Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 20
Cap 20: Te jalo hacia mí
El taxi de Fer y Toño se fue primero, con Toño todavía secándose el cuello con una servilleta arrugada y Fer haciéndose la digna del otro lado del asiento, mirando por la ventanilla como si no lo conociera. El de Dulce no llegaba. Y llovía otra vez, esa lluvia terca de la ciudad que empieza sin avisar, primero unas gotas gordas y en dos minutos una cortina.
—Ya vete, de verdad —dijo Dulce, bajo el toldo, abrazándose los brazos—. Yo espero mi taxi solita, no pasa nada. Mira, ahí dice que llega en cuatro minutos.
—Espero contigo. Ya déjalo.
—Vas a agarrar un resfriado por terco.
—Ya agarré uno la semana pasada por terco y aquí sigo. —Emiliano se recargó en el poste del toldo—. Cuatro minutos. Los aguanto.
Y entonces pasó rápido: una moto de repartidor salió disparada de la esquina, comiéndose el charco de la banqueta a toda velocidad, con la llanta apuntando justo a donde estaba parada Dulce. Ella ni la vio, distraída con el teléfono. Emiliano sí. No lo pensó: la jaló del brazo de un tirón, la giró, la metió contra su pecho y le dio él la espalda a la calle, poniéndose entre ella y la moto, y el aparato pasó rozando, salpicándoles los zapatos y las piernas con agua turbia, y siguió de largo sin frenar.
Se quedaron así.
Bajo el toldo, la lluvia cayendo alrededor como cortina, Dulce con la cara pegada al pecho de él y el corazón —el de ella, el de él, ya no se sabía de quién— latiendo tan fuerte que se oía por encima del agua. Olía a naranja. A esa naranja limpia que ya se le había quedado a Dulce en algún lado de la memoria sin que ella quisiera, la naranja que ahora significaba estar a salvo. La mano de Emiliano estaba abierta contra su espalda, firme, grande, sin apretar, como quien sostiene algo que se puede romper si aprieta un poco de más. La otra le había quedado en la nuca, protegiéndole la cabeza. Ninguno respiraba.
El claxon de la moto sonó lejos, dos veces, burlón, y rompió el momento.
Dulce lo empujó de golpe, un paso atrás, con la cara ardiendo, con las dos manos todavía sintiendo la tela mojada de su camisa.
—Quedamos —dijo, sin aire— en que no te me acercas sin permiso.
—Te iba a atropellar una moto.
—Aun así. Quedamos. —Se acomodó la chamarra, sin mirarlo—. El pacto es el pacto.
—Con permiso de la próxima moto, entonces. —Emiliano levantó las dos manos, rindiéndose, con esa media sonrisa—. La siguiente que te quiera atropellar, primero te pido permiso, y ya que me digas que sí, te salvo. ¿Va así?
—No te burles.
—No me burlo. —Bajó las manos, más serio—. Es que si te quedas parada en la banqueta viendo el teléfono, te va a llevar la próxima. Fíjate por dónde caminas, Dulce. Aunque yo esté. Sobre todo aunque yo esté, que me sacas canas.
Dulce se subió el cierre de la chamarra hasta la barbilla y miró hacia otro lado, hacia la lluvia, para que él no le viera lo que ella misma no quería mirarse. Porque era cierto, y le daba una rabia enorme que fuera cierto: que cuando Emiliano la jalaba hacia su pecho, todo el cuerpo se le iba solito hacia allá, gustoso, de piel, sin pedirle permiso a la cabeza. Y que cuando Uriel se le acercaba —aunque fuera un mensaje, aunque fuera la sombra de un mensaje en la pantalla— todo el cuerpo se le cerraba de asco, se le erizaba, también de piel. El cuerpo sabía cosas que ella todavía no se atrevía a decir en voz alta, cosas que la cabeza andaba negando.
—¿En qué piensas? —preguntó Emiliano, bajo la lluvia.
—En nada.
—Piensas en algo. Se te frunce aquí. —Le señaló el entrecejo, con el dedo a un centímetro, sin tocarlo.
—Pienso en que ya me quiero ir a dormir. —Dulce le esquivó los ojos—. Estuvo raro el día. La cachetada, el agua, todo. Pobre Toño.
—Pobre Toño nada, se lo merecía por dejar a la muchacha en visto tres semanas. —Emiliano miró la lluvia caer del borde del toldo—. Eso no se hace.
—Ah, ¿y tú sí contestas rápido?
