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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:131
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3. Lo siento, ya me casé

Elena soltó la exigencia de una vez. Por miedo a que él colgara, se apresuró a añadir:

—¡No me malinterpretes! No quiero usar al niño para atarte a mí ni para pedirte dinero o un lugar en tu vida. ¡Hablo de un matrimonio por contrato! ¡De mentira!

Hizo una pausa. Bajó la voz y dejó escapar un ruego.

—Cuando nazca el bebé y esté a salvo, nos divorciamos. No quiero ni un centavo tuyo. Solo te pediría una cosa... ¿Podrías dejarme verlo de vez en cuando?

Al otro lado de la línea se hizo el silencio.

Elena sintió el corazón en la garganta. Se apretó el teléfono contra el oído, aterrada de perderse el menor sonido.

Podía imaginar a Alejandro en aquel momento: distante, por encima de todo, examinando cada detalle.

Quizá estuviera frunciendo ligeramente el ceño mientras calculaba las ventajas y los riesgos de aquel trato.

El tiempo pasó segundo a segundo. Cada uno le pareció una lenta tortura.

Sus pensamientos empezaron a desbocarse. ¿Y si se negaba? ¿Tendría que buscar a otro hombre para fingir un matrimonio? ¿Le daría tiempo? En el peor de los casos... ¿podría pagarle a alguien que estuviera buscando trabajo para que se casara con ella?

Tenía las palmas empapadas de sudor. Cuando estaba a punto de perder la esperanza, él respondió por fin, con firmeza y sin rodeos:

—Trato hecho.

Elena soltó el aire de golpe. Hasta las piernas le flaquearon. Aprovechó antes de que cambiara de opinión y habló a toda prisa:

—Entonces... señor Montenegro, si estás disponible, ¿podemos hacer el trámite cuanto antes? Mientras antes, mejor. ¡No te quitaré mucho tiempo!

—Sí —respondió él, igual de escueto—. En una hora, en el Registro Civil. Lleva tus documentos. Mi abogado te estará esperando. Tienes que firmar unos papeles.

—¡Está bien! ¡No hay problema!

Aceptó al instante. Con tal de salir de aquella encerrona, estaba dispuesta a firmar lo que fuera.

Colgó, tomó su acta de nacimiento y su documento de identidad y se apresuró a salir rumbo al Registro Civil.

Tal como él había dicho, en la entrada la esperaba un hombre con un traje impecable y un maletín. Se presentó como el abogado personal del señor Montenegro.

Los condujeron a una sala tranquila. El abogado sacó un documento grueso del maletín y lo deslizó hacia ella.

—Señorita Salazar, este es el acuerdo prenupcial que ha solicitado el señor Montenegro. Por favor, revíselo y fírmelo.

Elena le echó un vistazo. La precisión y el detalle de las cláusulas la dejaron impresionada.

Se establecía con claridad cuánto duraría el matrimonio...

Cómo se repartirían los bienes al divorciarse y cuáles serían los términos de la custodia y las visitas al niño.

Cada disposición era clara y fría.

El documento dejaba perfectamente definido que aquello era un acuerdo comercial. No quedaba espacio para hacerse ilusiones.

Elena no dudó. Tomó la pluma y firmó su nombre en cada página que le indicó el abogado.

Cuando terminó la última firma, sintió que el peso que llevaba dentro encontraba por fin dónde descansar.

Esperó unos minutos más. Un Rolls-Royce Phantom negro se detuvo sin ruido frente a la entrada.

Alejandro bajó del coche. Solo llevaba una camisa blanca y pantalones negros, pero bastó para que los transeúntes se volvieran a mirarlo.

Se acercó a Elena. La miró un instante a la cara.

—¿Ya firmaste todo?

—Sí. —Ella asintió.

—Entremos.

El trámite fue más rápido de lo que habría imaginado.

Una persona los guio en todo momento y no tuvieron que hacer fila. Fotografía, formularios, sellos... En menos de veinte minutos tenían en las manos sus dos ejemplares del acta de matrimonio.

Al salir, la luz del sol le hizo entrecerrar los ojos.

Alejandro le entregó uno de los ejemplares.

—Tengo que salir del país ahora mismo por un asunto urgente. Regreso en tres días. Entonces enviaré a alguien a recogerte para que te mudes conmigo. Mientras esté vigente el acuerdo, vivirás en mi casa, hasta que nazca el niño.

—Está bien. Entendido.

Elena guardó el acta con cuidado en el bolso.

—Te llevo a casa —dijo él.

Ella se apresuró a negarse con las manos.

—No, no hace falta...

Si Ricardo la veía llegar en un Rolls-Royce Phantom y descubría que se había casado con el director del Grupo Zeus, se le pegaría como un vampiro. Quién sabía cuántos problemas sería capaz de causar.

Tomó un taxi por su cuenta.

Apenas abrió la puerta de casa, vio a su padre y a Beatriz sentados en la sala. Ninguno tenía buena cara.

Ricardo empezó a darle órdenes en cuanto la vio.

—Elena, llegas justo a tiempo. Esta noche vienes conmigo a un hotel. El señor Héctor Ferrer quiere verte. Arréglate y ponte algo decente. En cuanto a ese matrimonio...

Ella no lo dejó terminar. Fue directamente a la mesa de centro.

Sacó del bolso su acta de matrimonio recién expedida y la dejó caer sobre la superficie pulida con un golpe seco.

Levantó la vista. Al ver la sorpresa congelada en los rostros de su padre y su madrastra, sonrió dulcemente.

—Papá, Beatriz, lo siento. Se preocuparon por nada. Acabo de casarme.

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