no estaba buscando amor cuando descargó una app de citas.
Solo quería escapar de la vida asfixiante que tenía en Londres.
Sin trabajo y desesperada por irse de casa de sus padres, acepta la extraña propuesta de , un hombre frío, reservado y marcado por un divorcio escandaloso.
Él le ofrece ayudarla.
A cambio, solo debe acompañarlo a Emiratos Árabes Unidos.
Sin sentimientos.
Sin preguntas.
Sin involucrarse demasiado.
Pero entre el lujo, los silencios y la distancia que Nael impone entre ambos, Liora descubre que algunas personas esconden más dolor del que dejan ver.
Y que enamorarse de alguien como Nael Al-Hadid nunca fue parte del plan.
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Capitulo 16
Liora
Revisé mi teléfono apenas desperté.
Tenía varios mensajes de mi familia, algunas notificaciones de redes sociales y un número desconocido que me había escrito entrada la madrugada.
Fruncí ligeramente el ceño y abrí el chat.
El primer mensaje me dejó inmóvil.
> “Hola, Liora.
Perdona que te escriba así.”
Sentí un pequeño vacío en el estómago antes de continuar leyendo.
> “Soy Evelyn.”
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Leí el resto lentamente.
El mensaje era increíblemente amable.
Educado.
Delicado.
Y justamente por eso resultaba más perturbador.
Evelyn decía que no quería incomodarme, que simplemente sentía responsabilidad como mujer al advertirme ciertas cosas. Me decía que tuviera cuidado con Nael Al-Hadid, que él era un hombre dieciséis años mayor que yo y que el dinero, los vestidos, el viaje y toda la atención que estaba recibiendo podían confundirme emocionalmente.
> “Nael sabe ser muy atento cuando quiere proyectar algo.”
Leí esa frase varias veces.
Después venía otra aún peor.
> “Solo quiero que tengas cuidado para que no termines lastimada.”
Y finalmente:
> “Perdona si fui imprudente escribiéndote.
Espero que disfrutes tu estancia en Dubái.
Feliz noche, Liora.”
No pude volver a dormir.
Me quedé mirando el techo durante horas mientras mi mente daba vueltas alrededor de las mismas preguntas.
El viaje. El dinero. Los vestidos. La prensa.
¿Y si Evelyn tenía razón?
¿Y si yo simplemente era parte de algo más grande? ¿Una imagen conveniente? ¿Una distracción elegante después del divorcio?
La idea comenzó a dolerme más de lo que esperaba.
Cuando finalmente decidí salir de la habitación, el llamado a la oración del Dhuhr comenzaba a escucharse a la distancia.
La casa estaba tranquila.
Algunos empleados que no practicaban el islam organizaban el comedor principal para el almuerzo mientras otros se movían discretamente por los jardines.
Vi a Nael salir minutos después de la pequeña sala de oración privada.
Llevaba una kandura blanca sencilla y el misbaha oscuro seguía enrollado entre sus dedos.
Cuando me vio, sonrió apenas.
—Buenos días.
—Buenos días.
Y odié que incluso eso me doliera un poco.
Almorzamos juntos.
Hablamos de cosas simples: la comida, el clima, las diferencias entre Londres y Dubái.
Incluso nos reímos un par de veces.
Pero yo evitaba mirarlo demasiado.
Respondía más formal.
Más distante.
Y claro que él lo notó.
Nael me observó unos segundos antes de preguntar:
—¿Pasó algo?
Negué rápidamente.
—No.
Él siguió mirándome.
—Liora.
Bajé la vista hacia mi plato.
—Solo estoy cansada.
No pareció creerme.
Pero tampoco insistió.
Guardó silencio unos segundos antes de decir:
—Quiero mostrarte algo importante.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Qué cosa?
—Usa ropa cómoda y suelta. Hará calor.
Lo observé confundida, pero terminé asintiendo.
Una hora después salíamos de la propiedad.
Sin chófer.
Sin escoltas.
Solo nosotros.