—A ti te contesto antes de que acabes de escribir. —Lo dijo sin voltear, tranquilo, como un dato—. Fue un buen día, de todos modos. Comí contigo. Los días que como contigo son buenos días, pase lo que pase, aunque le caiga agua a Toño.
Dulce no supo qué contestar a eso, así que no contestó nada, y se quedaron los dos bajo el toldo oyendo el agua repiquetear en la lona, más cerca de lo que ninguno de los dos admitiría en voz alta.
Llegó el taxi, con las luces partiendo la lluvia. Emiliano le abrió la puerta, se aseguró de que subiera y de que se pusiera el cinturón, cerró, y le tocó el techo dos veces cuando arrancó, como despidiendo a un niño en el camión de la escuela. Y se quedó ahí, empapado, viendo las luces rojas perderse en la lluvia, sin saber que al día siguiente estaría solo en una ciudad ajena a punto de meterse él mismo en la boca del lobo.
*
Al día siguiente, Emiliano manejó hasta San Bernabé.
Llegó temprano. Demasiado temprano. Se estacionó frente al TSB, en la ciudad ajena de calles que no conocía, y esperó. Y esperó. Uriel no contestaba, no mandaba nada, lo dejaba ahí como se deja un perro amarrado afuera de una tienda: a propósito, para verlo aguantar, para que supiera desde el principio quién mandaba en ese juego. Pasó la mañana. Pasó el mediodía. Emiliano no se movió del coche, con la mandíbula tensa y el teléfono bocarriba en la pierna, viendo la pantalla apagarse y prenderla cada tanto por si acaso. Comió una barra que traía en la guantera. No apartó los ojos de la puerta del TSB.
Hasta la tarde llegó el mensaje.
"Calle Almendros 34. Afueras. Sin miedo, galán 😊"
Emiliano metió la dirección al mapa y algo se le enfrió en el estómago, un frío que no era de la lluvia. No era una casa. No era un café. No era ningún lugar con gente. Era una obra abandonada en las afueras del pueblo, una de esas construcciones que alguien empezó y nadie terminó, tragada por las enredaderas, con fama de embrujada entre los del rumbo. El punto azul del mapa estaba solo, lejos de todo, sin una tienda ni una gasolinera ni una casa cerca, rodeado de verde y de nada.
Se quedó viendo el punto azul un rato largo, con el motor prendido y el limpiaparabrisas yendo y viniendo. Podía no ir. Podía dar la vuelta ahí mismo, regresar a San Rafael, y decirle a Dulce que Uriel no se presentó, que era un cobarde, que ni la cara dio. Nadie lo sabría. Nadie lo culparía. Sería lo sensato.
Pero entonces se acordó de la voz de Dulce contándole la pesadilla en la banca, bajo la jacaranda, el "no me atrevo a decirle que no de frente", el miedo que ella cargaba sola desde hacía un año, las noches que se despertaba con la mano en la garganta. Y supo que si daba la vuelta ahora, Uriel iba a seguir ahí, rondando, para siempre, escribiendo desde números nuevos, parado bajo su ventana; y que él, Emiliano, iba a ser un novio de mentiras que a la hora de la verdad se rajó y la dejó sola con el miedo.
Marcó a Toño. Buzón. Le escribió: "Si no te escribo en dos horas, esta es la dirección. Y avisa a quien tengas que avisar." Y mandó la ubicación.
Y arrancó.
El aguacero empezó a media carretera, de repente, como todo en esa ciudad, y para cuando llegó al número 34 caía a cántaros, tamborileando en el techo del coche. Emiliano dejó el coche con las luces prendidas, apuntando a la entrada oscura, y bajó. Al primer paso metió el pie hasta el tobillo en un hoyo lleno de agua turbia que no se veía bajo la lluvia; se maldijo entre dientes, sacó el pie chorreando, con el zapato pesado de agua, y siguió.
El edificio lo tragó de golpe. Adentro estaba oscuro, más oscuro que afuera, con goteras cayendo de a saber dónde en un goteo desigual, un olor a humedad, a moho y a encierro que se metía en la garganta. Prendió la linterna del celular y el haz blanco recorrió los muros pelados, temblando en su mano.
Alguien había escrito cosas en ellos. Con pintura negra, con brochazos torcidos, de esos que gotean.
"AQUÍ HAY MUERTOS."
"NO ME BUSQUES."
"YA ES TARDE."
Emiliano tragó saliva, apretó el teléfono en la mano, y con el pie mojado dejando huellas oscuras en el polvo del piso, se internó solo, escaleras arriba, hacia la boca negra del segundo piso.