Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El precio de un error
Todo el salón se mantenía en silencio escuchando atentamente el relato de mí padre.
Yo estaba escondido destras del estandarte atento a sus palabras
—Mientras la batalla por asegurar la puerta sur seguía su curso, el príncipe y yo nos encontrábamos enfrascados en un combate frontal extremadamente intenso. Logramos exterminar a los últimos defensores que quedaban en la zona norte, pero no tuvimos tiempo ni de descansar un segundo. Antes de que pudiéramos reorganizarnos, el contingente enviado por el rey Kreon cayó sobre nosotros.
Eran guerreros comunes, pero venían acompañados por una guardia de élite: ciento veinte de los soldados personales que protegían al rey de aquella ciudad. Su misión no era solo frenar nuestro avance; habían venido a aniquilarnos para terminar rápidamente con cualquiera intento de flanqueo.
Miré a mi alrededor. Solo me quedaban unos cien hombres en pie. Sin dudarlo, les ordené formar una línea compacta y plantar cara a los mil quinientos enemigos que, con velocidad y furia, se abalanzaron sobre nosotros como una auténtica avalancha.
Resistimos el brutal impacto inicial. Había sido una buena idea formar en las estrechas calles de la ciudad, protegidos por las edificaciones a nuestro alrededor.
Gracias al terreno, ellos no podían rodearnos de frente y se veían obligados a dividirse para intentar flanquearnos.
Mientras tanto, Stelios protegía nuestros flancos con su caballería. Embestía con ferocidad a todo aquel que intentara sobrepasar nuestra posición.
Fue un choque durísimo; nos superaban en número y su guardia de élite aún no había entrado en combate. Esperaban pacientemente a que sus fuerzas más débiles nos desgastaran para darnos el golpe de gracia.
Aun así, nadie retrocedió. Seguimos luchando de frente, hombro con hombro. Cada uno de mis hombres confiaba ciegamente en el compañero que tenía al lado, y en aquel joven príncipe que algún día se convertiría en nuestro rey.
—Cuando el flujo de soldados cesó y dejaron de aparecer frente a nosotros, el panorama era desolador. Solo me quedaban cincuenta hombres en pie, mientras que al príncipe Stelios le restaban apenas cien jinetes.
Todos estábamos exhaustos, cubiertos de polvo y sangre; muchos con heridas de gravedad.
Habíamos llegado al límite.
Fue entonces cuando la guardia de élite de Palfidias avanzó hacia nosotros, lanzando un rugido ensordecedor que hizo temblar las paredes de piedra.
Al ver la inminente masacre, miré al príncipe y le pedí que se marchara. Le rogué que salvara su vida porque morir allí era un sacrificio innecesario. Aquel joven, con el rostro ensangrentado, solo sonrió de lado y me miró con determinación feroz.
—No voy a abandonar a mi camaradas cuando están en las mismas condiciones que yo, Oemirus —me respondió con firmeza.
—¿Qué clase de líder sería si dejara morir a los míos?
—En ese momento sonreí. Sentí un profundo temor por lo que le podría pasar a aquel muchacho, pero entendí que su corazón estaba tan comprometido en esta guerra como el nuestro.
—Con las fuerzas que logramos arrancar de nuestros cuerpos heridos, plantamos los escudos y alzamos las armas. Estábamos listos para un último y desesperado intento por sostener ese punto de la ciudad.
—Justo cuando la élite del enemigo estaba a punto de chocar contra nosotros, el suelo tembló con violencia.
—De la nada, un grupo de jinetes apareció por nuestro flanco izquierdo, cargando con un ímpetu arrollador, acompañados por cientos de soldados a pie.
—Era la caballería personal de nuestro rey Tridates, que venía en nuestro auxilio junto con cuatrocientos soldados de infantería ligera.
—Chocaron contra la élite de Palfidias ante nuestras miradas atónitas; para nosotros, aquello fue un auténtico regalo de los dioses. Recuperando el aliento, gritamos con fuerza y cargamos junto a ellos.
—Tras el último y brutal combate, los defensores por fin habían sido aniquilados. El general que lideraba la caballería se acercó para dar el reporte.
—Nos avisó que el rey Tridates había logrado tomar la muralla sur por completo y que el grueso de su ejército ya estaba irrumpiendo en las calles.
—Sin embargo, la guerra no había terminado: el rey Kreon había ordenado a todas sus fuerzas restantes reunirse en la plaza central frente al castillo, dispuestos a resistir hasta el último aliento.
—El príncipe reaccionó con rapidez e ingenio. Ordenó dividir las fuerzas que teníamos para cercar al enemigo por la retaguardia: él se quedó con una parte de la caballería, el general tomó el control de la otra parte y a mí me encomendó liderar la infantería.
—Tomamos tres caminos diferentes con el objetivo claro: golpear la retaguardia del enemigo.
—Mientras nos desplegábamos, en la plaza central se libraba una última batalla, despiadada y sin cuartel.
—El rey Tridates se encontraba en primera línea, liderando el combate con un fervor admirable.
—Pero el costo estaba siendo altísimo. Los soldados, agotados por el asalto al muro y viendo que nuestro soberano estaba herido y cansado, comenzaron a perder la moral y a retroceder, abandonando el combate poco a poco.
