Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.
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Capítulo 21
XIOMARA
La noche avanzaba tranquila entre la euforia del show, que concluyó con una espectacular explosión de confeti plateado que flotaba sobre nuestras cabezas como lluvia de diamantes y un silencio repentino que hizo retumbar los oídos. Esa chica de presencia impecable y sonrisa genuina que se encontraba de pie junto a mí, aplaudiendo con una emoción tan pura como desbordante, terminó por contagiarme por completo. Hizo que, por un breve e invaluable instante, el peso sofocante de mi apellido y la vergonzosa imagen de mi esposo jugando a los enamorados con otra mujer en mi propio centro comercial se sintieran como una película vieja, barata y aburrida que no tenía la menor intención de volver a reproducir nunca más en mi vida.
Pronto, el entusiasmo de Ismara me sacó de la espiral de mis pensamientos:
—¡Wow, eso fue sencillamente increíble! —exclamó, girándose hacia mí con las mejillas encendidas por el calor de la sala y la adrenalina del momento—. ¿Pudiste ver la transferencia de peso en ese último salto acrobático? ¡Uff, fue pura inercia controlada, un manejo de la gravedad fascinante!
—Ummm, para serte sincera, yo lo único que vi fue a dos chicos desafiando a la muerte en cada movimiento, mi querida ingeniera —reí con soltura, sintiendo una ligereza que no experimentaba en años, mientras le hacía una seña discreta a Emilio para que nos trajera otra ronda, esta vez de algo bastante más fuerte y con más carácter que el champán.
Sin embargo, antes de que el servicial mesero pudiera siquiera acercarse a nuestra mesa, el ambiente en el reservado VIP cambió drásticamente. El aire se volvió denso y pesado, cargado con esa vibración estática e inconfundible que precede a una tormenta eléctrica. Los gemelos, todavía cubiertos por una fina capa de sudor que brillaba bajo los neones y con la respiración agitada tras semejante desgaste físico, bajaron del escenario custodiados de cerca por dos miembros de seguridad. Para mi absoluta sorpresa, esquivaron a los demás clientes e invitados especiales y se dirigieron directamente hacia nuestro rincón.
—Señora Berluchi, qué verdadero honor tenerla aquí —exclamó uno de ellos, haciendo una reverencia teatral, casi burlona pero cargada de un respeto absoluto hacia la jerarquía del lugar—. Nos informaron desde la entrada que la dueña de la pista estaba presente en la zona preferencial... Esperamos de corazón que el espectáculo haya estado a la altura de sus exigentes estándares.
Ismara, en ese preciso instante, se quedó completamente de piedra. Sus ojos dilatados saltaban de los rostros de los bailarines al mío, intentando procesar y encajar las piezas de la información que acababa de escuchar.
—¿La... la dueña? —susurró, y por primera vez en toda la noche, vi una sombra de desconcierto cruzar su rostro—. ¿Xiomara? ¿Este club es tuyo?
—Algo así... pertenece al conglomerado de mi familia —corregí rápidamente, sintiendo cómo la cómoda máscara de "mujer común" que tanto había disfrutado llevar durante la última hora se desmoronaba en mil pedazos—. Pero te prometo que hoy solo soy una cliente más buscando distraerse. Chicos, les presento a Ismara. Hoy es su cumpleaños número dieciocho y, según me confesó, es la admiradora número uno de su trabajo.
—Muchas gracias por el apoyo, Ismara. Es un placer enorme conocerte y nos alegra muchísimo que disfrutaras del show —acotaron los gemelos casi al unísono, haciendo gala de esa sincronía natural que no solo usaban para bailar, sino también para hablar.
La tensión del momento se disolvió entre sonrisas cálidas y sinceras. Ellos no dudaron en tomar asiento en nuestro sillón de terciopelo y, durante la siguiente hora, Ismara los bombardeó sin piedad con preguntas técnicas sobre la física de sus movimientos, la resistencia de sus articulaciones y la coordinación metabólica, comparando las fases de sus coreografías con el rendimiento y la puesta a punto de un motor de alto cilindraje. Yo me limité a observarlos en un cómodo silencio mientras apuraba mi trago de tequila, admirando fascinada cómo esa muchacha no se achicaba ni un milímetro ante la fama internacional de los bailarines ni ante el abrumador poder económico que rodeaba mi apellido.
Sin embargo, la felicidad suele ser efímera y el destino tiene un sentido del humor ridículamente retorcido.
El teléfono móvil guardado en mi bolso sobre la mesa de cristal comenzó a vibrar con insistencia, emitiendo una luz tenue. Era una notificación de alerta del sistema de cámaras de seguridad inteligente de mi mansión. Me incliné con curiosidad y discreción para revisar el monitor, reconociendo al instante la toma del garaje principal: un vehículo deportivo desconocido, de color rojo escarlata, acababa de estacionarse justo en mi espacio reservado.
