Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Te vi en el supermercado con tu nueva pareja.
Hoy te crucé a la salida del supermercado.
Me subí al auto y frené en la esquina, esperando que el semáforo se pusiera en verde. Y cruzaste la calle por delante mío. Ibas de la mano de una chica, joven, de tu edad. Reías. Reías como cuando estás enamorado. Como cuando lo estuviste de mí. Como cuando nos vimos las primeras veces.
Nunca me viste.
Yo me quedé paralizado. Los autos empezaron a tocar bocina para que avanzara, pero no podía moverme. Sentí cómo el alma se me caía al piso. El corazón se me partió en mil pedazos. Y esa era la respuesta que tanto había esperado y que nunca me diste. Por eso te habías alejado. Por eso ya no me hablabas.
Los autos pasaban, algunos conductores gritaban cosas sin sentido. Solo una señora, que venía caminando, se acercó y me preguntó si estaba bien. Me abrió la puerta del auto, me ayudó a bajar para que tomara aire y caí de rodillas. Lloré como un niño, abrazado a la cintura de una desconocida.
Habían pasado unos meses desde el accidente y no podía creer que todavía no me hablaras. Que aparecieras y desaparecieras así, sin explicación.
Claramente no había terminado de sanar. Me quedaban demasiadas cosas por decir.
Mis ganas de besarte, de sentirte cerca, de escuchar los latidos de tu corazón cuando dormíamos abrazados. Mis ganas de que volvieras estaban ahí otra vez. No quería aceptar la realidad porque no podía entenderla. Me acordaba de nuestras charlas eternas de madrugada, de tu ritual del té para el desayuno, de la primera vez que te vi. De cuando me llamabas a cualquier hora solo para escucharme y encontrar una excusa para volver a vernos.
Extrañaba tu perfume. Extrañaba tu pelo despeinado.
Teo, cuánto me hacías falta en ese momento.
Respiré. Una y otra vez. Repetí ese ciclo diez, doce veces. Me sequé las lágrimas. Y ese día decidí despedirme de vos. Despedirme en mi mente. Respetarte. A vos y a tu nueva pareja.
Cuando llegué a casa empecé a juntar todo lo que me recordaba a vos. Todo lo que habíamos comprado juntos. Agarré una bolsa de consorcio y empecé a tirar cosas. Llené cuatro bolsas y las saqué a la vereda. En cada una pegué una hoja que decía:
“Tazas, vasos, osos, ropa y demás artículos comprados o regalados de una relación terminada hace un tiempo”.
A nadie le importaba de dónde venían esos objetos. Pero yo necesitaba hacerlo así. Necesitaba dejar atrás lo que fue para poder seguir. Ya había estado en un lugar parecido antes: el de soltar, el de dejar ir. Esta vez tenía que hacerlo por mí. Por mi salud mental.
Esa noche me dormí llorando, pensando en vos. En el tiempo compartido. En todo lo lindo que tuvimos. En todo lo bueno que dejaste en mí. Me despedí desde adentro, deseando que encuentres la felicidad. Como yo la había encontrado en otra etapa de mi vida. Y como la había vuelto a encontrar con vos, años atrás.
Dormí mal. Tuve frío. Algo de fiebre.
Cuando me desperté, el sol de otoño brillaba en la ventana. Las hojas habían cubierto todo el patio con sus colores. Me quedé en la cama mirando cómo el viento las arrastraba y pensaba cómo seguir. Qué hacer para no quedarme atrapado en lo mismo.
Y ahí estabas.
Pero años atrás.
Tirado en el suelo de mi habitación, llorando cerca de la ventana, mirando las hojas caer. Me acerqué, me senté detrás tuyo y te abracé. Lloraste en silencio durante casi una hora. Yo solo estuve ahí. Para vos. Escondiste la cara entre mis brazos y mi estómago. No querías que te viera.
El sol caía y las hojas amarillas, rojas, marrones y naranjas seguían desprendiéndose del árbol. Te acariciaba cada tanto, te apretaba suavemente, para que supieras que seguía ahí.
Cuando ya no te quedaban lágrimas, te giraste hacia mí. Al ver mi cara, tus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. No habías notado que yo también lloraba. Verte llorar siempre me atravesaba hasta lo más profundo. Para cuando vos estabas un poco mejor, yo tenía los ojos hinchados y rojos de tanto llorar.
Nos abrazamos. Y terminamos riéndonos como locos.
Nunca me contaste por qué llorabas esa tarde. Nunca te lo pregunté. Con el tiempo aprendí que todos guardamos secretos. Y que a veces lo único que necesitamos es un hombro, un abrazo, alguien con quien llorar en silencio.
Cuando empezó a caer la noche te preparé un baño. Pedí hamburguesas y cervezas para mimarte. Prendí unas velas azules horribles que encontré en la cocina y armé la mesa como si fuera la cena más romántica de nuestras vidas. Sonaba Somebody That I Used to Know de Gotye.
Saliste del baño con el toallón atado a la cintura y el pelo despeinado. Miraste la mesa, las luces apagadas, las velas azules, las hamburguesas y largaste una carcajada.
Y juro que en ese momento sentí una felicidad inmensa.
La de escucharte reír otra vez.