi un letrero con luz amarilla que parpadeaba. Dépanneur Lumière. Abierto 24 horas.

Un dépanneur es como un almacén chico, de esos que venden de todo. Papas, cigarros, cerveza, leche, pan. Olía a café viejo desde afuera.

Entré solo para calentarme. La puerta hizo un ruido con una campanita.

Adentro hacía calor, por fin calor de verdad. Olía a sopa instantánea y a piso mojado con cloro. Había una señora detrás de la caja, de unos sesenta años, con el pelo corto teñido rojo y un chaleco gigante de lana. Estaba viendo una tele chica sin volumen.

Me miró por encima de los lentes.

"On ferme pas, mais tu achètes quelque chose?"

Le dije que sí, que quería un café. No sabía cómo se pedía café aquí. Me mostró la máquina que estaba al lado de los hot dogs que giraban hace horas.

Me serví uno en un vaso de cartón que quemaba. Me costó dos dólares. Me quedé parado al lado de la estufa que tenía cerca de la caja.

La señora me miró las zapatillas mojadas. Me miró la mochila que todavía andaba trayendo porque me daba miedo dejarla en mi pieza.

"T'as froid, toi", me dijo.

Le dije que sí, un poco. En francés a medias.

Me preguntó de dónde era. Le dije que de lejos. Que había llegado ayer. Que buscaba trabajo.

Se rió. No de mala forma. Como con pena.

"Tout le monde cherche une job ici, mon petit."

Le dije que sabía limpiar, que sabía atender, que no me daba asco nada. Que podía trabajar de noche, en la mañana, cuando fuera. Que necesitaba plata.

Me quedó mirando un rato. Se sacó los lentes.

"J'ai besoin de quelqu'un pour la nuit. De onze à sept. Personne veut travailler la nuit. Les jeunes veulent pas. Tu veux?"

Entendí once a siete. De noche. Turno de noche.

Le dije que sí al tiro. Que sí, que yo quería. Que podía empezar hoy mismo.

Me dijo que me pagaba en efectivo, catorce dólares la hora, porque de noche se paga más pero es más fome y a veces entra gente curada. Que tenía que aprender a usar la caja, que era vieja y se trababa, y que tenía que hacer café cada dos horas aunque nadie comprara, porque el olor hace que la gente compre.

Le dije que sí a todo.

Me pasó un delantal azul que decía Lumière y que tenía una mancha de salsa que no salía.

Me dijo que me llamaba Rousseau, Madame Rousseau, pero que le dijera Ginette.

Ginette.

Me enseñó la caja en cinco minutos. Era de esas que tienen botones grandes y que suena muy fuerte cuando abre. Me enseñó dónde estaban los cigarros, que estaban con llave. Me enseñó que no le vendiera cigarros a cabros chicos y que si alguien me pedía alcohol sin carnet, que le dijera que no.

Me enseñó a hacer el café nuevo. Había que botar el viejo que estaba negro y lavar la jarra.

Me dejó solo a las once.

A las once la calle se vació. No pasaba nadie. Solo de repente pasaba un quitanieves gigante que dejaba todo blanco otra vez y hacía temblar los vidrios del dépanneur.

Yo estaba detrás de la caja con el delantal azul que me quedaba grande, mirando la puerta. Tenía miedo de que entrara alguien a robarme. Ginette me había dicho que si entraba alguien raro, que le pasara la plata nomás y que no peleara.

A las doce entró un señor curado a comprar papas. A la una no entró nadie. A las dos me hice otro café aunque no tenía ganas, solo para que oliera.

A las tres me empecé a sentir raro. Me dio un calor en la nuca que no era por la estufa. Me dolía la espalda baja, como cuando te resfrías. Pensé que me estaba enfermando por haber caminado tanto con los pies mojados.

Fui al baño chico del dépanneur, que olía a desinfectante muy fuerte, y me miré al espejo. Estaba pálido. Tenía los ojos brillosos. Me toqué la frente y la tenía caliente.

Pensé, me dio fiebre. Justo ahora que conseguí pega.

Me lavé la cara con agua helada y volví a la caja.

A las tres y media sonó la campanita de la puerta.

Entró alguien alto, con un abrigo negro largo lleno de nieve. Se sacudió en la entrada. Tenía el pelo oscuro mojado, barba de dos días, y olía a frío y a algo más que no supe qué era en ese momento. Olía a madera mojada y a cigarro caro.

No me miró al principio. Fue directo a la nevera del fondo, sacó una botella chica de whisky barato, de esas que valen como diez dólares, y después vino a la caja y me dijo sin mirar:

"Lucky rouge."

Tenía voz ronca, como si no hubiera hablado en todo el día.

Busqué los Lucky. Estaban con llave. Me puse nervioso y no encontraba la llave. Ginette me había dicho dónde estaba pero se me olvidó por la fiebre.

El tipo me miró recién ahí. Tenía ojos claros, grises. Me miró la cara, el delantal grande, las manos que me temblaban un poco.

Me dijo, tranquilo, petit. Petit en francés es chico.

Me señaló el cajón de abajo. Ahí estaba la llave. La encontré.

Le pasé los cigarros y el whisky. Me pasó un billete de veinte. No me dijo nada más. Le di el vuelto y se fue. La puerta sonó otra vez.

Se fue y dejó el olor a frío adentro.

Me quedé mirando la puerta. No sé por qué. Me quedé mirando harto rato.

Ginette llegó a las siete con un pan con queso para mí. Me dijo que lo había hecho bien, que la caja cuadraba. Me pagó ochenta y cuatro dólares en efectivo, en billetes arrugados.

Me fui caminando a mi pieza con los ochenta y cuatro en el bolsillo y la fiebre todavía en la frente. Afuera ya estaba amaneciendo, todo blanco.

Pensé en el tipo del abrigo negro. En cómo me dijo petit.

Esa noche no sabía su nombre. No sabía que se llamaba Julien Moreau y que era dueño de media calle. Solo sabía que entraba siempre a las once y cuarenta y siete y que compraba siempre lo mismo.

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