—¡Carajo! —balbuceé entre dientes, sintiendo cómo un chorro de agua helada me recorría la columna vertebral. Ya había sospechado en varias ocasiones que, durante mis ausencias por viajes de negocios o largas jornadas de trabajo, mi esposo, Rodrigo, traía a mujeres a "nuestra" casa mientras me juraba por teléfono que se encontraba en aburridas cenas de gala corporativas.
—¿Pasa algo malo, Xiomara? —intervino Ismara de inmediato, notando cómo mis nudillos se habían vuelto completamente blancos por la fuerza con la que apretaba el vaso de cristal.
Intenté disimular mi rabia dibujando una sonrisa ensayada en los labios:
—Solo el deber que llama de emergencia —mentí, aunque mi tono de voz sonó mucho más frío y afilado de lo que pretendía—. Ismara, de verdad ha sido un placer absoluto conocerte y compartir esta noche tan especial, pero me temo que debo retirarme a toda prisa para resolver un... pequeño "desperfecto mecánico" en mi casa.
Ella se puso de pie al instante, interrumpiendo sin dudar la animada conversación que mantenía con los gemelos.
—Te acompaño —sentenció con determinación—. Ni creas que voy a dejar que te vayas completamente sola a estas horas con esa cara de que estás a punto de cometer un crimen.
Me quedé atónita. Me sorprendió enormemente la facilidad con la que me leía el pensamiento, una capacidad de observación que nadie en mi entorno jamás se había tomado la molestia de desarrollar.
Caminamos a buen paso hacia el estacionamiento subterráneo y privado del club, donde nos esperaba mi deportivo negro, reluciente y majestuoso bajo los destellos de luz de neón.
—Xiomara, ¿me permites decirte algo antes de que subamos? —preguntó Ismara, deteniéndose en seco justo antes de abrir la portezuela.
—Claro, dime lo que quieras...
—He estado observándote toda la noche y pude notar que ese anillo en tu dedo no es un símbolo de amor, sino un ancla pesada amarrada a tu cuello. Recuerda esto: un motor que no funciona bien y solo genera fricción, al final solo sirve para chatarra. No pierdas tu tiempo ni tu energía intentando reparar el vehículo si el bloque del motor ya está rajado. Tú eres una mujer demasiado grandiosa para viajar en un auto defectuoso.
Sus palabras directas me golpearon el pecho con más fuerza que cualquiera de las descaradas traiciones del infeliz de Rodrigo. Ella no conocía los detalles ni las sombras de mi vida, pero su instinto puro de ingeniera había diagnosticado el estado terminal de mi matrimonio con una soltura escalofriante.
—¿Cómo es que puedes saber todo eso con tanta certeza? —inquirí, apoyando la mano en la manija de la puerta con la voz temblorosa.
—Porque llevo toda la vida aprendiendo a escuchar los motores. Sé perfectamente cuándo un coche está a punto de explotar mucho antes de que el primer humo empiece a salir del capó —respondió con una mirada cargada de melancolía.
—Ummm, quién te viera con esa carita dulce y esa mirada tan penetrante que parece leer el alma...
—En mi familia dicen que me parezco demasiado a mi abuelo en eso, solo que yo soy la versión mejorada —comentó, intentando aliviar la tensión.
No pude evitar soltar una leve risotada.
—Ya veo... A todo esto, entre tanto ajetreo ni siquiera escuché tu apellido.
—Ismara Isabella Bodra.
Ese nombre resonó en mi memoria como un eco del pasado.
—¿Bodra? ¿Como aquel legendario corredor de carreras que falleció trágicamente en la pista hace años?
—Así es. Yo soy su única hija.
—¡Menuda casualidad! Mi hermano Karl solía volverme loca hablando de las hazañas de ese apellido... Te pido una disculpa si te traje un mal recuerdo.
—No te preocupes en absoluto. Mi padre fue una verdadera leyenda en el automovilismo, pero el asfalto a veces es celoso y cobró su precio... Por cierto, si prefieres, yo puedo manejar hacia tu casa. Las copitas de champán de mi cumpleaños ya se me pasaron por completo con tanto baile.
No tuve la menor intención de discutir. Le arrojé las llaves de mi deportivo sin pensarlo dos veces; en ese instante necesitaba desesperadamente la frialdad técnica que su presencia emanaba. Ismara presionó el botón de encendido y el motor V8 rugió en el garaje como una fiera sedienta de carretera. Sus manos sobre el volante de cuero se movían con una destreza y una precisión quirúrgica fascinantes, llevándome directo hacia mi propia ejecución matrimonial a una velocidad que me obligó a aferrarme con fuerza al asiento del copiloto.
Al aparcar frente a la imponente fachada de mi mansión, el silencio sepulcral de la urbanización privada contrastaba violentamente con el caos hirviente que amenazaba con explotar en mi pecho. El vehículo rojo desconocido continuaba aparcado dentro de mi garaje.
