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LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Doña Carmen, veladoras y el amor a los siete años

Si había algo que podía sacar a Sandra Bautista de su crisis existencial post-azotea, esa era doña Carmen, la madre de Diego.

Doña Carmen era una mujer de cincuenta y tantos años, bajita, con el cabello teñido de un rubio que desafiaba las leyes de la genética y una personalidad que llenaba cualquier habitación en la que entrara. Llegó al departamento de la colonia Roma el viernes por la tarde con dos ollas de tamales, un pastel de tres leches y la intención clara de jugar a ser cupido.

—¡Ay, mija, qué flaca estás! —fue lo primero que dijo Doña Carmen al abrazar a Sandra, apretujándola contra su pecho perfumado con flores de jazmín—. Este hijo mío no te da de comer, ¿verdad? Ya me lo imaginaba. Los hombres son unos desastres.

Diego, que venía cargando las maletas, rodó los ojos con tanta fuerza que casi se le desprenden las retinas. —Mamá, Sandra come más que yo. Y no está flaca, está perfecta. Por favor, no empieces.

—Cállate tú, mijo, que las mujeres hablamos —replicó Doña Carmen, dándole un manotazo en el brazo a su hijo antes de girarse hacia Sandra con una sonrisa cómplice—. Oye, Sandra, mija. ¿Y dónde duermo yo? Porque vi que el depa tiene dos cuartos, pero la cama de Diego es king size, y la tuya es... ¿De una plaza y media? Ay, no, mejor duermes tú con Diego y yo me quedo en el cuarto de Sandra. Así hace más calor y se arriman.

Sandra se atragantó con su propia saliva. —¿Eh? No, no, doña Carmen. Yo duermo en el sofá. Es enorme y supercómodo. Ustedes necesitan su espacio.

—¡Ni loca! —exclamó Doña Carmen, agitando una mano en el aire—. El sofá tiene un resorte que te va a dejar la espalda hecha chicharrón. Mijo, dile a Sandra que se meta a tu cama. Total, son adultos, ya no son niños.

—Mamá, por el amor de Dios, tengo veinticinco años —dijo Diego, pasándose las manos por la cara, visiblemente mortificado—. Sandra se queda en su cuarto. Tú en el mío. Y yo duermo en el sofá. Fin de la discusión.

Doña Carmen suspiró, cruzándose de brazos. —Ay, qué amargado. Está bien. Pero no digan que no les di la oportunidad.

El sábado por la noche, Doña Carmen decidió que la estrategia de la cama había fallado, así que pasó al Plan B: la cena romántica.

Preparó una mesa hermosa en el comedor, con un mantel de encaje, tres veladoras (aunque era sábado por la noche y había luz eléctrica de sobra) y un plato de enchiladas verdes que olían a gloria.

—Siéntense aquí, cerquita —ordenó Doña Carmen, señalando los dos únicos lugares disponibles en la mesa, que estaban peligrosamente juntos—. Yo me siento allá al final para no estorbar.

Sandra y Diego se sentaron. Sus hombros se rozaron. —Ay, qué parejita tan bonita —suspiró Doña Carmen, encendiendo su celular para tomarles una foto—. A ver, mijo, ponle el brazo a Sandra. Sandra, recarga tu cabeza en su hombro. ¡Sonrían!

Diego miró a su madre con ojos de súplica. Mamá, te lo ruego, no. Sandra, por su parte, sonrió radiante y, en lugar de recargar la cabeza en el hombro de Diego, le puso la mano en la cabeza y le despeinó el cabello con fuerza, como si fuera un perro golden retriever.

—¡Clic! —hizo Doña Carmen.

La foto quedó perfecta: Sandra riendo a carcajadas con la mano en la cabeza de Diego, y Diego con una expresión de resignación absoluta y el cabello hecho un nido.

—Ay, qué amor tan... fraternal —murmuró Doña Carmen, mirando la pantalla con decepción—. Bueno, coman sus enchiladas. Y mijo, sírvele agua a Sandra, no ves que tiene las manos ocupadas comiendo.

—Mamá, ella tiene sus propias manos —dijo Diego, sirviéndose agua para sí mismo y tomando un mordisco a su tortilla.

Sandra, con la boca llena, asintió. —Están buenísimas, doña Carmen. De verdad. Diego debería aprender. El otro día intentó hacer arroz y quedó como engrudo para pegar papel.

Diego la miró, fingiendo ofensa. —Fue una vez, Sandra. Una vez. Y el arroz estaba al dente.

—Al dente sabe a plástico, Diego —rio ella, dándole un codazo en las costillas.

Doña Carmen los observó en silencio, masticando su enchilada con lentitud. Vio cómo Diego le limpiaba una gota de salsa de la comisura de los labios a Sandra con una servilleta, sin pensarlo, con una naturalidad que solo da la costumbre de años. Vio cómo Sandra se reía de los chistes malos de su hijo, con los ojos brillando.

Suspiró. Sus hijos eran un desastre. Un desastre hermoso, pero un desastre.

El domingo por la tarde, Diego salió al supermercado a comprar café y pan dulce. Doña Carmen y Sandra se quedaron en el departamento.

Estaban sentadas en el balcón, tomando té y comiendo galletas. La tarde estaba tranquila, con ese solcito de otoño que invita a la confesión. Doña Carmen miraba a Sandra con una expresión suave, casi maternal, que a Sandra le dio un poco de ternura.