—Al percatarse del repliegue de las tropas, el rey Kreon vio su oportunidad de oro.
—Sin pensarlo dos veces, alzó su espada y ordenó a todas sus fuerzas remanentes cargar directamente contra nuestro señor, buscando decapitar a nuestro líder en un último y desesperado movimiento.
—Nuestro rey ordenó a uno de los hombres de la guardia que luchaba junto a él que hiciera sonar el cuerno, en un intento de evitar una retirada masiva de sus fuerzas.
—Sin embargo, antes de que el sonido del cuerno siquiera rasgara el aire, irrumpimos en la plaza. Ellos habían desprotegido su retaguardia en un intento de terminar con nuestro señor.
—Llegamos como un torbellino por los tres caminos distintos y, cargando con todas las fuerzas que nos quedaban en el cuerpo, golpeamos la retaguardia y los flancos más débiles del enemigo con una furia implacable.
—Arrasamos con todo el que intentaba oponer resistencia. Para cuando el atardecer tiñó de rojo el cielo de la capital, no quedaba ningún enemigo en pie.
—Su rey, Kreon, decidió morir en combate junto a los suyos. Prefirió el frío acero a vivir una deshonrosa derrota en cautiverio.
—Tras la victoria, el rey Tridates quiso nombrar a su hijo Stelios, como regente, ya que había luchado como un verdadero líder. Sin embargo, el muchacho demostró una nobleza aún mayor: se negó y le pidió a su padre que fuera yo el encargado de la regencia.
—El príncipe quería acompañar a su padre en lo que aún quedaba de la campaña, pues todavía existían ciudades en la región que compartían la misma mentalidad conquistadora que Kreon.
—Así es como me convertí en regente de Palfidias, a cargo de una guarnición de dos mil soldados.
—Entramos entonces en un periodo de paz y prosperidad.
—Fue durante ese periodo que conocí a la que se convertiría en mi esposa, y donde tuvimos a Melos, mi hijo mayor.
—Logramos llegar a acuerdos de mutua ayuda con otros pueblos y ciudades de la periferia de Palfidias, expandiendo el reino más allá de Wilders.
—El territorio entero se encontraba en completa armonía.
Pero la paz es un cristal frágil.
Un día, un pequeño grupo de hombres irrumpió en la ciudad. Vestían con ropas extrañas y portaban armas idénticas a las de los bárbaros que hoy amenazan nuestras tierras. Venían acompañados de un emisario y solicitaron hablar directamente con el líder de la ciudad.
Salí a su encuentro, abandonando el resguardo de las murallas, junto a Philos y una guardia de veinte de los que habíamos sobrevivido de nuestra unidad aquel día. Para entonces, Philos ya se había ganado el respeto de todos y el puesto de líder de la guarnición tras haber luchado en la toma de la muralla sur con apenas diecisiete años. Era, y es, uno de mis hombres de mayor confianza.
Salimos a su encuentro. En medio de una situación de tensión y sospechas, el joven se presentó como Crok y yo me presenté como el regente. Con un tono seco y firme, nos pidió permiso para asentarse en nuestro territorio. Explicó que venían de muy lejos, que necesitaban animales y tierras donde poder vivir.
Fue en ese instante cuando la tragedia nos alcanzó.
El muchacho hizo un movimiento brusco para sacar algo de entre sus ropas. Uno de los soldados de mi guardia, con los nervios de punta por el aspecto amenazante de los extranjeros, creyó que iba a desenvainar una espada corta.
El acero brilló antes de tiempo y el caos se desató en un parpadeo. Nos enzarzamos en un combate sangriento que ya no podíamos frenar; todo fue muy rápido.
Cuando quise reaccionar, seis de los siete guardias del emisario y él mismo habían caído por nuestras espadas. Fue un reflejo involuntario, un malentendido gravísimo. Lo único que atinó a decir aquel joven fue:
—¡Huye! ¡Márchate y avísale al resto lo que ha pasado aquí!
El guardia logró escapar a toda velocidad en su caballo.
Cuando revisé al joven para ver si podíamos salvarlo, me di cuenta de que ya había muerto. Al ver su cuerpo inerte, se me heló el corazón. No llevaba un arma oculta; lo que intentó sacar de su túnica era una bolsa de cuero con piezas de oro, destinado seguramente a comprar los animales que estaba solicitando.
La sala de la asamblea quedó sumida en un silencio sepulcral, tan denso que casi se podía cortar. Los líderes de las polis miraban mudos a mi padre, procesando el peso de aquella historia. Mi padre bajo la cabeza por primera vez en toda la reunión, con los ojos ensombrecidos por el remordimiento de un error que había tardado quince años en pasarnos factura.
—Aquel guerrero que logró escapar llevó la noticia del malentendido a su señor —concluyó mi padre con una voz quebrada, pero firme.
—Ese joven emisario que solo tenía buenas intenciones era seguramente familiar de algún rey bárbaro de los que hoy nos invaden y por eso, amigos míos, es que creo que un ejército colosal marcha para intentar borrarnos del mapa. No vienen por riquezas, ni tierras, sino por venganza.