Ella renace en un mundo mágico, pero no cambia su forma de ver la vida, sigue siendo ella buscando la felicidad en pequeños detalles.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Magia 2
Alana y el mago siguieron hablando de su magia.
El mago tomó la palabra.
—La magia necesita maná.
—Sí.
—Y el maná depende, entre otras cosas, de la fuerza y resistencia del cuerpo.
Alana comenzó a escuchar con mayor atención.
—Un cuerpo entrenado puede soportar y desarrollar mejor el flujo de maná.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
El mago continuó.
—¿Cuánto ejercicio haces?
Alana pensó.
[¿Caminar por el jardín cuenta?]
—Camino.
El mago esperó.
—¿Algo más?
—A veces camino bastante.
—¿Entrenas?
—No.
—¿Corres?
—No.
—¿Practicas algún deporte?
—No.
El mago asintió lentamente.
—Eso explica una parte.
Alana comenzó a sentirse ligeramente incómoda.
—¿Solo una parte?
—La magia también aumenta mediante la práctica.
—Yo practico.
El hombre la miró.
—¿Cuánto?
Alana pensó.
—Durante las clases.
—¿Cuántas veces a la semana?
—Una.
—¿Cuánto dura?
—Unas horas.
El mago asintió.
—Los jóvenes que entrenan en el templo practican todos los días.
Alana abrió los ojos.
—¿Todo el día?
—Gran parte del día.
Ella miró nuevamente el pequeño grano de azúcar.
[Ah.]
El mago continuó.
—También existen pociones.
Alana levantó la cabeza.
—¿Pociones?
—Es cierto.
—Pero yo no hago pociones.
—Asi es..
—Ni siquiera, tienes caldero.
Alana quedó inmóvil.
[Es cierto.]
Ni siquiera tenía un caldero.
¿Cómo se suponía que iba a preparar pociones sin uno?
El mago siguió hablando.
—También existen hechizos.
—¿Hechizos?
—Sí.
—¿Cuántos he aprendido?
El hombre la miró.
—Ninguno.
Alana bajó lentamente la cabeza.
[Eso dolió.]
—La magia también puede desarrollarse mediante el conocimiento del elemento. Para dominar la magia de madera debes conocerla.
—¿Conocerla?
—Leer sobre ella. Estudiarla. Comprender cómo crecen las plantas, cómo circula la energía natural, cómo responde el maná a las raíces, las semillas, los árboles y las flores.
Alana comenzó a sentir una sensación extraña.
—¿Cuántos libros de magia de madera he leído?
El mago la observó.
—¿Tú me lo preguntas?
Ella hizo una mueca.
—Ninguno.
—Correcto.
Alana suspiró.
El hombre no había levantado la voz.
No había sido cruel.
No la había insultado.
Simplemente estaba diciendo la verdad.
Y cada verdad caía sobre su orgullo mágico como una pequeña puñalada.
Primero había pensado..
[Tengo magia.]
Después..
[Soy especial.]
Luego..
[Puedo hacer flores con la mano.]
Y ahora…
[Tengo el maná de un grano de azúcar.]
Alana se quedó mirando la mesa.
El mago señaló el pequeño grano.
—Además, tus padres no poseen magia.
Ella levantó la mirada.
—¿Eso importa?
—Puede importar.
Le explicó que algunas personas heredaban grandes cantidades de maná de sus familias.
En ciertos casos, especialmente cuando una familia mágica tenía pocos hijos o un heredero único, la concentración de talento podía ser extraordinaria.
Pero Alana no había heredado un gran depósito de maná.
Sus padres no tenían magia.
Y ella era hija única.
No había una gran reserva familiar de la cual partir.
—Eso no significa que no puedas mejorar. Significa que tendrás que trabajar más.
Alana asintió lentamente.
—Mucho más.
—Sí.
Silencio.
El mago tomó nuevamente la cuchara.
—Tu problema no es solamente tu cantidad actual de maná.
Alana lo miró.
—También es que nunca has entrenado.
Ella asintió.
—Nunca has estudiado.
Otra vez asintió.
—Nunca has preparado pociones.
Otro asentimiento.
—Nunca has practicado hechizos.
Alana bajó la cabeza.
—Tampoco tienes un conocimiento profundo de tu elemento.
Otro asentimiento.
El mago dejó la cuchara sobre la mesa.
—En resumen, tienes talento, pero prácticamente no has hecho nada para desarrollarlo.
Alana permaneció en silencio.
Después levantó la cabeza.
—Entonces…
El mago esperó.
Alana sonrió.
—Me acaba de bajar de la nube.
El hombre asintió.
Sin sonrisa.
Sin compasión.
Sin dramatismo.
Simplemente asintió.
—Sí.
Alana soltó una carcajada.
—¡Qué maestro tan duro!
—Estoy siendo sincero.
—Ya lo sé.
Ella apoyó la barbilla sobre sus manos.
Después miró el pequeño grano de azúcar.
—Entonces este es mi nivel.
—Actualmente.
Alana se quedó mirando el diminuto grano.
Y, en lugar de sentirse derrotada…
Comenzó a sonreír.
Porque aquella sensación de decepción estaba siendo reemplazada por otra.
Curiosidad.
[Si esto es todo lo que tengo ahora…]
Miró sus manos.
[¿Cuánto podría llegar a tener si entreno?]
Sus ojos comenzaron a brillar.
El mago notó el cambio.
—¿Qué estás pensando?
Alana sonrió.
—Que quiero aprender.
El hombre la observó.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces tendrás que trabajar.
—Trabajaré.
—Todos los días.
—Todos los días.
—Y tendrás que estudiar.
Alana hizo una pequeña mueca.
—Eso suena menos divertido.
—Es necesario.
—Entonces estudiaré.
El mago asintió.
Alana levantó un dedo.
—Pero tengo una condición.
El hombre arqueó una ceja.
—¿Cuál?
Ella sonrió.
—Quiero aprender a hacer crecer árboles gigantes.
El mago suspiró.
—Primero aprenderemos a hacer crecer una planta sin agotarte.
Alana hizo un gesto de decepción.
—Público difícil.
El mago la miró sin comprender.
—¿Qué?
Alana se rio.
—Nada.
Se levantó de la silla y tomó nuevamente la pequeña flor que había hecho el día anterior.
La observó.
Era pequeña.
Muy pequeña.
Pero era suya.
Su primer pequeño milagro en aquella nueva vida.
Alana sonrió.
[Un grano de azúcar hoy.]
Miró la flor.
[Pero algún día…]
Sus ojos celestes brillaron con determinación.
[Voy a llenar una cuchara entera.]
Y por primera vez desde que había reencarnado, Alana comprendió algo importante.
Tener magia no significaba ser poderosa.
Pero tener una segunda oportunidad…
Eso sí podía convertirse en algo verdaderamente extraordinario.
El Rey ya está perdido.
Desde ahora debes de vijilarla más 😏🤣