En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 22: Después de los votos
El templo permaneció en silencio después del rugido.
Los nobles se miraban unos a otros, inquietos. Algunos sacerdotes murmuraban plegarias, mientras las rosas doradas de las paredes se cerraban lentamente.
Aurelius no soltó la mano de Seraphina.
—Debemos salir —dijo en voz baja.
—¿Qué fue ese sonido?
—No aquí.
—Siempre dice lo mismo.
—Y tú siempre eliges el peor momento para insistir.
Seraphina lo miró con molestia, pero permitió que la guiara fuera del altar. Los guardias rodearon a la pareja mientras atravesaban las puertas del santuario. Afuera, miles de personas esperaban para celebrar la unión imperial, sin saber que algo antiguo había despertado bajo sus pies.
El banquete se celebró en el gran salón del palacio. Las mesas estaban cubiertas de frutas, panes, carnes y dulces decorados con pequeñas rosas de azúcar. Los músicos tocaban melodías alegres, pero la tensión no desaparecía.
Seraphina se sentó junto a Aurelius en la mesa principal. Llevaba la corona imperial sobre el cabello, aunque todavía sentía que no le pertenecía.
—Todos te observan —murmuró él.
—Ya estoy acostumbrada.
—Esta noche permanecerás en tus aposentos.
Seraphina volvió el rostro hacia él.
—¿No en los tuyos?
Aurelius dejó la copa sobre la mesa.
—Tus aposentos siguen siendo tuyos. No te obligaré a compartir mi habitación.
Seraphina lo observó con una sonrisa provocadora.
—¿No me obligará? Tal vez teme que, al tenerme tan cerca, no sea capaz de comportarse como un verdadero esposo.
El rostro de Aurelius se endureció.
—¿Qué has dicho?
—Solo dije que quizá su fama es más grande que su hombría.
El silencio cayó sobre la mesa imperial. Aurelius la miró fijamente. Su orgullo había sido herido delante de todos, aunque los músicos y los nobles fingían no haber escuchado.
—Guardias —llamó.
Dos soldados se acercaron de inmediato.
—Majestad.
Aurelius no apartó los ojos de Seraphina.
—Trasladen las pertenencias de la emperatriz a mis aposentos. Desde esta noche, dormirá en mi habitación.
Seraphina abrió los ojos, avergonzada.
—Aurelius, espera. No quise ofenderte.
—Pero lo hiciste.
—Fue una broma.
—No acepto tus disculpas.
—No debí decirlo.
—No. No debiste.
Los guardias se retiraron para cumplir la orden.
Seraphina bajó la voz.
—Te pido perdón.
Aurelius se inclinó hacia ella, sin perder su expresión fría.
—Puedes disculparte todas las veces que quieras. No significa que yo tenga que aceptarlo.
Antes de que Seraphina pudiera responder, varios nobles se acercaron a la mesa para felicitar a los recién casados. Aurelius se volvió hacia ellos con absoluta calma, como si la discusión no hubiera ocurrido.
Seraphina permaneció rígida en su asiento, sintiendo que el rostro le ardía.
Lady Evelina fue la última en acercarse.
—Majestad —dijo, inclinándose—. Mi enhorabuena.
Sus ojos se dirigieron hacia Seraphina.
—Espero que la nueva emperatriz comprenda pronto el peso de su corona.
—Lo comprenderá —respondió Aurelius—. Y quien intente hacerla caer responderá ante mí.
Evelina palideció.
—Nunca osaría ofenderla.
—Más te vale.
La noble se retiró en silencio.
Cuando el banquete concluyó, Aurelius acompañó a Seraphina hasta la puerta de sus aposentos. Los guardias ya habían trasladado sus pertenencias a la habitación imperial.
—Esta noche aprenderás a no desafiar mi orgullo delante de toda la corte —dijo él.
Seraphina apretó los dedos sobre su falda.
—Y usted aprenderá que no puede darme órdenes sin consecuencias.
Aurelius giró el rostro hacia ella.
—Eso está por verse, esposa mía.
En las profundidades del palacio, una puerta de piedra se abrió.
Y una voz antigua pronunció el nombre de la nueva emperatriz.
Seraphina y Aurelius se volvieron hacia el corredor. La medalla ardió, mientras el palacio comenzaba a temblar bajo sus pies por segunda vez.