Nael conduciría.
Me acomodé en el asiento del copiloto mientras el vehículo abandonaba lentamente la ciudad y se dirigía hacia una zona cada vez más desértica.
No hablé mucho durante el trayecto.
Y él tampoco parecía querer forzar la conversación.
Finalmente llegamos a una zona completamente aislada.
Arena infinita. Silencio absoluto. Cielo inmenso.
Nael tomó una botella de agua y me la entregó antes de bajar.
—Gracias.
El viento cálido movía ligeramente mi ropa mientras observaba el paisaje.
—¿Dónde estamos?
Nael cerró la puerta del automóvil.
—Este sector del desierto es mío.
Lo miré sorprendida.
—No sabía que se podía comprar desierto.
Él soltó una pequeña risa.
—Sí, sí se puede.
Luego señaló hacia unas dunas más alejadas.
—Pero lo que quiero mostrarte está más abajo.
Comenzamos a caminar lentamente sobre la arena.
—Solo han venido aquí dos personas antes que tú.
Lo miré curiosa.
—¿Quiénes?
—Mis padres.
La respuesta me sorprendió.
No escuchar el nombre de Evelyn… decía mucho más de lo que parecía.
—¿Y Evelyn?
Nael negó suavemente.
—No le gustaba venir al desierto. Ella prefería las compras, las ciudades, las fiestas.
Se encogió ligeramente de hombros, restándole importancia.
Y nuevamente noté algo: Nael jamás hablaba mal de ella.
Ni siquiera después de todo.
Seguimos caminando unos metros más.
Y entonces la vi.
Una pequeña mezquita privada se alzaba entre las dunas.
El blanco de la estructura contrastaba hermosamente con la arena dorada.
Era sencilla. Elegante. Pacífica.
Entramos lentamente.
Todo estaba adornado con mosaicos delicados y detalles geométricos hermosos.
La luz del sol atravesaba pequeñas ventanas arqueadas creando reflejos cálidos sobre el suelo.
Me quedé observándolo todo con calma.
Nael permanecía apoyado contra el marco de la puerta mirándome en silencio.
—Es preciosa —susurré.
Él sonrió apenas.
—Mi madre ayudó a diseñarla.
Me giré hacia él.
—Gracias por mostrarme esto.
Nael bajó ligeramente la mirada antes de responder:
—Gracias a ti por venir conmigo.
Terminamos sentándonos afuera, sobre la arena tibia.
El viento movía suavemente mi cabello mientras hablábamos de cosas más personales.
De la vida. De expectativas. Del cansancio emocional.
Y por primera vez entendí algo importante.
Nael sí tenía inteligencia emocional.
Muchísima.
Solo era reservado.
Como alguien que había aprendido a esconder demasiado bien lo que sentía.
Después de un rato lo miré directamente.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Respiré profundo antes de hablar.
—¿Por qué me escogiste a mí?
Nael sostuvo mi mirada unos segundos.
Y luego respondió con honestidad absoluta.
—Porque contigo no siento que tengas expectativas sobre mí.
Mi pecho se tensó ligeramente.
Él continuó hablando con calma.
—No me miras como Nael Al-Hadid… solo como Nael.
No supe qué responder.
Porque nadie jamás me había dicho algo así.
Y porque en ese instante… él tampoco parecía un empresario poderoso.
Solo un hombre cansado intentando sentirse visto de verdad.
Cuando regresamos a la propiedad ya estaba anocheciendo.
Nael se disculpó diciendo que debía rezar y desapareció unos minutos hacia la sala de oración.
Yo me dirigí hacia la cocina buscando agua.
Pero al pasar cerca de una de las salas privadas escuché voces.
Me detuve involuntariamente.
—La presencia de la señorita Liora ha mejorado muchísimo la imagen del señor Nael después del divorcio.
Sentí que el estómago se me hundía.
Mi respiración se volvió lenta.
Pesada.
Entonces otra voz interrumpió rápidamente.
—Señora Evelyn, no puede ingresar así…