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YO SOY ANA KARENINA

YO SOY ANA KARENINA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Época
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.

Pero el destino le concede una segunda oportunidad.

Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.

También conoce un secreto.

Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.

Ana no piensa permitir que esa historia se repita.

Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.

Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.

Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.

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La Anatomía del Soberano

El carruaje avanzó a ritmo constante sobre el empedrado helado de las avenidas principales de San Petersburgo. El rumor sordo y ritmo de los cascos de los caballos sobre la piedra helada resonó como un eco lejano en medio de la noche callada de la capital. Ana recostó suavemente la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla, contemplando a la gente que caminó a paso apresurado bajo las farolas de gas y las sombras alargadas de los majestuosos edificios imperiales.

Al observar con detenimiento la penumbra que rodeó las esquinas, se percató de inmediato de que varios hombres a caballo la siguieron a una distancia discreta, pero firme y constante. Notar a los vigilantes de la guardia secreta le produjo un profundo placer en el pecho; era la prueba irrefutable, tangible y victoriosa de que atrapó por completo la atención del hombre más poderoso de todo el Imperio Ruso. Una sonrisa helada, calculadora y llena de triunfo se dibujó en sus labios carmesí.

«Alejandro II, Zar de Rusia... Te recuerdo muy bien de mi otra vida», pensó Ana para sí misma, contemplando el reflejo de sus propios ojos oscuros en el cristal empañado del vehículo.

Debajo de la corona imperial y de su porte majestuoso de soberano, Alejandro II fue un monarca de naturaleza profundamente visceral, impulsivo y dominado por una pasión desbordante. Aunque los libros oficiales y los anales de la corte lo recordaron como un gobernante reformador, ágil, culto e inteligente, en los asuntos íntimos del corazón demostró una devoción indomable y destructiva. Cuando el Zar amó a una mujer, no existieron para él los límites políticos, las leyes del Ministerio ni las rancias convenciones de la alta sociedad.

Ana recordaba a la perfección cómo el soberano entregó su vida, su poder y su alma a Ekaterina, su joven amante. Por ella, Alejandro desafió al protocolo imperial, enfrentó el rechazo abierto de la corte y la furia contenida de la aristocracia. A aquellos nobles, cortesanos o altos funcionarios que intentaron interponerse en su relación, o que simplemente se atrevieron a criticar su unión en los salones de baile, los mandó al exilio directo en Siberia o les confiscó sus títulos y bienes sin dudarlo un solo segundo. Fue capaz de ir en contra de todos y de todo con tal de mantenerla a su lado, protegerla contra la envidia del mundo y hacerla infinitamente feliz.

Ana sonrió de nuevo en la soledad del interior del carruaje. Lo sabía absolutamente todo sobre esa historia de amor prohibido porque, en su vida anterior, envidió con cada fibra de su alma a Ekaterina. Hubiera dado su vida entera por haber sido ella, por haber sentido por un solo momento lo que significó que un hombre de verdad la amara, la valorara y la protegiera de la forma en que el Zar lo hizo con su amante ante la corte entera.

Tarde se dio cuenta en su trágico pasado de que invirtió todas sus emociones, sus sentimientos más puros, su juventud y su reputación social en hombres como Karénin y Vronsky. Se trató de sujetos mediocres que solo la vieron como un objeto decorativo para adornar un hogar aristocrático o como alguien pasajero para un placer momentáneo. Ellos jamás le darían el amor verdadero, el respeto sagrado y la devoción absoluta que ella necesitaba para existir. Por esa misma razón decidió poner fin a su desgarradora vida bajo las ruedas pesadas de aquel tren de vapor; comprendió con absoluta desesperación y dolor que jamás podría encontrar a un hombre que la amara como Alejandro amó a Ekaterina.

Pero en esta nueva oportunidad sobre la tierra, Ana fue infinitamente más astuta. Se adelantó a que ellos se cOnocieran en la corte.

En la línea temporal original, fue en un gran baile imperial, justamente durante la celebración pública del cumpleaños del Zar, donde Ekaterina cayó de rodillas delante de él, rasgó parte de su costoso vestido y se mostró ante el monarca como una criatura indefensa, frágil y lastimera. El Zar quedó impactado de inmediato con su belleza deslumbrante, con su aparente vulnerabilidad y esa misma noche la tomó apasionadamente como su amante.

Ana se adelantó dos semanas exactas a ese encuentro histórico. Llamó su atención haciendo exactamente el mismo espectáculo calculado en el salón y los resultados no se hicieron esperar. El Zar no pudo resistirse a sus encantos, la buscó con avidez en la habitación privada del segundo piso y ahora tenía a sus hombres de confianza vigilándola por cada rincón de la ciudad. Ana supo con absoluta certeza que no pasaría mucho tiempo para que el monarca la convocara de nuevo a palacio y la reclamara abiertamente como suya ante la aristocracia.

«En esta vida tendré el amor que merezco», se juró a sí misma con la mirada encendida mientras el carruaje redujo la velocidad y se detuvo finalmente frente a la imponente fachada de su residencia. Entregaría sus sentimientos únicamente al hombre adecuado, a aquel que tuviera el poder divino y la voluntad de hierro para amarla y protegerla contra el mundo entero. Jamás volvería a ser maltratada, juzgada ni humillada por nadie.

Ana bajó del vehículo con paso firme, elegante y sereno. Subió las escaleras de piedra de la entrada, cruzó el vestíbulo silencioso en medio de la oscuridad y entró en la intimidad de su recámara privada. Cerró la puerta tras de sí con delicadeza. Al mirarse fijamente al espejo de marco dorado y acomodar la tela desordenada de su vestido carmesí, supo que el peón del tablero cayó en su trampa y que el trono de la Gran Rusia estuvo cada vez más cerca de sus manos.

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Gleirys Carolina
😅😅
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa
EspirituCreativo: 🤭 Nuestra ana vivió mucho algo tuvo que aprender
total 1 replies
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