—Quédate esperándome en el auto, Ismara. Esta es una basura que debo limpiar y sacar por mi cuenta —le dije, abriendo la puerta con las piernas temblando por la rabia, pero con la mirada firme.
—Ni lo sueñes. Soy ingeniera, ¿lo olvidaste? Y no dejo un trabajo a medias —replicó, bajándose del coche con una serenidad pasmosa que me contagió la pizca de valor que me estaba faltando.
Cruzamos el umbral y entramos a la residencia sin hacer el menor ruido. El ambiente de la propiedad, que antes olía a mi perfume habitual, apestaba ahora a un aroma dulce y barato que me revolvió el estómago. Subimos en silencio por las escaleras de mármol hacia la habitación principal. La puerta estaba entreabierta. Al empujarla, lo vi: él estaba sobre mis sábanas de seda, acostado junto a una muchacha que apenas parecía rozar los veinte años de edad.
—¿Xiomara? —exclamó Rodrigo, saltando de la cama preso del pánico mientras la chica sofocaba un grito e intentaba cubrirse torpemente con la colcha—. ¡Te juro que esto no es lo que parece! No se suponía que te quedarías en el club supervisando eventos hasta la madrugada...
—Caramba, por lo que veo ahora no puedo llegar a mi propia casa sin avisar, Rodrigo... Es que eres un maldito parásito desagradecido y miserable. ¿No te da vergüenza? —mi voz emergió sorprendentemente serena, impulsada por un asco profundo e irreversible.
Él, al verse acorralado y con su enorme ego masculino pisoteado frente a su joven amante y una extraña, cambió en un segundo su fachada de cordero asustado por la de un animal rabioso. Su rostro se transformó por completo, tornándose rojo por la furia.
—¡Tú a mí no me vas a venir a echar de mi propia casa, pedazo de estúpida! —gritó fuera de sí, avanzando a grandes zancadas hacia mí con el puño cerrado—. ¡Todo lo que ves aquí me pertenece también por derecho! ¡Soy tu esposo legal, te guste o no!
—No por mucho tiempo más, pedazo de imbécil. ¿O acaso la memoria te falla y olvidaste la cláusula de infidelidad del contrato prenupcial que mi hermano Karl te obligó a firmar antes de la boda? —dije girando sobre mis talones para darle la espalda y abandonar la habitación.
Ese movimiento fue un grave error. El sonido sordo de sus pasos pesados acelerando a mis espaldas me advirtió que se lanzaba sobre mí. Levantó el brazo con la clara intención de golpearme, revelando por fin la monstruosa violencia que siempre había intentado maquillar bajo sus trajes de diseñador. Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes a la espera de un impacto que jamás llegó a tocarme... En su lugar, el aire fue cortado por un crujido seco, seguido inmediatamente por un alarido gutural de dolor.
Al abrir los ojos, me encontré con una escena impactante: Ismara había interceptado el brazo de Rodrigo en el aire ejecutando una maniobra de defensa personal impecable, torciéndole la muñeca y el codo en un ángulo aterradoramente doloroso. En su rostro, que durante toda la noche había lucido dulce e inocente, emergía ahora una máscara de puro acero e intimidación.
—Vuelve a intentar ponerle una sola mano encima y te juro por lo más sagrado que te rompo el brazo en tres partes, idiota —susurró Ismara con un tono helado que me provocó escalofríos en la piel.
Rodrigo palideció de inmediato y tropezó hacia atrás en cuanto ella lo liberó de su agarre. El supuesto "gran empresario" se redujo en un segundo a lo que siempre fue en el fondo: un cobarde asustado.
—Lárgate de mi casa ahora mismo, imbécil —sentencié con firmeza, sintiendo por primera vez en años cómo el pesado anillo de casada dejaba de ser una carga. Me lo arranqué del dedo con furia y lo arrojé contra el suelo, viendo cómo rodaba hasta perderse bajo un mueble de la habitación—. ¡Ah! Y hazme el favor de llevarte a tu acompañante. Mañana mismo mis abogados te contactarán para entregarte la citación del divorcio. No te atrevas a buscarme ni a llamarme nunca más en tu miserable vida.
Dejé salir un largo suspiro de alivio, sintiendo cómo el pecho se me llenaba de aire fresco tras dos largos años de asfixia.
—Ismara, vámonos de aquí. Este lugar necesita una limpieza profunda antes de que pueda volver a poner un pie dentro.
Abandonamos la mansión sin volver la vista atrás. Una vez que pisamos el jardín, el aire de la noche se sintió más puro y renovador que nunca. Miré a la joven a mi lado, la brillante hija del legendario piloto de carreras, y comprendí que el destino no me había cruzado esa noche con una simple desconocida, sino con la mujer que se convertiría en mi hermana elegida para el resto de mi vida.