—Oye, mija —dijo Doña Carmen de repente, dejando su taza sobre la mesa de hierro forjado.

—¿Dime, doña Carmen? —respondió Sandra, limpiándose una migaja de galleta de la blusa.

—Tú no te das cuenta, ¿verdad?

Sandra parpadeó, confundida. —¿De qué? ¿De qué se me cayó la migaja? Ay, perdón, la limpio...

—No, mija, no seas bruta —la interrumpió Doña Carmen con una risita suave—. Me refiero a mi hijo. A Diego. Tú no te das cuenta de lo que pasa.

Sandra soltó una carcajada, recargándose en el respaldo de su silla. —Ay, doña Carmen. Si se refiere a que Diego es un desastre para limpiar su cuarto, ya me di cuenta. O si se refiere a que ronca cuando ve películas de acción, también.

Doña Carmen negó con la cabeza, con una sonrisa triste y dulce al mismo tiempo. Se inclinó hacia adelante y bajó la voz, como si le estuviera contando un secreto de Estado.

—Sandra, mija. Mi hijo está perdidamente enamorado de ti.

El silencio en el balcón fue tan absoluto que se escuchó el ladrido de un perro a tres calles de distancia. Sandra se quedó congelada, con la taza de té a medio camino de su boca. Luego, soltó una risa nerviosa, incómoda.

—Ay, doña Carmen, no diga esas cosas. Diego me quiere mucho, sí. Somos mejores amigos. Es como mi hermano.

—Ninguna madre confunde el amor de hermano con la forma en que mi hijo te mira cuando tú no te das cuenta —dijo Doña Carmen, con una firmeza que no admitía réplica—. Diego te ama, Sandra. Y no te ama desde que se mudaron juntos. Te ama desde que tenía siete años.

Sandra bajó la taza lentamente. Siete años. Recordó vagamente esa época. Diego defendiéndola de un niño que le quería quitar sus cromos en el recreo. Diego compartiéndole su sándwich de jamón y queso. Diego caminando con ella bajo la lluvia.

—Doña Carmen... —empezó Sandra, con la voz un poco más suave—. Diego es un gran amigo. De verdad. Pero... él podría tener a la mujer que quisiera. Es guapo, es inteligente... ¿Por qué se iba a fijar en... en mí?

Doña Carmen suspiró y le acarició la mano a Sandra. —Ay, mija. Qué poco te conoces. Diego no se fija en las mujeres de revista. Diego se fija en ti porque eres la mujer más brillante, más graciosa y más buena que ha conocido en su vida. Y porque desde que te conoció, ninguna otra le ha sabido a nada.

Sandra sintió un nudo en la garganta. Quería reírse, quería decirle a Doña Carmen que estaba loca, que los hombres como Diego no se enamoraban de las amigas gorditas y graciosas. Pero las palabras de la señora le resonaban en el pecho con una verdad que le daba miedo.

—Él nunca me ha dicho nada —murmuró Sandra, mirando sus manos.

—Porque le tienes miedo a perderte, mija. Y él le tiene más miedo a perderte a ti que a quedarse sin nada.

En ese momento, la puerta del departamento se abrió. —¡Ya llegué! —gritó Diego desde la entrada, cargando dos bolsas del supermercado—. Traje las conchas y el café de olla.

Doña Carmen se enderezó en su silla, recuperando su sonrisa radiante. —¡Ay, qué bueno, mijo! Ven, siéntate, que ya se enfrió el té.

Diego entró al balcón, dejando las bolsas en la mesa. Miró a su madre, luego a Sandra. Notó que Sandra lo estaba mirando de una forma diferente. No era la mirada de siempre, llena de bromas y comodidad. Era una mirada... escrutadora. Curiosa. Un poco asustada.

—¿Qué? —preguntó Diego, frunciendo el ceño y llevándose una mano al cabello—. ¿Tengo algo en la cara? ¿Me quedé sin papel en el baño del súper?

Sandra parpadeó, sacudiendo la cabeza como si despertara de un sueño. —No, no. Nada. Solo... pensaba en que tienes el cabello muy largo. Deberías cortártelo.

Diego la miró, extrañado, pero se encogió de hombros. —Bueno. Si tú lo dices.

Doña Carmen sonrió por encima de su taza de té, satisfecha. La semilla estaba plantada.

Esa noche, cuando Doña Carmen ya se había ido y Sandra estaba en su habitación, acostada en la cama mirando el techo, no podía dejar de pensar en las palabras de la señora.

Te ama desde los siete años.

Sandra se giró hacia la pared, abrazando su almohada. No puede ser, se dijo a sí misma. Diego me quiere como a su mascota favorita. Como a su silla gamer. Como a... a su mejor amiga.

Pero entonces recordó la noche de la lluvia. Recordó la mano de Diego suspendida en el aire cuando ella retrocedió. Recordó la forma en que le preparaba la sopa, le guardaba el queso, le preparaba el chocolate.

¿Y si Doña Carmen tiene razón?, pensó Sandra, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. ¿Y si Diego...?

No. Imposible. Diego Sosa no estaba enamorado de ella.

Pero mientras se dormía, por primera vez en su vida, Sandra Bautista se durmió con la duda. Y la duda, como saben los abogados, es el principio de toda investigación.

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Ximena Fuentes
muy interesante la novela 🤭🤭
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