Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 1
Capítulo 1 — La tarifa de una despedida
—Piso siete —dijo doña Yoli, acomodándole la charola entre las manos—. El pedido es para el 7060. No te quedes mirando a los clientes y no aceptes cambiar de salón sin avisarme. Si rompes algo, te lo descuentan.
Valentina asintió y cambió el peso al otro pie. Los tacones prestados le quedaban medio número grandes; había rellenado las puntas con papel de baño, pero el derecho seguía saliéndosele al caminar.
—Sí, señora.
—Doña Yoli. Y sonríe. Aquí nadie paga por una cara larga.
El elevador del Club Corona subía sin ruido. En uno de los espejos, Valentina se acomodó el uniforme negro sobre los hombros. Le habían prometido que arriba se ganaban buenas propinas. Necesitaba cobrar aquella misma noche, antes de que doña Yoli encontrara a alguien con experiencia.
"Solo esta noche", se dijo. "Hasta juntar para la consulta con el oncólogo."
Dos semanas antes su abuela aún cocinaba y le pedía que no se desvelara tanto ensayando. Ahora dejaba el plato casi entero y se cansaba al cruzar el patio. Valentina llevaba en el celular las órdenes de los estudios y un presupuesto que había leído tantas veces que ya sabía la cifra de memoria. Ni con las clases particulares le alcanzaba.
Le había dicho que esa noche cuidaría a la hija de una compañera. Antes de subir al elevador le mandó un mensaje: "No me esperes despierta". La abuela respondió con una bendición. Valentina todavía no había podido contestarle.
En el séptimo piso había un pasillo de mármol, mesas con flores y puertas numeradas. Valentina avanzó despacio, cuidando la separación entre las copas. Una risa salió de un salón y luego el golpe de una puerta la hizo voltear.
Buscó el número del pedido en la servilleta bajo las copas. Al volver a levantar la vista, confundió la puerta que acababa de dejar atrás con la que tenía delante.
La puerta del 7036 estaba entreabierta. Valentina la empujó apenas con el hombro, y la voz que salió de adentro la clavó al piso.
—No llores. Se te corre todo y sigues igual de aburrida.
Era una voz baja, sin prisa, con el filo de quien nunca ha tenido que alzarla para que le obedezcan.
Adentro, de espaldas al pasillo, había una mujer arrodillada sobre la alfombra. Guapísima. Un vestido rojo, el pelo deshecho, las manos aferradas al filo de un sillón como quien se agarra de una orilla.
—Damián, por favor —sollozaba—. Yo te quiero. Todo lo que hice fue porque te quiero.
—Ese fue el error.
Él estaba sentado frente a ella, una pierna cruzada sobre la otra, una copa colgando de dos dedos. Valentina no le veía la cara completa, solo la línea dura de la mandíbula, el traje oscuro sin una arruga, la calma con que miraba llorar a la mujer como quien mira llover.
—Dame otra oportunidad —suplicó la de rojo—. Puedo cambiar. Puedo ser como tú quieras.
—No quiero que cambies. Quería que cumplieras. —Le dio un trago a la copa—. No es lo mismo.
—Te lo dije desde el principio —siguió él—. Tres reglas. Portarte bien. Acompañarme sin inventar sentimientos. Y nada de besos. Rompiste las tres, Jimena.
—Damián...
—Lino.
Un hombre de lentes dejó un cheque sobre la mesa, cerca del sillón. Damián se puso de pie con él en la mano; al girarlo hacia la mujer, Valentina alcanzó a leer la cantidad escrita en letras.
Un millón de pesos.
—Es más que suficiente por tu tiempo —dijo Damián, tendiéndole el cheque—. Cómprate lo que quieras. Vete a Madrid. Y no vuelvas a marcar a este número.
Jimena miró el cheque, pero no lo tomó enseguida. Valentina aguardó, incómoda por estar presenciando algo que debería haberse quedado detrás de una puerta cerrada. Quería retroceder. También quería saber si la mujer iba a rechazarlo.
Con ese dinero podía pagar el tratamiento de su abuela y dejar de calcular cuántas clases tendría que dar entre una visita al hospital y otra. Jimena seguía sin tomarlo. A Valentina le dio vergüenza la impaciencia que sintió: que lo agarrara, que no dejara un millón de pesos ahí por orgullo.
"Dios", pensó, y se odió por pensarlo. "Yo mataría por ese pedazo de papel."
Bajó los ojos hacia las copas. Acababa de desear que una desconocida aceptara que la echaran, con tal de no desperdiciar ese dinero. No quería seguir mirando.
Se dio cuenta, tarde, de que llevaba demasiado tiempo parada en la puerta. De que la mano le temblaba. De que las copas, sobre la charola, habían empezado a tintinear.
La mujer de rojo se levantó de golpe. Dobló el cheque hasta que le cupo en el bolso y giró hacia la salida con la cara descompuesta. Al pasar junto a Valentina la empujó con el hombro, un empujón de rabia que no era para ella pero que le cayó encima igual.
La charola se inclinó.
Valentina intentó sujetar una copa y perdió el equilibrio de la charola. Damián venía hacia la puerta: el vino le alcanzó el saco y la camisa antes de que pudiera apartarse. El cristal se rompió a los pies de los dos.
Se hizo un silencio horrible.
Lino se adelantó una zancada. Doña Yoli, que venía subiendo, se llevó las dos manos a la boca. Y Valentina, de rodillas entre los vidrios, sintió cómo la sangre le abandonaba la cara.
—Perdón —susurró—. Perdón, yo... fue sin querer, yo pago, yo...
"¿Con qué?", le gritó una voz por dentro. "¿Con qué vas a pagar, si viniste aquí precisamente porque no tienes con qué?"
Levantó los ojos.
Y por primera vez le vio la cara entera.
Era más joven de lo que Valentina había supuesto al oírlo hablar. La miró una vez y luego miró la manga empapada. Ella no supo qué le daba más miedo: que empezara a gritar o que siguiera haciendo cuentas en silencio.
Damián Mondragón se sacudió una mano. El vino le escurría por los dedos.
—Yoli —dijo, sin dejar de mirar a Valentina—. ¿Contratas niñas ahora?
—Señor Mondragón, mil disculpas, es nueva, hoy es su primer... —doña Yoli casi tropezaba con las palabras—. Yo me encargo, ahorita mismo la...
—No.
Damián se fijó en sus zapatos, uno torcido bajo la rodilla. Valentina quiso explicar el empujón, pero Jimena ya no estaba y doña Yoli no le quitaba los ojos de encima.
—Levántate —le dijo a Valentina.
Al intentar levantarse, un vidrio le arañó la rodilla. Apoyó la mano donde encontró piso libre y buscó con el pie el zapato que había perdido.
—Te vas a cortar —añadió él, más bajo—. Levántate y ven. Me vas a limpiar esto.
Doña Yoli la jaló del brazo, pálida, y le siseó al oído:
—Niña, no lo hagas enojar.