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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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La verdad que se abre paso

La herida en el costado de Asterión no era mortal, pero dolía. Y no tanto por el corte, sino por lo que significaba: la confirmación de que para el mundo fuera, él era solo una amenaza, algo que había que vencer para salvarla.

Los primeros días caminaba más lento, con la mano apoyada en el vendaje, y cada vez que escuchaba una voz extraña en la distancia, se apartaba hacia la sombra de los árboles. Ariadna lo veía callado, ausente, y sabía que no era solo el cuerpo lo que le dolía.

Una tarde, mientras ella le cambiaba el vendaje con cuidado, él dijo en voz baja:

—Quizás tienen razón. Quizás… si te hubieras quedado en Creta, o si te hubieras ido con él… serías una reina. Nadie te miraría con lástima. Nadie diría que estás perdida.

Ariadna se detuvo. Le tomó la barbilla y lo obligó a mirarla a los ojos.

—¿Tú crees que un trono me habría hecho feliz? ¿Vivir rodeada de gente que me ve como un trofeo o una moneda de cambio? Yo no te elegí por lástima, Asterión. Te elegí porque contigo fui yo misma por primera vez. Y si el mundo no lo entiende… lo haremos entender.

—¿Cómo? —preguntó él, con amargura—. Las historias ya están contadas. Soy el monstruo. Tú la víctima. Eso es lo que repiten.

—Entonces cambiaremos la historia —respondió ella con firmeza—. Con hechos, no con palabras.

A partir de ese día dejaron de esconderse. Cuando los isleños se acercaban, no retrocedían. Asterión ayudaba a los pastores a recuperar a las ovejas que se perdían en los desfiladeros, cargaba los troncos que nadie podía mover, levantaba los carros que se atascaban en la arena. Hacía todo con la misma fuerza inmensa, pero siempre con delicadeza, sin alzar la voz, sin exigir nada a cambio.

Una mañana, una tormenta golpeó la costa con furia. Un barco pequeño naufragó cerca de los arrecifes. La gente del pueblo se agrupó en la orilla, mirando con desesperación, sin atreverse a entrar al mar embravecido. Entonces vieron a Asterión: corrió por la arena, se lanzó al agua sin dudarlo y desapareció entre las olas. Ariadna lo siguió con la mirada, con el corazón en la garganta.

Regresó media hora después, cargando a un niño en un hombro y ayudando a un hombre herido con el otro. Lo hizo sin jactancia, sin esperar aplausos. Dejó a los náufragos en la arena, se aseguró de que estuvieran a salvo y se sentó un poco apartado, secándose el agua, sin decir una palabra.

Esa tarde, el anciano Cleofante subió al valle con una cesta de frutas y pan. Se sentó junto a ellos sin rodeos.

—Antes decían que te llevabas a la gente —dijo con voz tranquila—. Ahora dicen que los salvas. Las palabras cambian cuando se ven las acciones.

—No hago nada extraordinario —respondió Asterión, bajando la mirada—. Solo ayudo.

—Eso es lo que hace falta —dijo el anciano—. Gente que ayude. Y hay quienes empiezan a verlo. Pero no todos. Algunos siguen diciendo que te ganas su favor para ocultar lo que eres.

Asterión apretó los puños.

—Siempre habrá algo, ¿verdad?

—Siempre —dijo Cleofante—. Pero ahora hay algo más: hay quienes te defienden. Y eso es nuevo.

Cuando el anciano se marchó, Asterión se quedó mirando el valle. Ariadna se acercó y le tomó la mano.

—¿Lo oíste? —le dijo—. Ya no es solo miedo. Hay esperanza.

—Tal vez —murmuró él—. Pero duele que cueste tanto.

—Lo sé —respondió ella, recostándose en su hombro—. Pero vale la pena. Un día a la vez. Una acción a la vez. Hasta que la verdad sea más fuerte que el rumor.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Asterión no se escondió cuando encendieron la hoguera junto a la cabaña. Se sentó con ella, mirando las llamas, y pensó: quizás no necesito que todos me amen. Solo que me vean tal como soy.

Y en el pueblo, esa noche, se contaba la historia de otra manera: el ser grande entró al mar. Salvó al niño. No rugió. No pidió nada.

Las palabras empezaban a cambiar. Despacio. A duras penas. Pero cambiaban.

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